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12/3/11

Hay un prensa que muere


Cuento N° 28 de "El amor en tiempos del kirchnerismo".



Hay un prensa que muere


En Corrientes y 9 de Julio hay un prensa, sentado en una ambulancia, a punto de morir. Junto a él, otros dos prensas fingen una preocupación, mientras fijan un ojo en alguno de los dos teléfonos que acarrean. Empuña, cada uno, un tercer télefono: se han repartido equitativamente uno de los dos teléfonos que hasta hace minutos controlaba el prensa convaleciente. El prensa que está a punto de morir. Al contrario de lo que parece, el segundo teléfono de un prensa, el Laboral (así, con mayúsculas), es una ampliación de su derecho a la intimidad. Esa es, al menos, la idea original: el segundo teléfono permite separar los números y mensajes de la vida privada, de todo aquello que se vincula a su mundo laboral: otros prensas, otros periodistas, otros ministros, otros ceremoniales y protocolos.

El prensa que está por morir mantiene, profesionalmente, el silencio. Ha sido entrenado para cumplir con esa tarea. El médico exige, en una camilla improvisada en los márgenes de ese acto, una tranquilidad para la cual el prensa no ha nacido. El terrible calor lo sacó del partido y siente cómo el peso de la responsabilidad lo estruja contra el suelo. Ante las directivas del doctor, no puede sino pensar en que, en ese instante, el Ministro está solo. Lo comunica a los otros dos prensas que se solidarizaron con él. “El Ministro está solo”. Ambos mueven la cabeza, lo obligan a concentrarse en su salud aunque saben, en el fondo, la terrible angustia del pecado que un prensa jamás debe cometer. Dejar al Ministro solo.

Los prensas, que no son periodistas sino asesores de prensa de los funcionarios, jamás nombran al Ministro por su nombre. Ante terceros, enuncian el cargo: el Ministro. Más relajados, ante sus pares, los otros prensas, vierten la sensación de una cierta lejanía. Los denominan por sus apellidos, a secas. Quitando títulos y honores. Los prensas mantienen, así, una relación profesional. Evitan el nacimiento de vínculos afectivos. Como la relación médico-paciente o la más mística del cura con el confesado, los prensas juran unas lealtades absolutas. Aunque no sean, luego, sujetos de la mesa chica del funcionario. El prensa que está a punto de morir es la agenda del Ministro. Y es los momentos de mayor intimidad. El prensa es las decisiones trascedentales y las más pequeñas. Su poder, escaso, es la cotidianeidad. La palabra justa, el momento adecuado.

El prensa y el Ministro desarrollan un lenguaje de señas. Es una práctica común en esta clase de relaciones. Pueden comunicarse sin hablar, mirándose, como una pareja de millones de años que, con sólo mirar la hornalla, manifiestan su intención de preparar mate. No es un lenguaje casual. Más: no es un lenguaje, en verdad, que haya nacido fruto de la casualidad, sino una consecuencia lógica de la esencia del oficio. El prensa habita el mundo de las sombras. La trastienda de lo real. Es, más que un titiritero, un escenógrafo. Vive para hacer creer que no vive. Su tarea es que los sucesos que rodean al Ministro parezcan haber ocurrido por voluntad del mismo. Que esa botella de agua esté ahí, que ese periodista consiga o no alguna nota, que los eventos a los que el Ministro asiste figuren en los diarios de mayor tirada del país. El prensa es la pata operativa de la omnipotencia artificial que debe acompañar al funcionario estatal. Evitándole contactos intrascendentes, como el check-in en un aeropuerto, el prensa es el aceite que lubrica un engranaje que vuelve superior al Ministro. Que lo pone en el lugar legítimo que debe tener, allí en lo alto de la jerarquía vertical del Estado moderno. El prensa es el andamio que las cámaras ignoran, concentradas en el escenario. Desde ese parque de las sombras, el prensa desarrolla una economía austera de las palabras, que reemplaza con ademanes y gestos. El prensa toca su muñeca, corporiza un reloj inexistente, cuando quiere anunciarle al Ministro que se avecina otra reunión. El Ministro levanta las cejas cuando quiere preguntar si aquél tema, el principal, está resuelto. Entonces el prensa baja levemente sus ojos para tranquilizarlo, o finge un breve gesto de preocupación si el Ministro debe abandonar lo que sea que esté haciendo para ocuparse de aquello. El prensa aprende, con el paso del tiempo, a evitar levantar la voz. Son los prensas, por obligación, ventrílocuos conceptuales.

El prensa que está a punto de morir le exige al médico que lo exima de algunos análisis. Que los hará en otro momento. Repasa su agenda, que es la del Ministro, y sabe que miente. La tarea del prensa es tan agotadora como ineficaz. No por él a quien debemos considerar, dentro de los parámetros, un buen prensa. Pero la tarea del prensa es ontológicamente ineficaz. Es una tarea imposible. Y lo es en tanto y en cuanto todo funcionario público desconoce y por ende subestima los engranajes del mundo de la prensa. El Ministro siempre supone que se pudo haber hecho un poquito más. Si su presencia se refleja en todos los grandes medios, siente que el prensa ha descuidado a los más pequeños. Si es al revés, el Ministro refunfuña contra la falta de visibilidad. Ocurre entonces que la tarea del prensa es al mismo tiempo tan necesaria como inútil. Como un castigo divino de algún Dios cruel y futbolero, el prensa ha sido condenado a vivir en la tragedia de un arquero cotidiano. Su tarea exige esfuerzo monumentales, responsabilidades totales, morder el pasto y poner en juego hasta su integridad física. Todo por un reconocimiento que no llega nunca. Todo puesto en suerte todos los días, todo el tiempo, a toda hora. Cualquier error vuelve el reloj a cero. El prensa hace borrón y cuenta nueva cada veinte minutos. Sus victorias no son acumulables. Le permiten, apenas, surfear una coyuntura extremadamente mínima. No hay en su labor noción de futuro ni de pasado. Es una tarea pura y exclusivamente del aquí. Del ahora.

En el presente la perspectiva de la muerte no existe. Para el prensa la idea de la muerte no es un tema que exija ningún tipo de reflexión. Mucho menos cuando una tragedia más actual, más certera, le invade todos los pensamientos. El Ministro sigue solo. Desde lejos, visualiza que el acto continúa, y eso es una buena noticia. La ventaja del palco que lo contiene de los periodistas. Hasta allí no podrán llegar, jamás, las fieras. El prensa vuelve a pedirle al médico que lo libere. Sabe que algunos minutos lo separan del fin de su carrera. No recuerda historias de prensas que hayan abandonado su tarea en medio de un acto. No despegarse del Ministro nunca. Lo aprendió en su primer día de trabajo, cuando otros prensas se rieron de él. Ese día que se sentó, en la mesa de los prensas, de espaldas a su propio Ministro. Los demás rieron, notaron rápidamente su condición de novato y le explicaron. Que el contacto visual no se pierde jamás. Como un francotirador con su víctima. El prensa debe vivir en términos relativos hasta para comer. Siempre en la silla opuesta a la ubicación geográfica de su Ministro. Donde continuará el lenguaje de señas desde distancias más largas.

Sin asumir que está a punto de morir, quizás todavía no lo sabe (y la negación entonces es ignorancia), el prensa repasa brevemente su vida. Sus imágenes son oscuras. Ha habitado, por siempre, las sombras. Escucha negociaciones telefónicas. Recuerda el día que logró levantar de un diario aquella nota funesta a cambio de una decisión que él jamás debió haber tomado. Quiso la fortuna que esa decisión haya coincidido con los deseos del Ministro. Recuerda improvisaciones de último momento, conversaciones superficiales con el Ministro, decisiones trascendentales, suspensiones urgentes. Sus primeros días, los errores de novato, los almuerzos con otros prensas. Pero un prensa no recuerda como recuerda un héroe de película a punto de morir. No lo emociona, ni una lágrima, su vida pasada. Todos esos recuerdos compilados imaginariamente no sirven sino para aumentar el peso de la tragedia que está a punto de ocurrir. Recuerdos que atosigan un presente, más que significarlo. Todo aquello que pudo haber sido bueno, o regular e incluso malo, será destruído cuando, en los próximos minutos, el Ministro baje del palco y no vea a su prensa. Y el caos se adueñe de la situación. Los periodistas lo rodearán y él contestará preguntas que no debía. Se resignará a la mundana tarea de buscar a su prensa con la mirada, y no lo encontrará. El Ministro demostrará su lado más humano y débil. Y eso será una tragedia.

Esas fieras le nombrarán sucesos que han acontecido durante las dos últimas horas, y el Ministro no sabrá que responder. Porque el prensa que está a punto de morir, lleva en su mano izquierda una carpeta azul con dos hojas. El clipping, como le llaman. Las últimas noticias que el Ministro repasará mientras el prensa se las cuenta, antes de abordar a los periodistas. Nada de eso está a punto de ocurrir. Por el contrario, los micrófonos lo atosigarán y se confundirá. Desmentirá tal vez a compañeros de su propio gobierno. La responsabilidad del prensa en su decadencia será atroz. Un prensa no garantiza ningún éxito. Pero sí, puede evitar grandes sucesos trágicos como el que está por ocurrir. Como un dique ambulatorio, una represa que sigue a su río a todas partes. Su inexistencia provocará el desborde. Es a todo lo que aspira un prensa.

Como este prensa, que está a punto de morir en una ambulancia estacionada. Donde un médico toma nota de la situación y le advierte que deben partir de manera urgente. El prensa asegura que se encuentra bien, y que debe volver. Alcanzarle el clipping. Ve un tumulto cerca del palco, y la angustia termina de cerrarle la garganta. Ahora el prensa hace un esfuerzo inútil por levantarse y correr hacia el palco. Y cae a los dos pasos. Levanta la mirada y se dirige hacia el único prensa que quedó a su lado. El otro debió ir a buscar a su Secretario, que ya bajó del palco. Le pide al prensa restante que le alcance al Ministro ese clipping. Que le explique algo, una cosa que el otro prensa no alcanza a comprender. Con el último suspiro, se debate entre enfatizar esa demanda o pensar que el otro prensa jamás abandonará su propio funcionario para asistirlo a él. Por más muerte que se disponga a encarar, sabe que no es extorsión emotiva suficiente para exigirle que abandone su tarea esencial. En el fondo, descubre que la tarea del prensa es individual. Que ese corporativismo que se refleja en almuerzos de prensas, donde cada uno se sienta de forma tal de poder observar a su Ministro, en realidad es falso y sucumbe ante la potencia de sus labores individuales.

El prensa a punto de morir estira su mano y pone en el otro el clipping de prensa. Logra arrastrarse contra la rueda de la ambulancia, hasta poder observar que su prensa amigo tomó la dirección contrario, incumpliendo con lo que el moribundo prensa le había solicitado. Entonces por primera vez en toda la tarde sonrió.

21/12/10

Los dos robles



Los dos robles

Mientras escribo esta frase, a dieciséis kilómetros de la capital del partido de Olavarría, hay un árbol.

Un roble.

El roble está en una pequeña elevación, imperceptible desde la ruta que atraviesa Sierra Chica, y divide las unidades carcelarias del resto de la localidad. Es un árbol muy ancho, que deja mostrar sus raíces avanzando sobre la tierra, de una textura especialmente áspera y, mientras escribo esta frase, de muy pocas hojas a pesar de sus tres anchas ramas principales y sus numerosas ramificaciones más pequeñas. Es un roble que está, técnicamente, seco, casi sin vida. Si alguna vez perteneció a un robledal, hoy se yergue en soledad sobre un paño de pasto seco, amarillento, y llegar hasta él, sino es con la mirada, es una tarea ciclópea, plagada de obstáculos burocráticos.

