5/9/10

La Revolución no será festejada

Cuento N° 21 de El amor en tiempos del kirchnerismo. (No tiene mucho que ver con el kirchnerismo o con el amor, pero cuando pinta escribir un cuento lo ponemos en esta sección).



La Revolución no será festejada

Porque hay que ser bastante clarito. Cuando Owens entró victorioso a General Míndez, la capital del país, no hubo más que alegría entre la población. Los campesinos, casi el 70% de la población de esa colonia centroamericana, cuya economía depende aún hoy exclusivamente de la exportación de café, llegaron en enormes caravanas de camiones destartalados, bebiendo un menjunje tradicional de las zonas rurales. Era 1° de septiembre y comenzaba una ola de calor fulminante, que sólo templaba cuando gigantes chaparrones regaban el país casi por completo. La entrada de Owens a General Míndez sería registrada por fotógrafos free lance -expresión anacrónica para la época - que habían viajado a cubrir una más de las tantas revoluciones en el Tercer Mundo que comparten ciertas características: gobiernos títeres de potencias extranjeras, empresas trasnacionales dedicadas a la explotación de algún recurso natural y una población sumida en la miseria hija de ese esquema económico. La generación, entonces, de un proceso revolucionario que opta por la lucha armada, que cuenta con la colaboración del campesinado, que se apoya en la estructura de los partidos de izquierda urbana y que se convierte rápidamente en una piedra para el zapato del ejército nacional. Y la historia es más o menos conocida: la llegada de ayuda de la potencia extranjera, y las nuevas tácticas guerrileras, junto al conocimiento de los campesinos del territorio, que vuelven ineficaz a esa ayuda. Entonces la potencia extranjera comienza a retirar un poco su apoyo, intuye que es un mal negocio, y el gobierno títere enfrenta comienza a ser cuestionado. Y el resto sale solo. La guerrilla, dadas ciertas variables, triunfa (estar en los ´60 y en el Tercer Mundo optimiza las condiciones de posibilidad. El catedrático alemán exiliado en Cambridge, Cort Ziegler, sostuvo en una mesa que compartí con él que los guerrilleros, también, debían tener barba: el nexo causal nunca pudo ser demostrado por Ziegler; mas, estadísticamente, la correlación funciona*).

La entrada triunfal de Owens, el líder universitario de la guerrilla, provocó inmediatamente la caída del gobierno militar, y el ahorcamiento popular de su reciente ex-presidente, Barsilio Sánchez, en un cadalzo improvisado frente a la primera iglesia del país, que minutos después sería reducida a cenizas por otra arbitraria disposición popular. Cientos de pájaros que habían construido sus nidos en el campanario de aquél templo murieron carbonizados, y los habitantes más viejos del país aseguran que el sonido de aquella agonía avícola los sigue persiguiendo en sueños. La Revolución, incluso, debió prohibir la domesticación del loro, debido a la creencia popular de que aquellos parlanchines animales repetían, contrarrevolucionariamente, el nombre del dictador Barsilio Sánchez.

La instauración de una simbología mítica ocupó casi todo el día de la toma de la capital General Míndez (prócer latinoamericano que dio nombre a la capital luego de haber conquistado la independencia del país, convirtiendo a las tribus indígenas a una falsa religión que sería utilizada sólo para lograr que los pobladores autóctonos corriesen, con sendos paquetes de dinamita, contra los barcos que utilizaban los conquistadores para trasladar el café a Europa. El General Míndez convenció a los indígenas que la explosión era la forma que tenía Dios de llevarse sus cuerpos al Paraíso). Finalizado el posicionamiento político, la reciente Revolución decidió dar paso a los festejos populares en su sentido más lúdico. Alrededor de la medianoche, la Mesa Revolucionaria resolvió, en el Palacio de Gobierno, expropiar todos los comercios de General Míndez que expendían productos importados por empresas trasnacionales y repartir entre la población alimentos y bebidas para la fiesta popular. La noticia comenzó a recorrer el país y, tan pronto como los empresarios extranjeros escaparon en sus aviones particulares, los pobladores de las provincias más cercanas comenzaron a acercarse hasta la capital para participar de los festejos.

La ebriedad es más un estado de ánimo que una consecuencia fisiológica. Mayores niveles de ebriedad se consiguen, necesariamente, de manera colectiva y alegre. La borrachera es solitaria (acaso, compartida con algunos). La ebriedad es una situación de la totalidad: exige, además de alcoholes, un éxtasis de felicidad que no existe sino colectivamente. Cuando se llega a ese estado, la masa es caprichosa, sus exigencias son leyes divinas. Todo empieza con un murmullo, una idea risueña de un pequeño grupo que comienza a cantar, a aplaudir. El reclamo se expande como un virus: música. El pueblo quiere bailar. Exige también, el pueblo, la aparición de sus héroes revolucionarios, que ven interrumpidas sus disquisiciones políticas para recibir el abrazo fraterno. Owens accede, no sin cierta resignación, a presentarse en el cadalzo improvisado donde ahorcaron a Basilio Sánchez. El grito estremece al país entero. Quedará inmortalizado en un retrato que recorrerá el mundo, el momento en que Owens sube el último peldaño y sonríe (quizás, por última vez). La Mesa Revolucionaria comienza el operativo de musicalizar la jornada acorde al gusto popular: suenan las primeras notas, alegres, temerarias, esperanzadoras. La húmeda tierra centroamericana es, por primera vez, testigo de la apropiación del futuro.

