25/5/09

El día que Dorrego fusiló a Lavalle IV (Emma Sunz)

Viene de:

I. El hecho.
II. El relato político.
III. El relato literario.

Capítulo final.


IV. Otra interpretación para Emma Sunz

El texto de Sarlo realiza un trabajo comparativo entre el secuestro y fusilamiento de Aramburu y el cuento de Borges titulado "Emma Sunz". En él, una mujer, Emma, recibe una carta refiriendo la muerte de su padre en el exilio por una ingesta errónea de veneno. El padre de Emma Sunz había sido acusado de una especie de robo en la fábrica, y el oprobio sufrido terminó en el abandono del país y una vida errante. Que terminaría con lo que, finalmente, Emma interpreta como un suicidio: la carta que revela refiere una ingesta de veneno por error. Emma Sunz interpreta que ha sido un suicidio. Y que ese suicidio es responsabilidad del verdadero responsable de aquél robo: Aarón Loewenthal, el dueño de la fábrica, el hombre que su padre había señalado, sólo a Emma, como el autor material de aquél robo. De manera tal que Emma planea una venganza: primero buscará, alejada de la ciudad, un marinero para entregarle su cuerpo. De esa manera, cuando ejecute a Loewenthal, podrá argüir ante la policía el ataque sexual de Loewenthal, y la necesidad de asesinarlo como defensa: la táctica empleada por Emma da resultados, y los acontecimientos se desarrollan así como los planea.


Tumba de Pedro Eugenio Aramburu en el Cementerio de la Recoleta.



Sarlo vincula este cuento de Borges con algunos pasajes del Aramburazo. En primer término, la carta jamás revela un suicidio, por eso, para Sarlo, Emma Sunz hace una lectura en exceso, y ese exceso "conduce a la hiperinterpretación: la carta le dice a Emma más de lo que está escrito efectivamente en ella y, por el camino de interpretar más allá de la letra, Emma decide el asesinato" (1). El primer vínculo del cuento de Borges con el fusilamiento de Aramburu es este: Montoneros, parece decir Sarlo, hiperinterpreta una realidad. Se hace cargo de una situación que, quizás, jamás le fue atribuída. La venganza sobre Aramburu partirá de una exageración, de cargarse una responsabilidad que no existía, como la de Emma. La carta que recibe Emma no es un llamamiento a vengar a su padre, sino todo lo contrario: el aviso de una muerte accidental, que Emma lee como suicidio. Esto es lo que intenta decir Sarlo: Montoneros se hace cargo de una cantidad de símbolos que supone debe vengar, pero que no le pertenecen del todo. En la entrega de Emma Sunz al marinero, está la metáfora de Montoneros fusilando a Aramburu, a su vez, por cuestiones político coyunturales: el sujeto vengador necesita de un motivo inmediato para ejecutar su venganza, más allá de la cuestión simbólica. Debe existir, como condición de la venganza, algo que lleve al convencimiento en el momento del actuar: Emma Sunz, "más que la urgencia de vengar a su padre, sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo después de esa minuciosa deshonra" (2).

