29/1/08
Limadura onírico-persecutoria
- Debe ser que a mí me afloran los sentimientos patrios, será el amor a mi tierra por mis raíces campesinas -decía el militar que era uno, pero cuyo rostro iba cambiando a lo largo del sueño.
- Bueno, lo felicito, pero a mí no me interesa ir.
- Pero usted debería ir, sabe, se lo estoy pidiendo bien -insistía el militar, que ahora ya me tomaba del brazo. Caminábamos por una especie de parque, donde cada tanto me preguntaba por alguno de mis conocidos.
- Y aquél, ¿a qué se dedica?
Parecía como que debía esforzarme por no decir nada concreto sobre nadie. Cada diez pasos cruzábamos un patrullero, las sirenas casi no dejaban escuchar las acotaciones nacionalistas del militar, y me daban tiempo a pensar.
- Estudia, trabaja, está haciendo deportes, ¿no lo ve que hace deportes? -le aportaba, mientras el militar anotaba casi todo.
- Ese tipo de personas nos hace quedar mal -agregaba, vaya a saber con qué fundamentos, vaya a saber ante quién nos hacía quedar mal.
- Esas personas nos hacen quedar mucho mejor de lo que nos hacen quedar ustedes -le grité, cuando un grupo de gente empezó a acercarse. El militar intentaba calmarme, de una forma no demasiado ortodoxa, amenazándome con la cara.
- Baje el tono que hay demasiada gente -decía, mientras con la mirada llamaba a otros dos.
- Se están cagando en todas las libertades, loco, empecemos a darnos cuenta -continué gritando, mientras más gente, ahora conocidos, se iban acercando-.
- Por favor, este jóven está desvariando -afirmó el militar, esgrimiendo una sonrisa afable-. Solamente se le pidió que se acercara hacia donde están todos, al pueblo.
- No quiero, no pueden obligarme a ir al Corso, no me interesa su Corso*, estoy harto del Corso.
- Es cierto, a mí ayer me pidieron documentos solamente porque no quise ir al Corso -agregó alguien que parecía estar de mi lado, y ahora la muchedumbre entendía nuestras razones.
El militar comenzaba una retirada antes de ver llegar a los otros dos que él mismo había llamado. Eran viejos, demasiado viejos para ser soldados, y sin embargo llevaban la ropa de combate.
- Se están cagando en la libertad, se están cagando en nosotros, pero se les va a terminar...-se estaba diciendo en esta reunión improvisada, cuando advertimos la presencia de los dos, y como un acuerdo tácito decidimos callarnos. Ambos se acercaron a hablar con el militar que estaba de civil, al tiempo que la gente se impacientaba.
- No se puede opinar, nadie puede hablar libremente en esta ciudad. El chico no quería ir al Corso, nada más -decía una señora con voz angustiosa que se perdía mientras se alejaba por temor.
- Yo no digo que no exista el Corso, pero que además haya otras cosas, que no sea lo único, que no nos obliguen a verlos pasearse, autofestejarse -enfatizaba uno que estaba al lado mío (el que hacía rato estaba haciendo deportes, el que para el militar nos hacía quedar mal).
Mientras tanto, el militar nos señalaba con los ojos, y los dos soldados viejos se acercaban. Con el dedo índice casi sobre mi pecho, el militar más viejo dijo mi nombre en voz alta como forma de pregunta, y me estremecí de pies a cabeza. A mi lado, mi compañero sufría lo mismo.
- Nos matan, boludo, nos matan.
- No, estos hijos de puta nos van a torturar.
- Matame -me pidió mi compañero.
*En mi Ciudad se está realizando el Corso en estos momentos, y puede ocurrir que eso haya influído en mi salud mental y psíquica.
28/1/08
Apuntes sobre el liberalismo
Nos aguantamos toda la basura del liberalismo, nosotros los cobardes, porque a cambio nos da un par de libertades individuales con las que fuimos criados y a las que no podríamos nunca renunciar. Podemos quejarnos de que hay otros que no comen, y hasta ahí nomás: tu derecho, dice el liberalismo, termina donde empieza el del otro. Y con esa frase, tan poética, se justifica que alguien acumule hasta el hartazgo mientras el otro se muere por esa acumulación.
¿Panfleto revolucionario? No. El viernes la Policía me realizó el afamado control de alcoholemia. Uno de los principios básicos del derecho burgués es el principio de inocencia. Seguramente un abogado me contestaría que es simplemente un control, o que los principios también son reglamentados por leyes y códigos, pero a mí me parece que hacerme un control sin haber cometido un delito previamente es violar el principio de inocencia. Yo no digo que esté bien o mal: solamente que los principios que nos rigen son así. Muchísimos de ellos son una mierda, y ojalá alguna vez tengamos los huevos para cambiarlos, pero mientras tanto nos rigen. A veces da la sensación de que el liberalismo contiene en su interior tantas contradicciones que va a caerse por sí solo, pero últimamente me parece que mientras más contradictoria es una cosa, más posibilidades de sobrevivir tiene -pregúntenle al peronismo, sino.