Alguna vez, su acceso fue más sencilllo, como cuando el indio Lincoln, un tehuelche de esa zona, tomó una siesta vespertina bajo su sombra. Era 1882 y Lincoln descubrió el árbol luego de una cabalgata que lo alejó unos kilómetros de su tribu. Desensilló y encontró allí un refugio de alguna tormenta que pudo haberse avecinado. El indio se maravilla ante el olor de la copa frondosa del árbol, que despide por una combinación de viento y las primeras gotas de lluvia. Entonces lo arremete un cansancio puro y cede a la tentación. Sueña con algunas divinidades mientras el roble lo cobija del agua, y se despierta bruscamente cuando siente un ardor en el abdomen que nunca había experimentado. Intenta tomarse el vientre pero en el camino su mano roza una pesada madera con una punta de metal que se le ha incrustado en el cuerpo. Es una lanza que le dará muerte inmediata y, tras ella, una invasión de indios araucanos que, desde Chile, arremeten contra la pequeña comunidad tehuelche. El resultado no es una masacre absoluta, pero el roble puede atestiguar el dominio que los araucanos impusieron vía el mestizaje, hasta desaparecer apellidos como Lincoln, en favor de los caciques Catriel, Cachul o Calfucurá.

El roble permanece tan inalterable como frondoso en lo que para esa época se denomina todavía Sierras del Cayrú. Los nuevos indios expanden su territorio hasta chocar con el principio del dominio blanco, y las chispas de la civilización entran en contacto con la barbarie. El primer fuego arrecia cuando los pobladores de la zona se retiran por los saqueos y los malones. El Coronel Mitre, ministro de Guerra, moviliza la División de Operaciones del Sur hacia Azul, y planea junto al Coronel Laureano Díaz, un doble ataque sobre el cacique Catriel y el cacique Cachul. Bajo el roble, ajenos a estas conspiraciones bélicas, algunos indios practican un deporte extraño, mientras el resto emprende una cacería. El 29 de mayo de 1855, un día después, las tropas de Mitre avanzan sobre las tolderías, pero los baqueanos del Ejército confunden la ubicación. Sobre una de las tres ramas del roble, un indio que hace las veces de vigía observa en el horizonte que la caballería del hombre blanco se dirige en forma paralela hacia otro objetivo, y avisa de todas maneras al cacique Catriel, quien rápidamente organiza una patrulla de asalto y convoca a los caciques Cachul y Calfucurá. Los tres caciques se citan en las inmediaciones del roble resuelven sorprender desde la retaguardia al Ejército del hombre blanco. Operación que, con éxito, termina con toda la caballería y provoca su retirada, en silencio, a las tierras de la actual ciudad de Azul.

Cerca del roble, los indios entierran algunos de los dieciséis muertos del hombre blanco, y curan a sus propios heridos. Catriel, rezagado por haberse quedado hasta el final de la lucha, apura su marcha cuando observa la situación, se apea del caballo y profiere unos insultos a los indios que obraban de funebreros. Habla a su tribu de la majestuosidad de ese árbol, de su carácter divino y de la influencia del roble sobre los hechos que acontecen a su alrededor. Rompiendo en llanto mientras desentierra los cadáveres, reza a todos los dioses que las raíces del roble no hayan absorbido la sangre de los muertos. Cuando llega a los cadáveres y observa que, a pesar de haber sido enterrados hace minutos, se encuentran consumidos como si miles de años se hubiesen sucedido, Catriel se sienta bajo el roble, la mirada perdida en el horizonte, y dice: “es inútil”.

Con el establecimiento del fuerte en el Nuevo Tapalque, sobre el que se fundará años después la ciudad de Olavarría, el hombre blanco fue ganando territorio sobre las tolderías de los indios hasta casi terminar con un Catriel que, desde aquél día, casi no ofreció resistencias. Catriel supo que era inútil cualquier resistencia, y cuenta la leyenda que en sus últimos años, llamó a ese roble “El árbol del Orden”. Un árbol, decía el cacique, que sería testigo cada determinado período de tiempo, de un desafío hacia el Estado que terminaría, inevitablemente, en una masacre.

El árbol se muestra, a la muerte de Catriel, cada vez más colorido, como si el paso de los años, en vez de avejentarlo, lo rejuveneciera, y esa afabilidad enterró por años la leyenda. Si la maldición se desperdiga por la tierra, en cambio parece nutrir al propio roble, cuya frondosidad atrae a los primeros inmigrantes italianos que se constituyen a su alrededor, y forman la localidad de Sierra Chica. La penitenciaría, construida hacia 1881, agrega nuevos pabellones en 1907, y entonces, como una condena terrenal, el roble queda inserto en sus instalaciones. Pero ese encierro que detiene a los hombres, para nada modifica los poderes divinos del árbol. El roble es testigo de 141 años de historia de un pueblo, hasta que un día, advierte un guardiacárcel, se muestra especialmente verde. Como barnizado con algún químico especial, como si sus hojas pudieran brillar aún siendo de día. El guardiacárcel se distrae un instante, contempla el árbol y lo advierte casi como un llamado. Abandona su puesto para observarlo mejor, quizás para tocarlo. El hombre recuerda que es, además, una fiesta santa, la víspera de las Pascuas, y se sabe elegido para presenciar un milagro. En ese árbol, cree, habita Jesús o alguna divinidad y él, un guardiacárcel, está próximo a ser un nuevo elegido.

Es una cálida tarde de un 30 de marzo de 1996, cuando el guardiacárcel acerca su mano hacia el árbol, en un final casi apoteótico, y apenas al entrar en contacto con el roble, escucha un estruendo propiamente infernal, unos gritos, el sonido de una sirena, y todo lo siente parte de ese trance por el que está pasando. El roble que se vuelve más brillante, el sonido ensordecedor de la sirena, sus ojos cerrados y una sensación extraña que le recorre el cuerpo. Siente una lanza en el abdomen, una visión de una caballería perdida a la que unos indios le dan muerte, se toma la cabeza al escuchar el grito del cacique, y puede sentir cómo al árbol absorbió la sangre de los muertos. Una descarga, que parece eléctrica pero es más fuerte, lo aleja del árbol, lo devuelve a una realidad que es, tal vez, igual de infernal. Son internos corriendo desesperados hacia el pabellón, un intento de fuga, la balacera y los primeros caídos. Y el resto, los que no intentaron escapar, comienzan a encender fogatas improvisadas en los pabellones, y clausuran las puertas. Algunos guardiacárceles son tomados de rehenes, y las sirenas se escuchan cada vez más cerca. El guardiacárcel se aleja del roble cuyo verde brillante desentona en el panorama oscuro que se avecina. Hay gritos desgarradores desde adentro que el guardiacárcel no va a olvidar jamás, y la orden de comenzar a disparar al aire. Los detenidos que intentaron la fuga son reducidos, pero entonces la situación se termina de desbordar adentro, cuando más de mil presos se solidarizan y toman bajo su control la unidad carcelaria. A metros del roble, nace el motín más sangriento de la historia carcelaria argentina, comandado por “Los doce apóstoles”. Durante el motín, el humo que salió en reiteradas oportunidades de las panaderías de la unidad carcelaria, extrañamente rozó, con ayuda del viento, las ramas del roble.

Ocho kilómetros al sur de Weimar, en una montaña llamada Ettersberg, hay otro roble. Bajo su sombra, hacia finales del siglo XVIII, Goethe escribió la “Noche de Walpurgis”, del Fausto. La Noche de Walpurgis es tal vez una tradición vikinga, que Mefistófeles obligó a Fausto a presenciar, donde se prenden hogueras en honor a Belenos, dios del fuego. Los cristianos la resignificaron hasta convertirla en una fiesta pagana de adoración a Satanás.

Ese roble, que pudo haber sido visitado también por Schiller, Herder, Schelling, Fichte y Hufeland, quedó encerrado, como aquél otro. Sólo que ahora, en 1934, dentro del campo de concentración nazi de Buchenwald: fue, por cierto, el único árbol que no se taló para la construcción del campo. Solitario, sus ramas quedaron mirando desde arriba la lavandería y el campo de instrucción. El roble fue utilizado, además, para torturas por ahorcamiento. Los perros rascaron su corteza tratando de acceder a las víctimas que de allí se colgaron. Hacia 1942, el roble de Goethe dejó de crear ramas y hojas, y el verano siguiente no reverdeció. A pesar de todo, siguió en pie hasta 1944, cuando un bombardeo norteamericano dio en la lavandería. El roble ardió una noche entera hasta convertirse en un mar de pequeñas astillas.

Separados por un océano de distancia, hay dos árboles que pagan la condena de absorber la savia de las tragedias. Ambos son causa y consecuencia de la oscuridad de su tierra. Uno y el otro pueden ser el mismo árbol, mas nada lo prueba. Decirlo no es faltar a la verdad, pero es, al menos, el refugio cobarde de la comodidad. Reunir las tragedias bajo el paraguas de una misma lógica no es un ejercicio de la razón, sino un subterfugio. Necesario, tal vez, para soportar el carácter azaroso de la tragedia humana.

La misma que encierra un roble y otro, a metros de la barbarie.

15/11/10

Fausto

Cuento N° 24 de "El amor en tiempos del kirchnerismo". Hoy: "Fausto".


Fausto

Fue puro azar aunque, después, seguramente pensaron en que era todo parte de un plan más cósmico, más divino, tal vez más trascendental. Que los tres, por distintas razones, estén yendo en este momento, camino al mismo lugar, no puede ser más que la voluntad de un dramaturgo universal, de la fuerza de una entidad que no es sino el demiurgo del Universo. Que hayan entrado por tres puertas distintas al mismo hotel, con la certeza de que cargaban sobre sus espaldas la derrota de un gobierno que le había cambiado la vida a tanta gente. Y todo, por aquella noche fundacional.

También pudo haber sido puro azar que esa noche quedaran justo esos tres. Porque ese otro que se fue último pudo no haberse tenido que encontrar con ella, o algunos de esos tres pudo haberse ido a dormir un rato antes. Pero no. Así estaban dispuestas las fichas, y así jugaría el destino con sus tres juguetes. Los dejaría solos, en una terraza de esa casa que habían alquilado, cerca de la Avenida Córdoba, sentados en tres sillas plásticas, junto a la agonía de las últimas brasas. Intentaban adivinar qué era esa construcción que estaban mirando, un monumento de concreto de raíces espiritualmente soviéticas, que pudo haber sido un exagerado tanque de agua o el comienzo arbitrario de una autopista imposible. Tal vez, no lo sabrían nunca. Cuántas veces pensarían, luego, qué hubiera sido de sus vidas si en vez de haber tomado esa decisión funesta, se hubiesen mantenido especulando con el origen del monumento de concreto.

- ¿Pedimos helado? -dijo uno, y entonces el destino les soltaría la mano y caerían en las fauces mismas de la tragedia. Era verdad, pensarían, que el Señor obra de formas misteriosas. Quién hubiese dicho que el acto de proponer pedir un kilo de helado pudiese arruinar la vida de tres jovenes en una terraza cerca de la Avenida Cordoba.