Es decir, la primera reflexión que podríamos sacar, yendo más allá de la interpretación de Sarlo, es que los motivos de una venganza no sólo son múltiples sino válidamente intercambiables entre sí. Emma Sunz, como Montoneros, se plantea una venganza basada en una serie de hechos que se reinterpretan antes, durante y después de la ejecución de la misma. Montoneros dirá que secuestra a Aramburu por el fusilamiento de Valle, el cadáver de Evita, la proscripción del peronismo en los relatos posteriores. Pero también porque Aramburu era la carta de recambio del régimen, y este motivo no es menos importante al momento del suceder: no es sólo un guiño a Perón, sino también la necesidad de un convencimiento propio que no permita no matar a Aramburu. Si a lo largo del tiempo, como venimos diciendo, la ruptura con Perón y su posterior muerte, implica que Montoneros se juegue a la representación total del Movimiento, es muy posible que política e históricamente sea conveniente a los fines del discurso valorar más los hechos de la simbología peronista, que las cuestiones del momento. Y que, cuando Montoneros ya no fue una organización relevante para los destinos del país, es decir cuando ya no disputaba ser la cabeza del Movimiento, vuelva a plantearse la importancia histórica del Aramburazo como un servicio de reparación histórica al país, de ahí que Firmenich asegure en una entrevista publicada en 2006 que "era mucho más que el problema del `55. Para nosotros era Dorrego, era decirle a los Lavalle y a sus descendientes: `señores, basta. Se acabó la impunidad oligárquico-liberal para el campo nacional y popular. Dorrego puede fusilar a Lavalle. Valía la pena este mensaje histórico que venía desde Dorrego pasando por Chacho Peñaloza y por Juan José Valle y por Felipe Vallese"(3). El debate ahora es histórico, es el recupero del revisionismo frente a la historia liberal, marcando un lineamiento que comienza en José Hernández asegurando que "la sangre del coronel Dorrego fua la primera que se derramó alevosamente en nuestra guerra civil. Hasta hoy ha sido la última la del general Peñaloza" (4). Es decir: Montoneros pasa de un momento donde la reivindicación del Aramburazo es coyuntural, por la necesidad de instalarse como fuerza política, de tomar postura frente a los sucesos políticos, y de marcar cuál es la alternativa del peronismo -la lucha armada- al momento. Es, también, un mensaje a Perón, la disposición absoluta a ir hasta las últimas consecuencias. Con el tiempo, y la ruptura de dicha relación, Montoneros exalta todo aquello que se vinculaba a los valores simbólicos del peronismo: el relato de La causa peronista es el ejemplo. El cadáver de Evita, Valle, la Resistencia, la proscripción: en ese momento la discusión ya no es por la posibilidad de ingresar al peronismo, como al principio, sino la representatividad de todo el Movimiento, en tanto que Perón ha muerto. Y, finalmente, con el paso de la dictadura y la violencia política como un recuerdo histórico, Firmenich termina asegurando que creían necesario que Dorrego fusilara a Lavalle. Ya no era un acto de reivindicación del peronismo, sino de toda la corriente del revisionismo histórico, era vengar a Peñaloza, a Valle, pero llegando incluso hasta el suicidio de Alem y la muerte de Di Giovanni (5).
Para Sarlo esta reinterpretación sucesiva es "una argumentación invertida (que) ordena perfectamente razones, efectos y consecuencias" (6), es decir, una forma de decirle a cada quién lo que necesita escuchar en cada momento. Y de ahí deriva Sarlo su interpretación de la eficacia política del Aramburazo. Particularmente no comparto esa idea. Los hechos políticos son reinterpretables en el momento del suceder y posteriormente también. Ese fusilamiento no es, al menos en este sentido, un caso excepcional: el 17 de octubre fue la liberación de Perón, pero también la entrada de las masas en el escenario político, el subsuelo de la patria sublevado que menciona Scalabrini Ortiz; hasta literariamente, el asesinato de una persona en el cuento "El matadero" de Echeverria, es mucho más que el relato de un asesinato: es la disputa unitarios y federales, pero también es la visión unitaria acerca del salvajismo federal. Los motivos del fusilamiento de Aramburu son adaptados en su importancia de acuerdo a los momentos, porque eso es parte de la lucha política: la disputa por la apropiación de los símbolos es inherente al conflicto político.