Nos aguantamos esas reglas sanguinarias que generan desigualdad, porque a cambio el sistema nos permite a los cobardes tener dos o tres libertades. Habrá que esperar a que el modelo no soporte esas dos o tres libertades para verlo en su verdadera expresión: como un sistema de explotación que se sostiene sobre la mediocridad del individualismo más aterrador.
11/1/08
Homenaje a vos, Boludo
Esto es un homenaje a vos, Boludo. A un boludo que pasó de la simple idiotez, y se ganó las mayúsculas en su adjetivación. Este homenaje recuerda una fecha en especial: esto ocurrió en el 2003, acá en mi ciudad, Olavarría. Vos eras uno más entre nosotros: un boludo con minúscula. Llevabas una vida dedicada a la boludez, pero no sobresalías. Eras un dios más en un Olimpo plagado de boludos. Pero ese día, ¡ea, ese día transformaste los cánones de la boludez! Ahora, después de vos, no cualquiera puede jactarse de ser un boludo con todas las letras. Humillaste a quienes se proclamaban verdaderos imbéciles, y vos, en ese día fundacional, quisiste soldar una bala de cañón a una reja. La bala todavía tenía pólvora, explotó y vos falleciste, al tiempo que heriste a otro boludo que había venido a ayudarte.
Este homenaje es para vos, mártir de la boludez. A cinco años de aquello que algunos tildaron de “trágico accidente”, pero que para mí no lo fue: creo que has entregado tu vida para darle al mundo un mensaje. Te has inmolado para sembrar entre nosotros la semilla de la boludez; el mensaje de que todavía la Humanidad no se ha completado; la enseñanza de que el límite de la boludez es dinámico y no estático, que cada día que pasa es una oportunidad nueva para hacer una pelotudez tan pero tan grande que nos deje en la memoria colectiva como un Boludo Con Mayúscula. Este es mi homenaje para vos, Boludo.
3/1/08
Un manifiesto filosófico llamado Tiburón
El fútbol y los tiburones son las dos cosas estúpidas que me interesaban de chico y, ya de grande, todavía les presto atención. En el camino quedaron cosas como ser astronauta, el diez de la selección, campeón olímpico de algo o estrella reventada de rock. Por alguna razón, me parecía que yo quería ser alguien que supiera de tiburones. Creo que a las personas no nos interesa el conocimiento por el conocimiento mismo: nos interesa la impostura, la idea de ser el tipo que sabe acerca de algo. Yo, cuando niño, quería ser el tipo que sabía algo acerca de los tiburones.
Con el tiempo fui dejando de lado mis ganas de ser tiburonólogo. Varias cosas conspiraron: mi cobardía, el hecho de vivir rodeado de aguas más bien frías y, sobre todo, alejado del mar. Pero todavía tengo cierta admiración y respeto por el tiburón, y cada vez que pasan la película de Spielberg, ahí me encuentro, firme, observando esos muñecos de goma espuma que tan bien los representan (y ni hablar del tiburón de Los Bañeros Más Locos del Mundo).
La película Tiburón es, si uno rebusca la metáfora, la idea de que todo, en definitiva, es una cuestión de perspectiva. La verdad, la idea de que existe algo llamado verdad, está refutada en una escena que me parece filosóficamente impresionante. Un crucero se acerca hacia la isla donde el tiburón atormenta a los turistas. El crucero viene repleto de clase media baja norteamericana, y ya en esa descripción comienzo a ver que todo es relativo. Lo que para mí son doscientos gringos sin saber que hacer, para el comisario Brody son posibles víctimas de un tiburón que solamente él ha visto y de cuya existencia no puede convencer a los demás. Para el alcalde, descreído de la idea de un tiburón, todos esos turistas son una fuente irremplazable de ingresos. Y, en definitiva, para el tiburón ese crucero no es sino una parrillada gigante que está pronta a ser puesta en su mesa. La verdad, repito, es una cuestión de perspectivas. Tiburón, tal vez arriesgue demasiado, es una película nietzscheana: una afirmación de que la verdad es una construcción tan irreal como cualquier otro concepto.