La calle está inundada de alegrías compartidas, los sueños se traducen en lágrimas y Owens experimenta la transformación de su humanidad en bronce. Piensa en cuántos tienen ese privilegio, en cuántas existencias se vuelven tan necesarias para el curso de los acontecimientos y lo recorre una extraña sensación: la consciencia de su propia trascendencia, un sentimiento que no es sino el germen de la megalomanía. Tal vez es consciente de eso. Tal vez por eso levanta siempre la cabeza, fija la vista en un punto del horizonte todavía ocupado por más gentes que, vanamente, buscan llegar al palco, rozarle la mano, tocar el Olimpo de los héroes revolucionarios con la mano. Los primeros afortunados lo logran. Marissa, una mulata voluptuosa de la marginada provincia de Ciruelas, no pudo haber imaginado, jamás, el Error -el Error así con mayúsculas, ese error que es todos los errores -que estaba por cometer. No podrá la Historia contar, jamás, qué la llevó a buscarlo entre la breve multitud que comenzaba a ocupar el palco; qué fuerzas del Destino, ese sujeto estructural que juega con fichas individuales, hicieron que Marissa lo vea, abstraído, a Owens. Cómo se animó, ella, justo ella que creció agachando la cabeza ante sus patrones, los señores Reynolds que recién escapaban del país, a sacar a bailar a Owens. Cuántas veces repasaría, encerrada en su celda, ese momento que definió una vida y, quizás, la de todos.

Los testimonios fílmicos fueron destruidos posteriormente. La secuencia es el resultado de un cúmulo de relatos, de historias orales que ocultan y exageran según las intenciones. Marissa se acerca a Owens al compás de una canción que nadie se atreve a volver a nombrar, una canción que la Revolución se encargó de eliminar de las radios, y que los contrarrevolucionarios se obstinaron en convertir en bandera de resistencia. Le ofrece su mano y Owens, que supone con pericia funestos desenlaces, simula no verla. Pero Marissa insiste y dispone su humanidad frente al revolucionario. La secuencia, dicen, capta la atención de todo el palco que, cómplice, se sitúa en un semi-círculo, exponiendo a la potencial pareja de baile ante el pueblo todo. Owens ensaya una excusa que Marissa desoye. Los miembros de la Mesa Revolucionaria comienzan a entrecruzar miradas de preocupación. Conocen -la vida en la selva permite desnudar hasta la personalidad del más huraño - el carácter de Owens. Y por eso temen. El palco irradia, como reguero de pólvora, la preocupación de una muchedumbre expectante que hasta recién aplaudía y fomentaba el baile de Owens con Marissa, el baile que inmortalizaría un momento de conjunción, de abrazo entre el pueblo y su futuro liderazgo. Owens pasa del bronce a la desnudez. Es, allí, un niño temeroso amputado con timidez. Quita la mano del alcance de Marissa y ésta, ajena, continúa con la búsqueda. Lo sabemos, lo sufrimos en verdad, quienes no bailamos: no hay momento más tensionante que ese momento de negativa, ese instante en que uno es puras disculpas. Pero entonces todo se desborda. La mulata voluptuosa, aquella que con la cabeza gacha obedecía las órdenes de los señores Reynolds, lo toma por el cuello y lo obliga a pararse, y la expresión de Owens no volvería a cambiar jamás. Como una inyección permanente de fuego en los ojos, esa mirada no la olvidaría nadie que allí hubiese estado. Marissa la recordaría, encerrada, cada día hasta su muerte. El empujón, la debacle, algunos chiflidos. Marissa lagrimea e intenta unas disculpas, mientras vuelve a ubicar su mirada en el lugar donde los Reynolds la habían dejado: el suelo. Owens baja por los mismos peldaños que lo habían erigido en bronce y hace una seña para que los miembros de la Mesa Revolucionaria lo sigan. Éstos, alarmados, obedecen.

- Pero ¿en qué mierda estabas pensando?, lo acorrala uno de los comandantes de la Revolución.

- ¿A quién carajo se le ocurre? Un baile. Un baile el día que deberíamos decidir el curso de la Revolución – grita Owens, ignorando la interpelación de sus compañeros de armas.

- Pero, ¿acaso eres idiota? -insiste otro, con un tono tan caribeño - ¡un baile te han pedido, un mísero baile, que acompañemos sus alegrías te piden!, ¿acaso no estamos aquí por eso?

- ¿De qué carajos sirve esta Revolución, si no permitimos al pueblo bailar? -exclamó un tercero, que llegaba tarde mientras intentaba, sin éxito, reanudar los festejos.