Un democrático (por lo menos a la griega, aunque esta discusión sobre el carácter democrático del azar me exceda) piedra, papel o tijera decidió el reparto de tareas, y así fue que tuvo que bajar hasta la heladera a buscar el iman de la heladería “Fausto”. El otro llamó y pidió un cuarto de chocolate, otro de dulce de leche, otro de tramontana y el cuarto de banana. El tercero de ellos, es decir, quien todavía no había realizado ninguna tarea, realizó un chiste vinculando la elección de los gustos de helados (especialmente por el tercer y cuarto gusto) con la sexualidad de sus dos compañeros. Y se sentaron a esperar, mientras intentaron sin éxito retomar la consideración sobre el monumento de concreto. Porque enseguida uno de los tres, cuyo nombre no quisiera eternizar, abrió las puertas del Hades.

- Che, nos vamos a la B, ¿no?

Debo contarle al lector que, así, desnuda, esa frase tal vez no significa nada. Debo suplir las fallas de mis párrafos anteriores, y lograr resumirles un estado de situación. Explicarles que los tres amigos simpatizan con el club River Plate de la Capital Federal de la Argentina. Comentarles que, al momento en que estos sucesos acontecen, el club River Plate corre el riesgo, ante una serie de adversidades deportivas, de perder su categoría de Primera A e ir a jugar con equipos de la segunda división del fútbol argentino. Lectores extranjeros necesitarán, también, contar con el dato de que, junto a Independiente y su archirrival Boca Juniors, River Plate es uno de los tres equipos que jamás descendió a la B Nacional. Es decir, no es normal que River Plate descienda de categoría. Puesto en situación, el lector tiene el permiso de continuar sabiendo que esa pregunta sólo puede hacerse entre simpatizantes de una misma escuadra futbolística. Podría condenarlos en un tribunal de hipocresía si les relatase aquí los denodados esfuerzos por fingir una seguridad falsa ante miembros de otros equipos (especialmente frente a los del Boca Juniors), un convencimiento artificial y consciente sobre las serias chances del equipo de recuperarse y mantener la categoría. Pero sería fútil y, tal vez, vil. Lo que vale quizás contar es que, con sus matices, los tres estuvieron de acuerdo en las serias chances de su River Plate de perder la categoría, y dos de ellos encendieron sus cigarrillos, buscando algún consuelo químico. Pero el tercero, cuyo nombre aún menos voy a eternizar para que las fieras lo sometan al escarnio de la Historia, tuvo que contentarse con un discurso conmovedor.

- ¿Se dan cuenta, no? - y dejó un silencio teatralmente planificado.

- ¿De qué?

- De lo terrible que es que River se vaya a la B.

- No es para tanto, qué se yo... -intentó interrumpir otro, mintiéndose, pero el primero siguió.

- Porque no es solamente que tu equipo se va a la B. Es que sos de River y te vas a la B. Sos la generación que vio irse a River a la B. Se dan cuenta...

- Pero de qué, pelotudo.

- De que no vamos a poder hablar nunca más de fútbol. Nunca. No van a haber más asados en los que puedas hablar de fútbol desde una posición futbolística. Vamos a tener que hablar “de la Selección”, y nada más. Como las mujeres. Vamos a poder opinar cada cuatro años, durante el Mundial. Nos vamos a volver un ejército de “periodistas independientes” del fútbol. Tipos sin ideología, tipos que no defendemos nada... miserables, bah. Yo prefiero perder cinco a cero con Boca en un asado de veinte bosteros que tener que llamarme a silencio porque mi equipo se fue a la B. Nos vamos a volver parias. ¿Saben cómo va a ser? Va a ser como si te obligaran a ir con tu mujer a todos los asados del mundo por el resto de tu vida. Eso es. Nunca más un asado sólo de varones, nunca más hablar de minas, nada. Eso nos va a pasar.

Los tres se concentraron en el monumento de concreto, silenciosos por el nudo de la garganta. Hasta que uno remató:

- Yo prefiero que el Gobierno pierda las elecciones del 2011 antes que River se vaya a la B.

Lo pensaron. Se miraron entre sí. Evaluaron variables, compararon sus vidas, tomaron cuenta de sus situaciones personales, balancearon mentalmente el interés colectivo con el individual, les disgustaron los resultados, los repensaron. Todo, bajo el silencio de una noche de verano, que sólo sería interrumpida por el timbre. Los tres se movieron, más para distraerse de esa disyuntiva, que para colaborar, y llegaron casi al mismo tiempo hasta la puerta.

- ¿Quién es?

- Sí, habían pedido...

Y antes que el hombre pudiera terminar su frase, uno de ellos abrió la puerta y, observando la gorra blanca con la inscripción “Fausto”, lo completó:

- Sí, helado, es para acá, ¿cuánto te debo?

- No, me confundí entonces, no es helado. ¿Ustedes no pidieron un pacto con el Diablo?

Los tres quedaron atónitos, entre risas y confusión. El primero de ellos quiso cerrar rápido, temiendo que sea una maniobra distractiva para asaltarlos, pero el hombre del delivery alcanzó a poner el pie trabando la puerta.

- No, pará, es acá. Cerca de la Avenida Córdoba, me dijeron... - hizo un silencio y prosiguió. Sí, es acá, enfrente de la oficina de Mefistófeles -y señaló con la cabeza el monumento de concreto.

- Pará, flaco, ¿te sentís bien? Por qué no salís un poco afuera -dijo el tercero de ellos, ya un poco más asustado.

- “Que pierda el Gobierno en 2011 pero que River no se vaya a la B”...¿son ustedes, no? Firmen acá abajo, por favor, y les entrego el recibo.

Una fría gota de sudor se replicó por tres, en cada una de las espaldas. Voy a ahorrarles las posteriores incredulidades y las maniobras de acreditación del enviado de Mefistófeles, para apenas relatarle su resultado: la consumación de un pacto sellado con el Diablo para que el club River Plate no perdiera la categoría de Primera División, a cambio de que el Gobierno, de quien los tres eran partidarios, perdiese las elecciones de 2011. Un pacto que, firmado con una gota de sangre por cada uno de ellos, fue sellado con un pacto posterior de silencio. Pero firmar un pacto con el Demonio produjo algunas rispidices en esa amistad. Y no sería sino hasta el partido en el que River logró conservar la categoría, que los tres no volvieron a verse. Esa tarde, jugadores que semanas atrás eran incapaces de meterla en un arco iris, ahora repartían una delicia en el verde césped nunca antes vista. En diferentes puntos del Monumental de River Plate, sólo tres personas (y la hinchada visitante) no gritaron de alegría cuando River se salvó del descenso. Uno de ellos, incluso, creyó ver en el cocacolero, la cara del hombre con la gorra de “Fausto”, guiñándole un ojo. Pero vaya uno a saber.

Y habrá sido puro azar, o la última broma que les jugaría Mefistófeles, que los tres estuviesen yendo, en el mismo momento, al hotel donde el Gobierno recibía la noticia de la derrota electoral. No sabremos si habrá sido azar, o qué, que trabajando para distintos candidatos, para distintos miembros del Gobierno, en distintos proyectos que hacían a la campaña, ahora los tres se cruzaran en el mismo punto del hotel, y apenas levantaran la cabeza para mirarse. Los tres responsables.

Años después, la política los reuniría en algún asado en vistas a armar un candidato para la Provincia de Buenos Aires. Ninguna haría alusión a aquella noche trascendental, ni siquiera cuando la conversación se mudó al fútbol. Pero sí descubrieron, esa noche, en ese asado, que ninguno de los tres había pronunciado siquiera una sola palabra en esa discusión sobre fútbol. Haciendo memoria, notaron que desde aquél funesto encuentro en ese hotel, durante el 2011, no habían vuelto, jamás, a hablar del tema que otrora los apasionara. Entonces comprendieron que, en verdad, no hay posibilidad de salir satisfecho de un pacto con el Diablo. Y los tres temieron cuando uno de los comensales manifestó en tono jocoso que, de ser necesario, haría un pacto con el Diablo con tal de ganar las elecciones. Entonces sonó el timbre, y ese alguien se levantó:

- Debe ser el helado -dijo.

1/11/10

Cuarenta que ya están y sólo falta sumar a uno

Cuento N° 23, (y quizás último) de El amor en tiempos del kirchnerismo. 40 mini-cuentos finales.


Cuarenta que ya están y sólo falta sumar uno

(A vos, que fuiste conmigo)

#1

- ¿Llegó?

- Está en el despacho, ¿te paso?

- No, decile que hoy no voy, que estoy yendo a la Plaza.

- Pero mirá que no hay asueto, eh, están todos acá laburando.

- Decile que no voy. Si te pregunta por qué, decile que renuncio.

#2

Le dijo fuerza a Cristina en voz alta, pero también le agradeció por lo bajo a Néstor. Porque un segundo después, cuando se le cayera la anteúltima lágrima (se reservaría la última de todas para ver pasar el cortejo y caer desmayado en la cama que no visitaba hacía dos días), ella, la que lo acompañó a despedir a Néstor, lo iba a abrazar. Y algunos dicen que aquello que se funda en un momento histórico, no se rompe más. Y sonrió.

#3

“Yo no sabía que lo quería tanto”. La frase se convirtió en un lugar comun de la Plaza.

#4

Después de tantas idas y vueltas, durmieron juntos. Él hizo todo el esfuerzo del mundo para poder levantarse antes y hacerle el desayuno. Ella lo encontró hojeando un libro de Maquiavelo. Una lágrima corría la tinta de una hoja en la que estaba escrito que “la Fortuna y la Naturaleza llevan la cuenta en el balance. Y ella no te hace nunca un bien que, de repente, no te surja un mal”.

#5

En el Cielo, Kirchner le dijo a Perón que el más kirchnerista de todos esos que estaban mirando por la tele, era el loco que agarró una caja y metió cincuenta sanguches de fiambre para salir a vender a la Plaza. Perón le dijo: “naturalmente”, acariciando a un león vegetariano que comía un tomate sobre un colchón de arvejas.

#6

Quedará el recuerdo del calor hijo de puta que hacía ese día en la ESMA. Y, para mí, haber sido parte de las bambalinas de la historia. La verdad es que no sabía quiénes eran los otros dos, así que los apoyé contra la pared. Al de Videla lo conocía, así que, como quien no quiere la cosa, lo tiré al depósito desde arriba de la escalera. Se hizo mierda, me acuerdo. Pero recuerdo más el ruido extraño que hizo. Como a muerto.

#7

Ese día, el día que asumió Néstor, en la nacional salió el 358. Que era la patente del auto que lo llevó al Congreso. El pozo quedó vacante.

#8

A casi 600 metros del ingreso, mi amigo dice que piensa que Néstor no tenía pensado hacer nada de lo que hizo. Pero que esa notita de Escribano marcandole la cancha, le manoseó tanto el orgullo, que decidió hacer todo lo contrario. Mi amigo dice, entonces, que justicia sería que venga más gente al velorio de Escribano. Yo le digo que se calle, porque hay uno que nos escuchó y nos van a cagar a trompadas.

#9

Le dijo que podían ir a la noche, que el censo no importaba porque después de las ocho iba a estar todo abierto, y encontrarían una farmacia de turno. A ella le preocupaba, tenía una especie de escepticismo en las bondades de la pastilla del día después. Pero, digamos, ya no le quedaban muchas más opciones que la confianza en el positivismo científico. Entonces se enteraron de la noticia, y él le pidió si podían pasar un rato por la Plaza, a saludar a algunos compañeros, que él conocía una farmacia ahí cerca que abría seguro. Llegaron a la Plaza, encontraron a los compañeros, se saludaron, intercambiaron incredulidades. “Bueno, vamos, es acá a dos cuadras”, le dijo él, y ella se quedó parada. Fueron los primeros abrazos, los cachetes colorados, los ojos reventados de algunos, las primeras familias que se acercaban, los pibes a caballito, los que correteaban y se alejaban de las familias. Fue todo eso, y quizás otras cosas, los recuerdos familiares, los días juntos, las peleas, las reconciliaciones. No, pará, le dijo ella. Quedémonos acá. Y él pensó que se trataba de un ratito más, de un poco de cansancio, y ella lo agarró por la espalda, lo dio vuelta y le dijo: quedémonos acá. Y pongámosle Néstor. Y lloraron, juntos, abrazados, en la escalera de la Catedral. Se rieron, y él le preguntó que qué pasaba si era mujer. Y entonces una mujer gritó, casi a cien metros y con voz angustiosa: “Fuerza Cristina”. Y se abrazaron de nuevo.