El cuento de Borges podría dejarnos otra forma de ver las cosas más que asegurar que Montoneros hiperinterpretó una realidad. En este sentido, la aparición de Megafón al momento mismo del Aramburazo es revelador: esa interpelación al personaje que se corresponde a Aramburu, con los mismos argumentos, con la misma forma de ingreso al departamento de ese general, nos habla de, como mínimo, la condición de posibilidad de la violencia. De que existía la necesidad de venganza, el sentimiento popular de que había una posibilidad legítima de respuesta violenta ante la violencia institucional. Sarlo reconoce este elemento, en la medida en que da por entendido que en los motivos de Montoneros existe esa reparación, y Marechal imagina un diálogo con Sócrates en el que él mismo asegura que la violencia es necesaria cuando sirve para restablecer un equilibrio perdido. Entonces no se explica, si el Aramburazo es parte de un intento -legítimo o no- de restablecer un equilibrio perdido, quiere decir que ese equilibrio ha sido vejado violentamente, y que entonces la violencia existía previamente. Que la nueva violencia haya sido de otro tipo, que Montoneros inaugura una concepción revolucionaria de la Justicia, es discutible, y en gran medida es la tesis de Sarlo. Lo que no implica que, como afirma Sarlo al final del capítulo, en 1970 "la sangre empezaba a correr". La sangre ya había corrido, porque estaba ensangrentado el cadáver de Valle que se le aparecía al general Cabezón, y estaban ensangrentadas las manos de Aramburu que firmaron esa sentencia y la de los muertos de José León Suárez.

Finalmente, una tercera forma de interpretar el cuento Emma Sunz hace referencia a la cuestión de la reconstrucción histórica de los sucesos. Sarlo intenta en su libro un recuento de los dichos y escritos al momento del acontecimiento. Es una forma de intentar comprender un suceso histórico. En este trabajo intentamos establecer respecto a dicha metodología algunos resguardos: por ejemplo, que el relato de Montoneros no es monolítico desde el primer comunicado en 1970 a la narración en la revista La causa peronista en 1974. Todo suceso político es reinterpretado con el paso del tiempo incluso por sus protagonistas. El Aramburazo no constituye una excepción: de acuerdo a los diferentes contextos que se fueron sucediendo, Montoneros exalta más algunos motivos que otros de acuerdo a las necesidades políticas. Lo cual no significa, de ninguna manera, que los medios y los fines de aquél acontecimiento se hayan trastocado en el momento mismo del suceder que analiza Sarlo. De ahí la importancia de contextualizar aquellos relatos, tomando en consideración que entre 1970 y 1974 se vivieron dos situaciones políticas diferentes que hacen que los documentos de esos años no puedan ser considerados livianamente como un mismo relato monolítico de igual significancia. Esta es, posiblemente, uno de los disparadores del cuento de Borges: si el asesinato de Loewenthal fuese investigado de la manera en que lo propone Sarlo, es decir, con las declaraciones y documentos de ese momento del suceder, el falseamiento de la historia quedaría consumado. Loewenthal habría violado a Emma y ésta, en un arrebato de furia, lo habría asesinado. Las declaraciones de la época lo confirmarían, así también los documentos oficiales y la policía. Por eso la importancia de la reconstrucción a posteriori, con las interpretaciones tan válidas con las contemporáneas de aquello que ocurrió. Sarlo no está incitando a un objetivismo historiográfico basado simplemente en los documentos, pero sí establece una jerarquía de fuentes documentales, en la cual se da a entender que lo más cercano a un suceso está menos viciado de interpretación política. Y esa lectura termina por sesgar el análisis, en la medida en que se excluyen del mismo los testimonios posteriores respecto de aquél acontecimiento.

Que fusilar a Aramburu tuviera causas políticas de momento, como instalarse en la arena pública, reivindicar la simbología peronista, o establecer un lazo directo con Perón, no implica que la revancha histórica no tuviera relevancia. Inversamente, el paso de los años y el alejamiento de aquella coyuntura, tan incomprensible a la luz de los nuevos parámetros de la construcción política, volverá a exaltar aquellos motivos que se vinculan a una reparación histórica de dos argentinas signadas por constantes pugnas. Al momento del suceder, posiblemente, Fernando Abal Medina no se sintió Dorrego fusilando a Lavalle. No es menos cierto que una interpretación histórica de aquél acontecimiento debe dar cuenta, necesariamente, de aquellas dos formas antitéticas de concebir la política y la historia.