- ¿O sea que tú dices que hemos hecho esto para bailar?, pues para bailar hubiésemos recibido el dinero de Sánchez, podríamos haber construido una discoteca y contratar prostitutas. Allí podría haber bailado el pueblo. ¿Para qué carajos sirve esta Revolución si no para bailar? Pues para quitar la cadena de la opresión extranjera, se me ocurre. Se me ocurren cientos de prioridades antes que bailar. ¿Qué problema hay, ahora, con no bailar? No bailo, no he bailado ahora y no bailaré nunca. No sé hacerlo y no me gusta, no sé cuál de las dos viene primero y no me interesa. Fue un error subir a ese palco, fue una desviación ir a buscar el reconocimiento, no hemos hecho esta Revolución para recibir honores. ¿Quieren bailar?, pues que bailen, que bailen y se embriaguen todos los días, pero hicimos esta Revolución para permitirnos elegir, y yo he elegido no ceder a mi principio de no bailar. Déjenme ser aburrido, dénme la libertad de compartir la alegría sentado en una silla. Yo no voy a bailar, no hice una Revolución para estar obligado a respetar una costumbre que me incomoda, que me exige una impostura, un comportamiento que no me nace. ¿Hicimos esta Revolución para seguir obedeciendo mandatos o para terminar con ellos? – se defendió Owens.

- Pues ve a explicarlo allí afuera. Ve a decirles tú que lo importante es haberse quitado el yugo extranjero. ¿Sabes qué te dirán? Que ellos lo saben y que quieren festejarlo así. Eres un vanguardista iluminado hijo de puta, pues ellos lo saben: pero no todos lo festejan como tú, diseñando los próximos fusilamientos.

- Yo no diseñé ningún fusilamiento -gritó Owens - fueron ellos, tus amigos alegres del pueblo bailantero los que fusilaron a Sánchez...

- Y no lo evitaste, al contrario, lo permitiste. Porque quieres regar de sangre este suelo, porque odias tanto a Sánchez como odias a la mulata que quiso bailar contigo.

- Pues bien, por fin vemos quiénes eran los agentes de Sánchez – ironizó Owens.

- ¡Los agentes de Sánchez tu puta hermana! - enfatizó el otro comandante y desenfundó su pistola.

- ¿Vas a matarme por un baile de mierda? - preguntó Owens mientras se acercaba al cañón de la pistola.

- No voy a matarte porque es lo que quieres desde el principio, ser un mártir. Quieres el bronce desde que fuiste a la selva. Pero en el fondo los odias. Los odias a ellos y a nosotros también – lo señaló mientras guardaba la pistola. Owens sacó la suya y lo ejecutó ante la atenta mirada de los demás miembros de la Mesa Revolucionaria que permanecieron inermes.

- ¿Hay algún otro agente de Sánchez?, ¡pues que lo diga ahora si tiene los cojones!

Mientras el pueblo se desconcentraba, aún confundido, Owens se proclamó presidente en funciones del país. Decretó el estado de sitio en la totalidad del territorio y prohibió los bailes en las calles. En las radios sólo se escucharon, durante semanas, proclamas del nuevo gobierno, música clásica y marchas militares. Marissa fue detenida por sus falsos vínculos con el escape de la familia Reynolds y estuvo incomunicada en su celda hasta morir, casualmente, un 1° de septiembre. El Día de la Revolución se comenzó a festejar el 2 de septiembre, para que la fecha no remita a recuerdos de ese día. Se dijo que el 1° de septiembre no fue el primer día revolucionario, sino el último día de la opresión, y que los festejos habían sido organizados por los agentes de Sánchez, para distraer al pueblo de la verdadera causa.

La Revolución había cambiado de manos.

* El teorema de Ziegler atraviesa todavía, valga la aritmética paradoja, los círculos académicos, entendido como aquella postura filosófica, en los bordes del empirismo inglés más berkeleiano que humiano, que aboga por la cientificidad de la correlación empírica en desmedro de su explicación teórico causal. En los años ´20, los seguidores más radicalizados de esta doctrina sostuvieron que la la explicación causal de los sucesos era un trabajo más literario que científico. Esta expansión hacia el mundo artístico de lo científico, arrojó trabajos tan bellos como inútiles. En Kansas, Estados Unidos, algunos científicos encontraron una correlación cercana al 0,92 (donde 0 es ninguna correlación y 1 es siempre correlativo) entre la presencia de ciudadanos con apellidos que comienzan con L y adhesión al protestantismo, cuya causalidad era explicada a través de un estudio, tan creativo como falso, sobre los orígenes de Cristo y las lenguas romances. Dicha doctrina fue prohibida meses después cuando los afamados estancieros Labonville, Legenfeld, Labiantha y Lauper fueron encontrados muertos. Todos ellos eran católicos.

1 comentario:

Mariano dijo...

Mientras están todos bailando el bombón asesino, vos te ponés a pensar en estas cosas. Amargo.

Gran discriminación se sufre por no bailar. Habría que pensar en considerarlo un derecho humano de ¿cuarta generación? Por cuál carajo de generación vamos ya?

Está muy bueno el cuento.
Abrazo