#10

"Por la presente, se intima al recientemente miembro de nuestras instalaciones al cese total de las actividades que se encuentra realizando, en especial teniendo en cuenta que se trata de su primer día en el complejo Paraíso S.A. No podemos sino condenar su actitud de hacer llover sobre la tierra el primer día de su llegada, alterando el esquema meteorológico votado en enero por la asamblea de cristianos.

Asimismo, se le informa que de acuerdo al Código de Convivencia de nuestro establecimiento, el cargo de presidente es ocupado ad eternum por Dios, Matrícula N° 00000000000000000001, y no está permitido realizar llamados a los Apóstoles para eventuales candidaturas.

Atentamente,

El Cielo."

#11

De profesión guionista, lo único que le sacó una sonrisa durante todo el miércoles, fue un mensaje de texto: “Estaba pensando que si Gustavo Cerati fuese kirchnerista, podríamos hacer la peli Good Bye Néstor”.

#12

Se había despedido de sus amigos en su ciudad natal. Visitó a unos parientes de la Capital, y cerró los últimos detalles con la empresa que lo había contratado, tan lejos. Notó que el taxista cambió la cara cuando le devolvía el cambio, mientras subía la radio. Apagó el celular, y pensó -posteriormente -en lo trágico de ese gesto. Ahora está solo, sentado en ese aeropuerto lejano, a la espera de un hombre al que no podría abrazar ni explicarle su tristeza. Entonces comprende que haber apagado el celular fue apenas el segundo de sus errores.

#13

Ese señor que con su muerte hizo que los que no se atrevían ni a besar a sus novias en público, ahora chiflen la canción de Rosana en el bondi.

#14

De las tantas derivaciones que puedan surgir de esta muerte, esa muerte que es un big-bang de teorías, será la más hermosa e ineficaz políticamente, aquella que haga del kirchnerismo un shiísmo secular. No puedo evitar pensar en que algunos vamos a adherir a la idea de que Néstor Kirchner no ha muerto, sino que ha entrado en la fase del Ocultamiento o, como dicen los musulmanes shiítas, la ghaiba. Me fascina pensar que dentro de algunos años, no aceptaremos la legitimidad de ningún poder terrenal en ausencia del Néstor Oculto, y que generaciones posteriores desarrollarán el principio de taqiyya, aquél por el cual podrán adoptar técnicas de adaptación al poder dominante, ocultando sus verdaderas creencias y fustigando, en soledad, a los usurpadores del Néstor Oculto.

#15

Y es cierto eso de que el coraje no es no tener miedo sino saber enfrentarlo. Porque cuando empezó el suave murmullo... Se encontró parado arriba de un kiosco de diarios, tapando con aerosol una pintada que decía que Néstor, en verdad, vivía (sin ese barroquismo de “en verdad”). Pero, más que el desenlace fatal que le costó una buena tunda y algunas averías dentales, es el preludio de esa operación lo que aquí interesa. La manera en que ese hombre, sin estar bajo el efecto de ninguna sustancia que altere la racionalidad, decidió voluntariamente expresar su inconformidad ante un mar de lágrimas que estaba por devorarlo. Porque nadie se atrevió a pensar que ese hombre, que incomodaba, en verdad decidió poner su cuerpo a disposición de un cuadro incompleto. Faltaba la encarnación de la traición, y el hombre que ahora comenzaba a escribir que Néstor sí estaba muerto, quiso ser lo que faltaba. Mientras uno de remera roja le pateaba la cabeza, pensó que le gustaría que lo recuerden como a Silvio, el personaje de El juguete rabioso de Arlt. Le pareció que Judas era muy trillado.

#16

Un hombre sentado solo en El Calafate, leyendo un libro de un líder político que muere mientras lee un libro. O la continuidad de los parques.

#17

Esos hombres de guardapolvo blanco no son maestros, sino científicos. Unos toman una muestra de una lágrima que cae del ojo de un jubilado y la pesan. Otros, en cambio, cuentan la cantidad de caras hinchadas y las multiplican por el llanto promedio. Un tercer grupo de hombres de guardapolvo blanco recorren almacenes preguntando cuántas botellas de champagne se vendieron. Los tres grupos se encuentran, a la medianoche, y comparan los litros. A su modo excesivamente empírico, rinden homenaje. No lloran, para no arruinar la muestra.

#18

Es viernes y salió el sol. 7 apóstoles ya responden al bloque de Néstor.

#19

La verdad es que siempre lo había pensado como una casualidad. Uno nunca quiere pensar en esa trascendencia metafísica, mucho menos con él. No es fácil tomar noticia de que uno tiene una relación cósmica, lejana y causal con Néstor Kirchner. Fue la última internación, la de Los Arcos, la que la convenció de que era así. Primero habían sido señales. Como el día en que Néstor fue electo presidente y ella, cruzando sin mirar por Avenida de Mayo, fue atropellada por una moto de un Policía, sin lesiones, con un susto importante. La renovación de la Corte la encontró vomitando por un virus que, le dijeron los médicos, “es imposible que exista en la Argentina” (y ella nunca viajó). Fue a la ESMA, el día de la bajada del cuadro, y terminó con una insolación que llegaron a confundir con cáncer de piel. Y entonces Néstor ganó las elecciones de medio término, y ella encontró a su novio de la primaria con su mejor amiga, en su casa, volviendo antes de fiscalizar porque se sentía mal. Comenzó a sospechar, en verdad, el día que Julio Cobos votó contra la resolución 125, y ella llegó a su trabajo y sus cosas no estaban. Suspiró, pensando que la habían despedido, y que entonces esa relación que balanceaba su vida con la de Néstor era una conjetura improbable. Pero una gota fría de sudor le corrrió por la espalda, cuando notó que, en la oficina del gerente general, había una fiesta de felicitación para ella. La habían ascendido. El día que se besó por primera vez con el amor de su vida, dejó caer una lágrima pensando en lo que le estaría pasando a Néstor, quien, por cierto, estaba internado en Los Arcos al borde de la muerte. El miércoles a la mañana, mientras esperaba al censista, tuvo vómitos y pensó que a Néstor debería estar disfrutando de algo. Pero entonces llamó su médico y le dijo que tenía los resultados: que estaba embarazada. Entonces se alegró unos instantes y, rápidamente, se sentó en la cama. Sabía que Néstor Kirchner acababa de morir. A veces, el ying y el yang vienen mal repartidos, y más que un balance son dos absolutos.

#20

Hubo un espacio, político, que lloró la muerte festejando. En los arrabales del centro. Desafiando, quizás, algunos cánones occidentales. Sin cuestionar los llantos ajenos, que los tuvieron. Fue, apenas, un brindis. Un brindis que se convirtió en música y gente bailando, casi sin querer. Me gusta la imagen del arrancador de fiestas. Que generalmente es mujer, que no necesita compañía para bailar, que incita. Esa noche, cuando enterraron a Néstor, parte de su espíritu vivía en esa fiesta. Brindaron por él. Brindaron por el hombre que logró que en la Argentina, un grupo de pibes se haya juntado a hablar de él y haya terminado en una fiesta. Solamente la historia, dirá si fue una falta de respeto. Yo creo, sin embargo, que tanto el que lloró como el que festejó con un dejo de tristeza, comprendieron a Néstor Kirchner. Y entender es, siempre, la mejor manera del recuerdo.

#21

Hay hombres y mujeres que lloraron el miércoles, por la sorpresa y la intemperie de toda muerte. Hay hombres y mujeres que lloraron el miércoles y el jueves, conmovidos, incrédulos, esperando algo, una rectificación imposible. Hay hombres y mujeres que le agregaron el llanto del viernes, el paso fúnebre por las calles, el secuestro eterno.

Pero hay otros, que lloraron el lunes. Lloraron frente al obrero que levantó la última de las carpas. Lloraron frente a las rejas que ya estaban abiertas, frente a la facilidad con la que se accede a la Casa Rosada, frente a la inexistencia de las filas de 20 cuadras. Lloraron frente a las caras de lunes, caras que no lloran, porque, ¿quién se muere un lunes?, ¿quién llora un lunes? Esos, los que lloraron el lunes, le tenemos un profundo temor y respeto a lo efímero.

#22

Cuando pasan este tipo de cosas, pienso en los imprenteros, y en todas las colosales máquinas que frenan su labor abruptamente.

#23

Maldita la hora en que elegí este modo de ver el mundo, piensa el filósofo mirando esas veinte cuadras de gente. Escribe que no es momento de lamentaciones, sino de reflexionar sobre la sociedad. La sociedad, ajena, se decide por los lamentos. El filósofo descubre de manera cruel que hasta ahora los filósofos no han interpretado ni transformado el mundo tanto como les parece.

#24

En toda manifestación política, siempre se encuentra en un pequeñísimo instante, recordando dos películas que, si difieren en argumento, abordan la esencia de un mismo problema. Ninguna de las dos es una joya del cine, aunque reconoce que no puede seguir cambiando de canal, cuando lo interrumpe la primera. Se llama “Rookie of the year”, y es la historia de un niño que, luego de sufrir una fractura, adquiere unas habilidades de lanzador de béisbol sobrehumanas. Ese talento es descubierto en medio de un partido en el que el niño devuelve una pelota desde un lugar imposible, y el mismo es reclutado a las grandes ligas. La segunda película se llama “Rockstar” y cuenta la historia de un miembro de una banda tributo que es elegido para reemplazar al cantante de su banda favorita. Ambas películas, son la misma película, valga el oxímoron. Cuando pasó frente al cajón que contenía a Néstor Kirchner, pensó en ese complejo problema de superar fortuitamente el anonimato, y quiso gritar algo. Pero entonces pensó que no se eligen ministros de agricultura de entre una muchedumbre. Por suerte.

#25

Cambié la foto de perfil, puse un montón de megustaesto en Facebook, una cinta negra en Twitter, escribí unos posts en algunos blogs y dejé comentarios, también. Estaba dejando registro de que era parte de la historia, yo, cuando se cortó la luz, y me quedé sin internet. Entonces bajé a algún bar y no pude cruzar por Avenida de Mayo, por la fila de personas que quería entrar. Quise escribir una alegoría, decir que allí estaba la verdadera historia, que quien quiera oir que oiga, y luego pensé que por qué una cosa tenía que ser más verdadera que otra. Si las dos son tan ciertas, tan complementarias, si acaso a las muertes no hay que vivirlas como a uno más o menos le parece.

#26

En una mesa electoral de Río Gallegos, un fiscal pide otra planilla porque se borroneó la tinta impresa con una lágrima que cayó sobre el nombre Néstor Kirchner, que no alcanzó a ser eliminado del padrón. Otro fiscal bromea con que es voto cantado. Es el 2011.