1. Sarlo, B. Op. Cit. 2003. p. 21
2. Borges. Obras completas. 1923-1972 Ed. Emecé. Buenos Aires, 1974. p. 567. Ver acá.
3. Pigna, Felipe. Lo pasado, pensado. Entrevistas con la historia argentina (1955-1983). Ed. Planeta, 2006. p. 169
4. Hernández, José. Vida del Chacho. Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza. Antonio Dos Santos Editor. p. 138.
5. Así lo menciona Firmenich en la entrevista concedida a Felipe Pigna, en el trabajo ya citado en la nota 3 de este capítulo.
6. Sarlo, B. Op. Cit. 2003. p. 142.

FINAL.

TELÓN.

Ahora, a comentar.

4 comentarios:

maria dijo...

Muy bueno!! excelente..siempre me quedo pensando tres horas después de leer los posteos...ahora decidí leer también los anteriores.
A quién le quedará la duda de que la violencia existía previamente?. El otro día leí un comentario al posteo que decía que el tipo se acordaba cuando era chico y veía la diferencia entre la cara del almacenero y la cara del obrero cuando se enteraban de la muerte de Aramburu. Quién no hubiese pensado acaso qué dirían o que sentirían los obreros, la clase trabajadora, los universitarios, esos que no tenían voz o representación en ningún lado o estaban muertos de miedo. No hubiesen pensado:"como no los cagan a tiros"?, lo que pensaría cualquiera va...ante el opresor.
Por qué tenemos que hacer grandes tesis, para decir obviedades?. Porque sarlo la gran filosofa tergiversa, retacea, "tunea", hechos y documentos en pos de la objetividad?
Argentina nació un país violento y asi se mantuvo por siglos. Hoy no nos matamos porque hay algunos que nos dejamos .... engañar (me prometí no decir malas palabras.
La violencia, es y será una forma de hacer política. Lo fué acá casi siempre, desde antes de la Fundación y hasta la democracia.
Hoy podemos citar varios ejemplos pero mejor no...no quiero abrir tantos frentes.
En otro orden de ideas es verdad y quizá un punto importante el hecho de que desde el 70 al 74 ocurrieron un montón de sucesos muy significativos, que no pueden obviarse y complejizan el tema de una manera muy profunda. Por tanto tomar 2 o 3 documentos y analizarlos así nomás ... da para una charla de café, nunca una tesis o un libro, no es una idea válida y honesta intelectualmente.
Otro punto:.."dos Argentinas signadas por constantes pugnas", así fuimos y seguimos siendo unitarios y federales, el puerto y el interior, gorilas y peronchos, zurdos y fachos, hablo desde lo descriptivo (no desde lo que se podría o no cambiar).
Pudo haber sido la reparación histórica de dos Argentinas signadas por constantes pugnas??? y...si...puede ser...y es válido? y...si.

Anónimo dijo...

Hola lindo tu blog.
Esa interpretación que hace Sarlo en "La pasión y la excepción" es un disparate, Sarlo no entiende a Borges o le quiere hacer decir lo que no dice.
"Emma Zunz" es un cuento genial, podría entrar en cualquier antologia de policiales de todos los tiempos. Pero no tiene ninguna connotación política.
Ramiro

el fundamentalista dijo...

viste? y vos que decías qe el peronismo es un trunca papers, mirá vos. Excelente trabajo che

belanix dijo...

pintaba distinto al principio. Es interesante el enfoque que le das. Aunque supongo que se perdieron varios párrafos para la edición en blog.
Definitivamente, Abal Medina no debia sentirse Lavalle. Aunque tampoco creo que el mismo Lavalle se sintira muy trascendente al fusilar a Dorrego.
saludos!