#27

El miércoles a las 9 de la mañana, después de ser censado, pasó por el potrero del barrio y vio a un grupo de pibes armar un picadito al rayo del sol. Se quedó mirando un rato, y advirtió a uno con la camiseta de Argentina, que le decían Pelusa. Esperó que por un milagro fontanarroseano, fuera una reencarnación de Maradona. Lo vio hacer los mismos goles, hasta el de la mano de Dios. Le llamó la atención que jugara con mocasines. Luego volvió a su casa, y vio la noticia por televisión. Regresó al potrero, y ya no había nadie. No volvió a ver al flaco de los mocasines.

#28

La Muerte lo tocó por la espalda. Le avisó que había llegado el momento. El hombre siguió concentrado, leyendo un informe de una central energética. Dijo que no tenía tiempo para trámites, que de esas cosas se encargaba el Chino. La Muerte le ofreció una estadía en el Cielo a cambio de una serie de cosas. El hombre le dijo que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de ningún lado. Era martes a la noche. Consiguió tiempo hasta la mañana del día siguiente. La Muerte va a negar este relato.

#29

Se juró no llorar más. Y esa niña que le trae un collage de fotos de Néstor a la cama, desafía el carácter divino de su promesa. La Modernidad ya no permitirá que Abraham se atreva siquiera a subir al monte con Isaac.

#30

La noche fundacional del martes, cuando le contó a su amigo que su novia se le había insinuado. La madre de todas las decisiones, un silencio que era una mochila inamovible. Hay momentos que son la línea desde la que no hay retorno, ni pasado, ni futuro. Esa denuncia, es uno de esos momentos: son el presente absoluto. La pelea, los insultos, las acusaciones de traición, el repaso de méritos, el puñal imposible de ser quitado. Y el abrazo del miércoles, los ojos en lágrimas, que no cerró ninguna herida, pero que ayudó a construir, por lo menos, otro presente.

#31

Se conocieron en el tren que fue a la cumbre de Mar del Plata en el 2004. Ella todavía no tenía celular, así que anotó el de él en un papel que perdió mientras saltaba, unas horas después (tal vez, mientras hablaba Chávez, pero no podría saberlo). Se encontraron el viernes, acompañando el cortejo en la calle Alem. Cuando ella lo fue a besar y prometerle una vida juntos, a él su novio lo abrazó por atrás, y rompieron en llanto. Los tres, por un motivo diferente.

#32

El argentino volvió en un vuelo comercial desde Japón, país al que lo acercó el buque que lo encontró luego del naufragio de su barco en una isla desconocida. Fue, recuerda, el 20 de mayo de 2003. Había pasado con un taxi, antes de abordar el crucero, por la Plaza de Mayo, donde unas organizaciones de desocupados reclamaban por más trabajo. Con la adrenalina de volver a su hogar en San Telmo y reencontrarse con su familia, sintió congoja al ver, siete años después, un 27 de octubre de 2010, que la Plaza todavía estaba repleta de gente desesperada.

#33

Es preciso señalar que, durante esos momentos, hay algo que ordena, algo que se constituye en el centro de la cuestión. Esta vez fue la Plaza, pero pudo haber sido otro lugar, otra cosa, quizás otro tiempo, si es que el tiempo no es un lugar. Todo suceso tiene su centro. Él, se apropia de todos los pronombres. Volver, es volver de la Plaza; estar yendo, es estar yendo allí (y allí, ya es también la Plaza). Ese lugar se convierte en un espacio de breves reuniones, en puntos de encuentro donde dejar y recoger, especialmente, llaves. La incorporación de los teléfones celulares, además, cuadricula su geografía. Es paradójico pero ese avance tecnológico hace que la ubicación geográfica de una persona, luego de inventar alegorías numéricas y de nombres propios, vuelva a indicarse por medio de referencias espaciales. Estoy en la Catedral.

#34

Los mozos se adelantaron a esta historia, y decidieron contarla ellos mismos por la televisión, que sigue siendo la verdadera inmediatez.

#35

Estaba llorando porque ese miércoles, se había enganchado en un picadito en el recreo de la escuela, y había roto las rodillas del pantalón. La vieja lo iba a retar, y se quedaría encerrado toda la tarde. Cuando llegó a la casa, vio que su mamá, anticipando la desgracia que le venía a contar el pibe, ya estaba llorando, la vista perdida en el televisor. Pensó que los adultos eran una cosa de locos. ¿Cómo podía saber que había roto el pantalón nuevo? Si ella no estaba en la escuela, si él se juraba a sí mismo que pispeó bien para todos los costados antes de engancharse al picadito. Pensó que los adultos debían saber algo que él todavía no. Así que se encerró solo en la pieza. Esperando a ser grande para tener esos poderes.

#36

El mensaje de texto que contesta el “como va?”, con un “Bien”, significó una cosa el miércoles, otra el jueves y otra muy distinta el domingo.

#37

En la calle Libertador, todavía las amas de casa usan uniforme, y es un símbolo. En Libertador, algunas de ellas lloraron tras una columna, y es otro símbolo. En Libertador, él no tenía un teléfono con camarita para registrar ese símbolo. Y eso también será un símbolo.

#38

El miércoles juraron, para no lastimarse, no verse nunca más. Y él pensó que hubiera dado lo que no tenía para no haberse ido nunca de su tranquilo pueblo natal, donde sólo los privilegiados tienen esos putos ascensores y puertas que abren solamente con llaves, desde adentro. Porque esos diez pisos por ascensor, ese tener que bajar abrir, es una vueltita más del puñal. Ahora sí va a quedar marca. (Y eso que todavía no subió, ni escuchó el celular, ni prendió la tele, ni se quedó sentado una hora en la cama).

#39

Las metáforas se reconvierten tanto con una muerte, que los heridos por el kirchnerismo se reconocen el lunes y el domingo. Son los miles que tienen los labios rotos por los cambios de clima, los miles de resfriados por el cortejo bajo la lluvia, los que, como en un club que no es exclusivo sino todo lo contrario, asienten con la cabeza cuando se ven las mejillas hinchadas de fiebre. Es lunes, en la oficina.

#40

- Pero, ¿cómo vas a renunciar para ir a la Plaza?, ¿no pensás en tus hijos?

- Voy a la Plaza, justamente, porque pienso en mis hijos.

30/9/10

El Alem

Cuento N° 22 de "El amor en tiempos del kirchnerismo".



Sentí infinita veneración, infinita lástima.
El Aleph.

El Alem.

Cuando las tropas de Urquiza llegaron hasta las puertas de su pulpería, Leandro Antonio Alen intuía el desenlace fatal. Miró por última vez a su hijo Leandro Nicéforo, ordenó a su mujer, Tomasa Ponce, que se encerraran en la habitación del fondo y salió a encontrarse con la muerte. Un mazorquero, pensó Leandro, no debe resistir: eso daría razón a los salvajes. Desobedeciendo las órdenes de Leandro, Tomasa acompañó al detenido hasta Plaza Montserrat, donde sería ahorcado.
Entonces comprendió que sólo le quedaban por experimentar las variaciones de una misma desgracia. Tras un pasar relativamente cómodo, con su esposo pulpero y miembro de La Mazorca, la caída de Rosas en Caseros coincidiría -y causalmente -con la caída de los Alen.

Refiere la sabiduría popular el carácter cruel de los niños. Nadie pudo comprobarlo tanto como don Leandro Nicéforo Alen, quien debió cambiar su apellido - reemplazando la n por la m- para terminar con las referencias al destino de su padre. Leandro N. Alem fue el nombre definitivo, aquél que enterró el estigma de “el hijo del ahorcado”. Nacía, entonces, una leyenda radical a la que acompañé durante los años finales de su vida.

Sería demasiado arriesgado -peor: inconducente -exponer aquí mis pergaminos, aquellos que me ubicaron junto a don Leandro los últimos meses de su vida. Ese azaroso período de tiempo que, con su decisión definitiva, adquirió características trascendentales. No es mi deseo contribuir a la niebla de conjeturas que rodearon el suicidio de don Leandro. La depresión que lo hundía diariamente era tan política como personal. Ningún hombre decide morir por la política, como ningún hombre muere por un amor, si no hay, previamente, alguna concepción referida a la futilidad de la vida. Renegar de la vida: he ahí lo que el universo debe subrayar ante cada suicidio, más que el amor por María o el odio por don Hipólito (o la redundante carta final de don Leandro: suicidarse antes que negociar y llamar a que se rompa antes que a doblarse. Observen allí todas las tautologías posibles). La causa de un suicidio es, apenas, una nota al pie. El acto ya es, por sí, todo.

El 1° de julio de 18** llegamos en el mismo coche al Club del Progreso, aunque don Leandro me pidió que entrase antes que él. Tiempo después supuse que debió haber aprovechado esos segundos para revisar el arma. La cena transcurrió sin eventos que merezcan ser referenciados, especialmente si cometemos la torpeza de balancearlos con lo que ocurriría minutos posteriores. Me preocupé cuando don Leandro decidió abandonar tempranamente la mesa, y me ofrecí a acompañarlo. Con la mitad de mi cigarro encendido, insistió para que me quedase. Supuse que se encontraba molesto entre tanto humo (don Leandro había dejado de fumar por recomendación médica) y que mañana temprano realizaría comentarios mordaces sobre los comensales que lo acompañaban.

El andar de una serie de coches silenció el ruido que pudo haber provocado la pistola. Puede decirse, entonces, que fue el triste destino el que me ubicó caminando para ese lado y no hacia otro, saliendo antes que cualquier cliente de El Club del Progreso, y no después. El humo que podría haber sido la fría niebla, el zapato que trababa la puerta del coche, la pistola bajo el asiento, la sangre. La muerte de don Leandro que ahogó el grito que hubiese deseado. Mezquino, pensé en las especulaciones, y pensé en mi vida profesional, en cómo quizás debería cambiarme yo también el nombre -aunque si algo no me ataba a él, eso era mi nombre, tan polaco. Pero seguidamente volví a don Leandro, a quien acomodé en su asiento para confirmar que ya no respiraba.

Con el fin de las desgracias de don Leandro, comienza la historia de las mías.

Apoyé su humanidad contra la mía y lo solté contra el asiento, cuando mi mirada cruzó su ojo derecho, ahora vacío. Pero entonces esa esfera circunstancialmente abiótica arrojó una serie de imágenes que no voy a olvidar jamás. Como una ínfima pantalla de cine que contenía todas las dimensiones posibles de un mismo objeto, de un fenómeno o de un personaje, así el globo ocular de don Leandro mostraba una sucesión en apariencia anárquica de imágenes. Todas las cosas tenían, a su manera, relación con el radicalismo. Pensé en el tormento de Leandro, en una vida atravesada por la circunstancia divina de tener que ver, todo el tiempo, todos los pasados, todos los presentes y todos los futuros del radicalismo. Y entonces comprendí que en el ojo de don Leandro estaba todo el radicalismo visto desde todos los puntos del universo. El Alem.

Fascinado y morboso, enfoqué en el ojo de don Leandro y vi un saco sobre una silla del Jardín Florida, vi una boina blanca arrojada al cielo del Frontón de Buenos Aires, vi una bala despedazando a un revolucionario (era 1890) y vi esa misma bala rozar a otro (ya era 1893), vi rupturas en los comités, vi amenazas de duelo y vi concreciones. Vi al propio don Leandro ser conducido a la cárcel, vi su liberación, vi el abrazo apesadumbrado que le dio a su sobrino, vi todas las resignaciones posibles, vi cuartos oscuros, vi universitarios, vi el viento secando la sangre de un fusilado de la Patagonia, vi conspiraciones en el Senado, vi interventores de provincias parando en la ruta para estirar las piernas, vi menguar algunas ansias, vi caer al mundo, vi a un hombre, que era todos los hombres, encerrarse en el palacio presidencial, vi tanques acercarse. Entonces una angustia me invadió el alma, y comprendí que ya no podría dejar de mirar. Y vi más boinas blancas, vi insignias militares, vi muchedumbres, me encegueció ver la intransigencia en su totalidad, vi derrotas, vi cárceles. Vi bombas caer desde el cielo, vi nuevas traiciones, vi todas las madrugadas y vi a los despiertos, vi exilios, vi la prohibición, vi un mensajero subiendo a un avión con una carta. Vi la contradicción, vi lapiceras que viajaron desde Norteamérica a firmar contratos, vi la Provincia de Buenos Aires, vi imposibilidades, vi más militares. Vi proscripción, vi la parsimonia, la incapacidad y vi una secretaria abandonar su puesto para dejárselo a un señor de bigotes. Vi muchedumbres esperar un avión, vi tumultos, vi la muerte, vi a un viejo adversario despedir a un gran amigo, y vi desde todos los ángulos posibles del universo la forma terrenal que adquiere la decadencia total. Vi la sangre. Nos vi volver, vi los pétalos de una primavera, vi esposar las manos ensangrentadas de unos generales, vi desde el cielo pintar con betún nuevas armas que se levantaron, vi explosiones, vi la miseria como no la había visto nunca, vi enormes almacenes saqueados por muchedumbres, vi más imposibilidades, vi al orfebre de un bastón que se entregaba. Vi nuevas decadencias, vi un paseo por una quinta, vi finales ajenos y nuestros. Vi nuevas parsimonias y me angustié pensando que El Alem era circular, vi que los puntos del universo eran otros y vi que la historia era la misma y continuada. Vi nuevas debacles, vi nuestra disolución, vi un caballo embistiendo una anciana, vi la lágrima de un oriental en el piso de su enorme almacén, vi nuevas explosiones. Nos vi morir, vi declarar sentencias, vi ojos que nos juzgaron, vi pedir que sea la historia la que nos juzgue, vi gritarnos, vi un renacimiento. Entonces vi a la historia, y vi a don Leandro, vi desde todos los puntos El Alem, vi mi cara viendo El Alem, y vi mi angustia y las caras de los que recién llegaban hasta Leandro. Y lloré.

Lloré porque mis ojos habían visto ese secreto en los ojos de don Leandro, ese secreto cuyo nombre desconocen los hombres, porque ninguno ha mirado, ninguno más que yo, y ninguno más que don Leandro. El inconcebible radicalismo desde todos los puntos posibles del universo. El Alem. Y entonces comprendí.

5/9/10

La Revolución no será festejada

Cuento N° 21 de El amor en tiempos del kirchnerismo. (No tiene mucho que ver con el kirchnerismo o con el amor, pero cuando pinta escribir un cuento lo ponemos en esta sección).



La Revolución no será festejada

Porque hay que ser bastante clarito. Cuando Owens entró victorioso a General Míndez, la capital del país, no hubo más que alegría entre la población. Los campesinos, casi el 70% de la población de esa colonia centroamericana, cuya economía depende aún hoy exclusivamente de la exportación de café, llegaron en enormes caravanas de camiones destartalados, bebiendo un menjunje tradicional de las zonas rurales. Era 1° de septiembre y comenzaba una ola de calor fulminante, que sólo templaba cuando gigantes chaparrones regaban el país casi por completo. La entrada de Owens a General Míndez sería registrada por fotógrafos free lance -expresión anacrónica para la época - que habían viajado a cubrir una más de las tantas revoluciones en el Tercer Mundo que comparten ciertas características: gobiernos títeres de potencias extranjeras, empresas trasnacionales dedicadas a la explotación de algún recurso natural y una población sumida en la miseria hija de ese esquema económico. La generación, entonces, de un proceso revolucionario que opta por la lucha armada, que cuenta con la colaboración del campesinado, que se apoya en la estructura de los partidos de izquierda urbana y que se convierte rápidamente en una piedra para el zapato del ejército nacional. Y la historia es más o menos conocida: la llegada de ayuda de la potencia extranjera, y las nuevas tácticas guerrileras, junto al conocimiento de los campesinos del territorio, que vuelven ineficaz a esa ayuda. Entonces la potencia extranjera comienza a retirar un poco su apoyo, intuye que es un mal negocio, y el gobierno títere enfrenta comienza a ser cuestionado. Y el resto sale solo. La guerrilla, dadas ciertas variables, triunfa (estar en los ´60 y en el Tercer Mundo optimiza las condiciones de posibilidad. El catedrático alemán exiliado en Cambridge, Cort Ziegler, sostuvo en una mesa que compartí con él que los guerrilleros, también, debían tener barba: el nexo causal nunca pudo ser demostrado por Ziegler; mas, estadísticamente, la correlación funciona*).

La entrada triunfal de Owens, el líder universitario de la guerrilla, provocó inmediatamente la caída del gobierno militar, y el ahorcamiento popular de su reciente ex-presidente, Barsilio Sánchez, en un cadalzo improvisado frente a la primera iglesia del país, que minutos después sería reducida a cenizas por otra arbitraria disposición popular. Cientos de pájaros que habían construido sus nidos en el campanario de aquél templo murieron carbonizados, y los habitantes más viejos del país aseguran que el sonido de aquella agonía avícola los sigue persiguiendo en sueños. La Revolución, incluso, debió prohibir la domesticación del loro, debido a la creencia popular de que aquellos parlanchines animales repetían, contrarrevolucionariamente, el nombre del dictador Barsilio Sánchez.

La instauración de una simbología mítica ocupó casi todo el día de la toma de la capital General Míndez (prócer latinoamericano que dio nombre a la capital luego de haber conquistado la independencia del país, convirtiendo a las tribus indígenas a una falsa religión que sería utilizada sólo para lograr que los pobladores autóctonos corriesen, con sendos paquetes de dinamita, contra los barcos que utilizaban los conquistadores para trasladar el café a Europa. El General Míndez convenció a los indígenas que la explosión era la forma que tenía Dios de llevarse sus cuerpos al Paraíso). Finalizado el posicionamiento político, la reciente Revolución decidió dar paso a los festejos populares en su sentido más lúdico. Alrededor de la medianoche, la Mesa Revolucionaria resolvió, en el Palacio de Gobierno, expropiar todos los comercios de General Míndez que expendían productos importados por empresas trasnacionales y repartir entre la población alimentos y bebidas para la fiesta popular. La noticia comenzó a recorrer el país y, tan pronto como los empresarios extranjeros escaparon en sus aviones particulares, los pobladores de las provincias más cercanas comenzaron a acercarse hasta la capital para participar de los festejos.

La ebriedad es más un estado de ánimo que una consecuencia fisiológica. Mayores niveles de ebriedad se consiguen, necesariamente, de manera colectiva y alegre. La borrachera es solitaria (acaso, compartida con algunos). La ebriedad es una situación de la totalidad: exige, además de alcoholes, un éxtasis de felicidad que no existe sino colectivamente. Cuando se llega a ese estado, la masa es caprichosa, sus exigencias son leyes divinas. Todo empieza con un murmullo, una idea risueña de un pequeño grupo que comienza a cantar, a aplaudir. El reclamo se expande como un virus: música. El pueblo quiere bailar. Exige también, el pueblo, la aparición de sus héroes revolucionarios, que ven interrumpidas sus disquisiciones políticas para recibir el abrazo fraterno. Owens accede, no sin cierta resignación, a presentarse en el cadalzo improvisado donde ahorcaron a Basilio Sánchez. El grito estremece al país entero. Quedará inmortalizado en un retrato que recorrerá el mundo, el momento en que Owens sube el último peldaño y sonríe (quizás, por última vez). La Mesa Revolucionaria comienza el operativo de musicalizar la jornada acorde al gusto popular: suenan las primeras notas, alegres, temerarias, esperanzadoras. La húmeda tierra centroamericana es, por primera vez, testigo de la apropiación del futuro.

La calle está inundada de alegrías compartidas, los sueños se traducen en lágrimas y Owens experimenta la transformación de su humanidad en bronce. Piensa en cuántos tienen ese privilegio, en cuántas existencias se vuelven tan necesarias para el curso de los acontecimientos y lo recorre una extraña sensación: la consciencia de su propia trascendencia, un sentimiento que no es sino el germen de la megalomanía. Tal vez es consciente de eso. Tal vez por eso levanta siempre la cabeza, fija la vista en un punto del horizonte todavía ocupado por más gentes que, vanamente, buscan llegar al palco, rozarle la mano, tocar el Olimpo de los héroes revolucionarios con la mano. Los primeros afortunados lo logran. Marissa, una mulata voluptuosa de la marginada provincia de Ciruelas, no pudo haber imaginado, jamás, el Error -el Error así con mayúsculas, ese error que es todos los errores -que estaba por cometer. No podrá la Historia contar, jamás, qué la llevó a buscarlo entre la breve multitud que comenzaba a ocupar el palco; qué fuerzas del Destino, ese sujeto estructural que juega con fichas individuales, hicieron que Marissa lo vea, abstraído, a Owens. Cómo se animó, ella, justo ella que creció agachando la cabeza ante sus patrones, los señores Reynolds que recién escapaban del país, a sacar a bailar a Owens. Cuántas veces repasaría, encerrada en su celda, ese momento que definió una vida y, quizás, la de todos.

Los testimonios fílmicos fueron destruidos posteriormente. La secuencia es el resultado de un cúmulo de relatos, de historias orales que ocultan y exageran según las intenciones. Marissa se acerca a Owens al compás de una canción que nadie se atreve a volver a nombrar, una canción que la Revolución se encargó de eliminar de las radios, y que los contrarrevolucionarios se obstinaron en convertir en bandera de resistencia. Le ofrece su mano y Owens, que supone con pericia funestos desenlaces, simula no verla. Pero Marissa insiste y dispone su humanidad frente al revolucionario. La secuencia, dicen, capta la atención de todo el palco que, cómplice, se sitúa en un semi-círculo, exponiendo a la potencial pareja de baile ante el pueblo todo. Owens ensaya una excusa que Marissa desoye. Los miembros de la Mesa Revolucionaria comienzan a entrecruzar miradas de preocupación. Conocen -la vida en la selva permite desnudar hasta la personalidad del más huraño - el carácter de Owens. Y por eso temen. El palco irradia, como reguero de pólvora, la preocupación de una muchedumbre expectante que hasta recién aplaudía y fomentaba el baile de Owens con Marissa, el baile que inmortalizaría un momento de conjunción, de abrazo entre el pueblo y su futuro liderazgo. Owens pasa del bronce a la desnudez. Es, allí, un niño temeroso amputado con timidez. Quita la mano del alcance de Marissa y ésta, ajena, continúa con la búsqueda. Lo sabemos, lo sufrimos en verdad, quienes no bailamos: no hay momento más tensionante que ese momento de negativa, ese instante en que uno es puras disculpas. Pero entonces todo se desborda. La mulata voluptuosa, aquella que con la cabeza gacha obedecía las órdenes de los señores Reynolds, lo toma por el cuello y lo obliga a pararse, y la expresión de Owens no volvería a cambiar jamás. Como una inyección permanente de fuego en los ojos, esa mirada no la olvidaría nadie que allí hubiese estado. Marissa la recordaría, encerrada, cada día hasta su muerte. El empujón, la debacle, algunos chiflidos. Marissa lagrimea e intenta unas disculpas, mientras vuelve a ubicar su mirada en el lugar donde los Reynolds la habían dejado: el suelo. Owens baja por los mismos peldaños que lo habían erigido en bronce y hace una seña para que los miembros de la Mesa Revolucionaria lo sigan. Éstos, alarmados, obedecen.

- Pero ¿en qué mierda estabas pensando?, lo acorrala uno de los comandantes de la Revolución.

- ¿A quién carajo se le ocurre? Un baile. Un baile el día que deberíamos decidir el curso de la Revolución – grita Owens, ignorando la interpelación de sus compañeros de armas.

- Pero, ¿acaso eres idiota? -insiste otro, con un tono tan caribeño - ¡un baile te han pedido, un mísero baile, que acompañemos sus alegrías te piden!, ¿acaso no estamos aquí por eso?

- ¿De qué carajos sirve esta Revolución, si no permitimos al pueblo bailar? -exclamó un tercero, que llegaba tarde mientras intentaba, sin éxito, reanudar los festejos.

- ¿O sea que tú dices que hemos hecho esto para bailar?, pues para bailar hubiésemos recibido el dinero de Sánchez, podríamos haber construido una discoteca y contratar prostitutas. Allí podría haber bailado el pueblo. ¿Para qué carajos sirve esta Revolución si no para bailar? Pues para quitar la cadena de la opresión extranjera, se me ocurre. Se me ocurren cientos de prioridades antes que bailar. ¿Qué problema hay, ahora, con no bailar? No bailo, no he bailado ahora y no bailaré nunca. No sé hacerlo y no me gusta, no sé cuál de las dos viene primero y no me interesa. Fue un error subir a ese palco, fue una desviación ir a buscar el reconocimiento, no hemos hecho esta Revolución para recibir honores. ¿Quieren bailar?, pues que bailen, que bailen y se embriaguen todos los días, pero hicimos esta Revolución para permitirnos elegir, y yo he elegido no ceder a mi principio de no bailar. Déjenme ser aburrido, dénme la libertad de compartir la alegría sentado en una silla. Yo no voy a bailar, no hice una Revolución para estar obligado a respetar una costumbre que me incomoda, que me exige una impostura, un comportamiento que no me nace. ¿Hicimos esta Revolución para seguir obedeciendo mandatos o para terminar con ellos? – se defendió Owens.

- Pues ve a explicarlo allí afuera. Ve a decirles tú que lo importante es haberse quitado el yugo extranjero. ¿Sabes qué te dirán? Que ellos lo saben y que quieren festejarlo así. Eres un vanguardista iluminado hijo de puta, pues ellos lo saben: pero no todos lo festejan como tú, diseñando los próximos fusilamientos.

- Yo no diseñé ningún fusilamiento -gritó Owens - fueron ellos, tus amigos alegres del pueblo bailantero los que fusilaron a Sánchez...

- Y no lo evitaste, al contrario, lo permitiste. Porque quieres regar de sangre este suelo, porque odias tanto a Sánchez como odias a la mulata que quiso bailar contigo.

- Pues bien, por fin vemos quiénes eran los agentes de Sánchez – ironizó Owens.

- ¡Los agentes de Sánchez tu puta hermana! - enfatizó el otro comandante y desenfundó su pistola.

- ¿Vas a matarme por un baile de mierda? - preguntó Owens mientras se acercaba al cañón de la pistola.

- No voy a matarte porque es lo que quieres desde el principio, ser un mártir. Quieres el bronce desde que fuiste a la selva. Pero en el fondo los odias. Los odias a ellos y a nosotros también – lo señaló mientras guardaba la pistola. Owens sacó la suya y lo ejecutó ante la atenta mirada de los demás miembros de la Mesa Revolucionaria que permanecieron inermes.

- ¿Hay algún otro agente de Sánchez?, ¡pues que lo diga ahora si tiene los cojones!

Mientras el pueblo se desconcentraba, aún confundido, Owens se proclamó presidente en funciones del país. Decretó el estado de sitio en la totalidad del territorio y prohibió los bailes en las calles. En las radios sólo se escucharon, durante semanas, proclamas del nuevo gobierno, música clásica y marchas militares. Marissa fue detenida por sus falsos vínculos con el escape de la familia Reynolds y estuvo incomunicada en su celda hasta morir, casualmente, un 1° de septiembre. El Día de la Revolución se comenzó a festejar el 2 de septiembre, para que la fecha no remita a recuerdos de ese día. Se dijo que el 1° de septiembre no fue el primer día revolucionario, sino el último día de la opresión, y que los festejos habían sido organizados por los agentes de Sánchez, para distraer al pueblo de la verdadera causa.

La Revolución había cambiado de manos.

* El teorema de Ziegler atraviesa todavía, valga la aritmética paradoja, los círculos académicos, entendido como aquella postura filosófica, en los bordes del empirismo inglés más berkeleiano que humiano, que aboga por la cientificidad de la correlación empírica en desmedro de su explicación teórico causal. En los años ´20, los seguidores más radicalizados de esta doctrina sostuvieron que la la explicación causal de los sucesos era un trabajo más literario que científico. Esta expansión hacia el mundo artístico de lo científico, arrojó trabajos tan bellos como inútiles. En Kansas, Estados Unidos, algunos científicos encontraron una correlación cercana al 0,92 (donde 0 es ninguna correlación y 1 es siempre correlativo) entre la presencia de ciudadanos con apellidos que comienzan con L y adhesión al protestantismo, cuya causalidad era explicada a través de un estudio, tan creativo como falso, sobre los orígenes de Cristo y las lenguas romances. Dicha doctrina fue prohibida meses después cuando los afamados estancieros Labonville, Legenfeld, Labiantha y Lauper fueron encontrados muertos. Todos ellos eran católicos.

30/5/10

El final

Cuento N° 20 de "El amor en tiempos del kirchnerismo". Para los losteanos (si todavía no viste el final de Lost, NO LO LEAS)...



El final

Y cuando abrió los ojos, se encontró en el Hotel Intercontinental, nuevamente, perdiendo las elecciones con un 30%. Como una especie de deja vú del 2009 que lo angustiaba, que le cerraba la garganta hasta casi dejarlo sin respirar.

Pero cuando realmente sintió que los ojos le estallaban en un mar de lágrimas, fue cuando vió a su padre entre la multitud que, desconcertada, deambulaba por el Intercontinental tratando de que alguna mesa retrasada del Conurbano les permitiera llegar al ballotage. El viejo Horacio parecía esconderse entre la muchedumbre, y la imagen emulaba alguna película barata de suspenso. El tipo esquivando la multitud y zamarreando sujetos que luego confirmaban no ser su padre. Y la figura de su padre que volvía a reaparecer en otra dirección. Había que ir con cuidado. El viejo había muerto hacía dos años, horas después de la derrota del 28 de junio de 2009, y algunos de ahí lo sabían. Si se había vuelto loco, lo importante era no parecerlo. Podría, luego, irse a la provincia a volverse loco en soledad: no hacía falta perder la dignidad públicamente. Sin embargo, seguía viéndolo.

Aunque sospechaba que no era casual, se tomó con calma el mensaje que lo invitaba al piso 6°, habitación 78, a ver los resultados por la tele con el Intendente de su distrito. Una secuencia de números que le había estado tan presente: 6,7,8. 678 había sido el número de la mesa que fiscalizó, y el número de votos por el que perdió la general en su escuela, y la patente del auto del fiscal del Pro que salió sonriente con una victoria, y el número de placa del poli que casi lo mete en cana por boxear al sonriente fiscal del PRO. Pensó que los números estaban malditos, y dejó de pensar cuando entró a la habitación de su Intendente y, en vez de verlo a él, encontró a su padre, de pie, sonriente, prolijamente perfumado. Horacio, quien había muerto hacía 2 años. Horas después de aquél 28 de junio.

- ¿Papá?

- Qué hacés, Marcelito...

- No, pará, no entiendo nada...¿estoy en pedo?, ¿vos no te habías muerto?

- Sí. Te dije que estaba fumando como un hijo de puta, ¿no? Reventé, Marcelito.

- Pará, ¿y qué carajo hacés acá?

- ¿Vos qué hacés acá?

- ¿Qué...?

- Te moriste vos también, Marcelito.

- No, pará, ¿qué decís?

- Que estás muerto. El 28 de junio de 2009 vos también te moriste, Marcelito. ¿Te acordás la puntadita en el corazón?

- Me acuerdo...y, ¿vos sos de verdad?

- Eso espero. Sí, soy real. Vos también sos real. Todo lo que pasó es real. Toda esta gente que está en este Hotel es real.

- ¿Están todos muertos?

- Todos mueren alguna vez. Algunos antes que vos, otros mucho después que vos. Pero todos murieron con la derrota del kirchnerismo: 30% de muertos, así, de una.

- ¿Y qué hacen todos acá ahora?

- Bueno, acá no hay un ahora.

- Pará, viejo. ¿Dónde estamos?, ¿quiere decir que todo esto que pasó fue mentira?, ¿la Ley de Medios?, ¿6,7,8, los blogs, Canal 7?, ¿Néstor en el Unasur?, ¿el fóbal para todos?, ¿la incipiente apertura política con otras fuerzas?, ¿la estatización de las AFJP pasó en serio?, ¡la asignación universal por hijo, viejo, decime que la sacamos de verdad! Los festejos del Bicentenario...claro, con razón salieron tan lindos...¿fueron de veras?, ¿los tipos de Fuerza Bruta eran angelitos al final?

- Todo lo que pasó fue de verdad. Este lugar, esta isla que armaron después del 28 de junio de 2009, la hicieron todos ustedes juntos para no morirse con el 30%. La parte más importante de tu gobierno fue la parte que pasaste haciendo estas cosas. Esto es por lo que todos ustedes están aquí. Nadie lo hace solo, Marcelito. Después del 28 de junio, necesitabas a todos, y ellos te necesitaban.

- ¿Para qué?

- Para recordar...pero también para dejarlo ir y avanzar.

- Carrió, Macri, el Grupo Clarín...ellos decían que nos estábamos yendo.

- No es irse. Es avanzar.

- ¿A dónde?

- Eso, Marcelito, es lo que vamos a averiguar.

19/5/10

Desafíos para el amor en el Bicentenario

Cuento número 19 de "El amor en tiempos del kirchnerismo".

(Click para agrandar)

La fidelidad como construcción.

Desgrabación de la ponencia del del Doctor Michelangello Pichetto, titulada "La fidelidad como construcción", en el marco de la Charla Debate "Desafíos para el amor en el Bicentenario", :

"Compañeros y compañeras:

(...) Vengo, quizás, a discutir la idea que han expuesto los expositores que me anteceden. Ellos han afirmado que la fidelidad es una idea anti-natural, y critican desde la izquierda esa limitación en el accionar amoroso: proponen cierta idea de liberalización de las costumbres sexuales y amorosas. No vengo a refutar esa idea de fidelidad como limitación, sino a reivindicarla como un valor positivo y necesario para la vida en sociedad.

Adhiero a la noción de que la fidelidad es, antes que nada, una construcción humana. Va de suyo que las personas nacen con una serie de impulsos naturales, y me reconozco en la línea evitista-freudiana: donde hay un impulso hay una necesidad de satisfacerlo. Decía que la construcción de la fidelidad en las parejas es una necesidad para la vida en sociedad. De ahí surge la posibilidad de un sistema ordenado de herencia de la propiedad y, nos guste más o menos, la propiedad privada es el fundamento de nuestra sociedad. Esto nos plantea el desafío de construir un orden que regule el acceso a esa propiedad. No quiero con esto quitar el encanto o el romanticismo de las discusiones que me precedieron, sino más bien poner el acento en la cuestión de cómo brindar el marco necesario para que ese romanticismo pueda ser llevado efectivamente a la práctica. Me gustan los poemas y las canciones, pero nuestra tarea como dirigentes es construir el amor realmente existente.

(...)

Y en esa línea sostengo que la fidelidad es un valor necesario para el cumplimiento de dichas expectativas. Es por ello, sin embargo, que debemos ser críticos del actual desarrollo de la implementación de la noción de fidelidad. No quiero moralizar el debate, pero también adhiero a la idea hobbesiana de que la naturaleza del hombre es mala. Es mala en el sentido de que no naturalmente cumple con las reglas establecidas en sociedad, y que individualmente tiende a corromper esos marcos que se da a sí mismo para el correcto desarrollo de la vida social.

Compartido el diagnóstico hobbesiano de que el hombre es un ser esencialmente corrupto, me permito disentir, en cambio, con el remedio. Ahí me vuelvo un gramsciano. Asegura Hobbes que la solución a dicha corrupción es la creación de un Leviathán, un monstruo psicópata que sea capaz de romperle el marote al primero que se haga el piola. Esta idea, compañeros y compañeras, no sólo es falsa sino que es ineficaz. La construcción de una verdadera hegemonía exige algo más que coerción: exige consenso, una palabrita que ha sido bastardeada pero que en su acepción gramsciana implica la construcción de una subjetividad en la sociedad civil por medios consensuales.

(...)

Permítanme el ejercicio teórico de tomar estos conceptos de la política para ser aplicados a las relaciones amorosas. Fracasará quien intente construir una pareja fiel en base a la coerción, como fracasa cualquier gobierno totalitario cuya única relación con la sociedad civil se establece por medios coactivos. La referencia para un ciudadano respecto de su Estado no puede ser, nunca, solamente la policía: necesita ver la escuela, el trabajador social, el partido, la cultura, los símbolos. De la misma manera, la continuidad de una pareja no puede estar dada exclusivamente por la coacción contra la infidelidad, puesto que es la cara menos amable del amor.

Y aquí vinculo las dos cosas que venía diciendo. La fidelidad es una limitación necesaria de la vida amorosa en sociedad, cuyo cumplimiento no ofrece ningún incentivo positivo por ser cumplido. El Estado, a cambio de no apoderarnos de la propiedad privada ajena, nos permite la libertad; pero, al mismo tiempo, nos permite disfrutar de la propiedad propia, valga la redundancia. Pero este concepto no es trasladable a las relaciones sentimentales: no hay incentivos positivos por cumplir el mandamiento de la fidelidad. No sólo que se exige un comportamiento anti-natural, que es necesario, sino que su cumplimiento no otorga beneficios. Cuando exigimos a cada uno de los ciudadanos que no asesine a quien lo fastidia, lo que hacemos es garantizar que el que se ve molestado por nuestra existencia no nos asesine al mismo tiempo. El desafío es construir el incentivo para el cumplimiento del valor de lo fidedigno. Porque es falso que el cumplimiento de la fidelidad propia garantiza automáticamente la fidelidad ajena.

(...)

Lo que aquí vengo a proponer, es un cambio en la concepción de la fidelidad. Martín Caparrós critica la idea de honestismo en política, por la cual un dirigente intenta capitalizar políticamente su base de honestidad. Y asevera que eso no es discutir políticamente: que la honestidad es el grado cero de la política. Yo estoy en algo de acuerdo con esa idea, pero en otra parte disiento. Si un valor no puede ser reivindicado por el sujeto portante, entonces no hay incentivos para comprometerse con ese valor. Si uno no puede recibir el mínimo beneficio de, al menos, jactarse ante su pareja del grado de compromiso que acepta al renunciar a desear y concretar acciones del tipo amoroso nada más y nada menos que con el resto de la población, entonces se exige de una naturaleza humana corrompida y diabólica, una actitud altruista que, compañeros y compañeras, es más anti-natural que la fidelidad misma. Me dirán que es una concepción muy liberal, muy rational-choice, de la naturaleza humana y yo les diré: sí. Y luego les agregaré que, a diferencia de los liberales, también supongo que el sujeto puede actuar por incentivos que no necesariamente tienen que ser materiales.

No quisiera politizar este debate, porque hemos venido a este Congreso a discutir el amor, pero no puedo dejar de expresar mi tesis principal que se vincula con mi experiencia en la vida política: la fidelidad, cual la disciplina partidaria en un recinto legislativo, se construye a base de reparto de incentivos. Exigirle a un legislador que vote contra sus propios intereses a cambio de ningún incentivo es igual de irracional que exigir que un valor como la fidelidad se fundamente de manera exclusiva en la bondad de los seres humanos. Decía que propongo empezar a cambiar, no el concepto en sí de la fidelidad, el cual es necesario y fundacional de la vida en sociedad, sino más bien su instrumentalización. Ser fiel debe tener una contrapartida, un incentivo positivo pero no necesariamente material, que lo vuelva compatible con la naturaleza corrompida de lo humano. La fidelidad debe volver a ser una jactancia, se debe construir en base a la posibilidad de ser reivindicada al interior de la pareja. Debe ser posible que hombres y mujeres, porque no se trata para nada de un argumento de género, lleguen al hogar y relaten con orgullo la cantidad de oportunidades amorosas externas que han rechazado, y dicha conducta deberá ser pasible de un resarcimiento de caracter sentimental: una comida, un beso, una caricia.

Compañeras y compañeros, este es el desafío que nos toca a cada uno como militantes de este espacio, para la construcción de un orden que va desde las leyes hasta la vida diaria de cada uno de nosotros. "Mi amor, no sabés con quién no estuve", deberá ser una frase que no desemboque en peleas y discusiones sino, por el contrario, en grandes demostraciones de afecto, que nos permitan amalgamar nuestro carácter corrompido con nuestra necesidad de cariño. Trabajemos de ahora en más para que reine en nuestro pueblo el amor y la fidelidad.

Muchas gracias, compañeros y compañeras".

27/4/10

John Colloway, el creador del kirchnerismo

Cuento número 18 de "El amor en tiempos del kirchnerismo".


John Colloway, el creador del kirchnerismo.

Homenaje por momentos cuasi textual, robo indigno
dicen algunos, del mejor cuento escrito por la Humanidad.



Valerosos y mundanos caballeros intentaron definir la obra del publicista norteamericano John F. Colloway como la construcción a través del plagio de un candidato presidencial. Insultan la buena memoria del publicista, quienes con ello acuerden. John F. Colloway no quería recrear otro kirchnerismo -lo cual es fácil- sino el kirchnerismo. No se dedicó a copiarlo. Su marketinera ambición era producir un fenómeno que coincidiera momento a momento con el proceso político iniciado en mayo del 2003.

El método inicial que imaginó era sencillo. Tomar un candidato nacido en Santa Cruz, hacerlo estudiar derecho en la Universidad de La Plata, convertirlo en intendente de Río Gallegos, gobernador de Santa Cruz, casarlo con Cristina Fernández, procrear un hijo varón y una hija mujer y ser, luego, presidente de la Nación. Ser Néstor Kirchner. John Colloway estudió ese procedimiento (incluso hizo mudar a un candidato, en quien personificaría a Néstor Kirchner, a Santa Cruz, y lo golpeó en repetidas ocasiones en la mandíbula hasta encontrar el mismo tono de seseo), y lo descartó por su simpleza. Convertir a su candidato en Néstor Kirchner, y de ahí replicar el kirchnerismo, le pareció menos arduo que mantener la identidad de su candidato y conseguir, de todas formas, el kirchnerismo.

¿Por qué el kirchnerismo?, se preguntará, impávido, algún lector. John Colloway responde: "el kirchnerismo me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo decirlo? inevitable. No puedo imaginar una Argentina sin Yrigoyen, sin Perón, sin Alfonsín o sin Menem, pero me sé capaz de imaginarlo sin el kirchnerismo. El kirchnerismo es un fenómeno contingente, Néstor Kirchner es innecesario. Puedo premeditarlo, puedo recrearlo, sin caer en una redundancia. Hay, por eso, quienes lo obvian, quienes lo vinculan a tradiciones pasadas con agregados propios (menemismo con, peronismo con, clase media con). Es indiscutible, entonces, que mi problema es harto más difícil que el de Néstor Kirchner. He contraído el vano deber de reconstruir literalmente un fenómeno espontáneo. Ese solitario desafío está gobernado por dos leyes poalres: la primera, me permite ensayar variantes de tipo formal, político o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al fenómeno original y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación. Componer el kirchnerismo después del 2001 era una empresa necesaria, acaso fatal; cincuenta años después, es casi imposible. No en vano han transcurridocincuenta años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el kirchnerismo."

A pesar de estos obstáculos, el incipiente intento de kirchnerismo de John Colloway es más sutil que el de Néstor Kirchner. Es sabido que el gobierno del candidato de John Colloway removió, por ejemplo, una Corte Suprema acusada de connivencia con el poder anterior. ¡Pero que el gobierno del títere de Colloway reincida en semejante actitud! Un sector psicologista de la academia ha visto en esa actitud de Colloway una admirable coherencia en la subordinación del creador a su creación; otros, escépticos ellos, una copia fiel y burda del kirchnerismo; una tercera interpretación habla de la influencia hegeliana. El kirchnerismo y el proceso liderado desde las sombras por Colloway son idénticos, aunque el segundo es infinitamente más rico.

Es revelador cotejar los discursos del del títere de Colloway con los de Néstor Kirchner. Éste último expresó, en su discurso de asunción:

"Debemos asegurar la existencia de un país normal, sin sobresaltos, con el sector público y el sector privado cada uno en sus respectivos roles. Hay que dotar a la República Argentina de buena administración, gobernabilidad, estabilidad con inclusión y progreso social, y competitividad."

Dicho en el 2003, pronunciada por el ingenio lego de Néstor Kirchner, esa enumeración es una mera declaración de ciertos principios. Colloway, en cambio, hace decir a su candidato:

"Debemos asegurar la existencia de un país normal, sin sobresaltos, con el sector público y el sector privado cada uno en sus respectivos roles. Hay que dotar a la República Argentina de buena administración, gobernabilidad, estabilidad con inclusión y progreso social, y competitividad."

La idea de un país normal, sin sobresaltos, con inclusión y progreso social, es asombrosa. Es sorprendente el contraste de estilos, el manejo anacrónico, por momentos artificial, de cierto idioma post-2001 que realiza Colloway. No así el de Néstor Kirchner, que maneja con desenfado el idioma corriente de su época.

En la literatura, dice Borges, la caducidad es notoria. El kirchnerismo, dice Colloway, fue ante todo un proceso agradable; ahora es ocasión de brindis peronista, de reivindicaciones generacionales, de repasos históricos. El juicio de la historia es, como la gloria borgeana, una incompresión y quizá la peor.

Supongo que es factible ver en el kirchnerismo una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros del candidato de John Colloway. Desgraciadamente, sólo un nuevo Colloway, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas. Colloway, acaso sin quererlo, ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte del análisis político: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica nos insta a recorrer el irigoyenismo como posterior al duhaldismo, al alfonsinismo como previo a la generación del ´80 y al menemismo, tal vez, como etapa superior del kirchnerismo. Esa técnica puebla de aventuras los procesos más calmosos. Atribuir a Perón la privatización de Entel, ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?

- Pero, te afanaste un cuento de Borges.

- ¿Sabés qué pasa, negro? Pensar, analizar, inventar no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Atesorar antiguos y ajenos pensamientos es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.

- ¿Eso...

- Sí, también es de Borges. Reescribir El Quijote después del Menard de Borges es casi necesario, fatal. Pero reescribir a Pierre Menard...he ahí la paradoja.