A veces, también creo que Tiburón es una forma subliminal de decirle a los jóvenes que deben hacer caso en todo a sus progenitores. En Tiburón II, el Jefe Brody, que ya había matado un tiburón gigante en la I, le dice a su hijo que no salga a andar en bote, que tiene un mal presentimiento. (Digresión: me gusta como todo se traslada a sus circunstancias. Digo esto: en una ciudad normal, el robo de auto de un hijo sobre un padre termina, inevitablemente, en un choque. Pero, quizás, uno puede manejar la situación: pagar el arreglo, esconder bien las abolladuras. En cambio, en una isla, robarle el bote a tu viejo y que se lo coma un tiburón es una situación insalvable). Minutos más tarde, la posible novia de Mike Brody (que en Tiburón III ya es re grosso y desayuna zucaritas con los tiburones al lado) le dice que si no van a dar una vuelta en bote. Mike dice que su padre no lo deja, y la chica le pregunta que si siempre le hace caso a los padres. Ese momento me encanta: el joven observa la situación. Por un lado, tiene dieciséis años, y sabe que la pérdida de la virginidad es una tarea de difícil resolución. Por el otro, los consejos de su padre y, aún peor, un tiburón de siete metros y medio con ganas de comer adolescentes incautos en busca de aventuras marítimo-sexuales. Visto así, a la distancia, cualquiera resolvería quedarse en tierra: algunos prefieren mantener la virginidad si eso les permite conservar las piernas. Pero otros, como Mike Brody, saben que hay riesgos en la vida que hay que correr. Usted me dirá que el saldo costo-beneficio es negativo. Que, a veces, es preferible decirle no a una mujer si eso conlleva no enfrentarnos a un tiburón gigante, que encima es el hijo del tiburón que tu viejo mató con una garrafa en la película anterior. Pero no todos son tan racionales. Mike le dice que no, que no siempre le hace caso a su padre. Y las consecuencias son inevitables. Entonces el mensaje es este: hazle caso a tu progenitor o un tiburón gigante te comerá a ti y a tu noviecita. Pero, ¿qué hubiese pasado si Mike le hubiese hecho caso a su padre? Probablemente, la mina se hubiera ido con otro a reírse de cómo Mike era un nene de papá. Sus amigos lo habrían repudiado por acobardarse frente a una señorita, y en la isla empezaría a correr el rumor de la homosexualidad del joven. Eran fines de los setenta, y la gente no era tan liberal en EEUU. Su padre habría perdido el trabajo, y su madre se volvería alcohólica pensando en qué hizo o dejó de hacer para que su hijo fuese como era. Su hermanito menor hubiera muerto en una pelea en un bar, defendiendo el buen nombre y honor de su hermano y de su familia. Entre esa desgracia, y luchar contra un tiburón blanco, pensó Mike Brody, me quedo con el tiburón. Y hasta en una de esas la pongo, habrá pensado después.
19/12/07
Cuentos de Navidad
Hace 2007 -¿2006?- años el hijo de un zapatero y un ama de casa muy pero muy religiosa tenían un hijo. Le pusieron Jesús porque su madre tenía problema psiquiátricos y veía cosas: entre ellas, un ángel, de esos ángeles que, más que ángeles, parecen tías (por la insistencia de poner un nombre y no otro).
Ese hijo de un zapatero se volvió hippie y fundó la secta palestina que más adictos -en todos los sentidos- tendría en el mundo: se llamaría cristianismo por aquél niño que se suponía a sí mismo el Mismísimo Hijo de Dios, a pesar de los reclamos vanos del zapatero. Nadie cuenta la historia de José: pelear la paternidad de un niño nada más y nada menos que con Dios, esa sí es una batalla.
Los 24 de diciembre, hijo, el mundo occidental (¿lo ves?, de esta rayita para este lado) festeja el nacimiento de aquél niño, concebido por un espíritu -santo él- y un ama de casa que, al revés de lo que te han enseñado en Educación Sexual, jamás de los jamaces ha fornicado, a pesar de la evidencia concreta de un crío. ¿Por qué nos hacemos regalos, hijo? Pues no sabría decirte, si aquél hippie vestía harapos, cuentan, y se despegaba de lo material. Lo que ocurre, tal vez, es que en nombre de aquél palestino muchos han hablado, y cuando él habló no fue para nada concreto (que es la mejor forma de no decir casi nada). ¿Que por qué ese gordo vestido de rojo baja por nuestra ventana, abrigado hasta el cuello en pleno verano? Pues ese gordo era parte de una festividad finlandesa, y luego la empresa Coca Cola lo volvió comercial, le cambió los boquenses azul y amarillo por el rojo y blanco, y lo instaló como un producto (que es lo que suele hacer casi todas las empresas, hijo).
Una gran cantidad de gente no cree en nada de eso: ni en la estrella fugaz, ni en la virginidad de la susodicha, ni en los tres musulmanes reyes magos, pero la mayoría de la gente, sobre todo, no cree que ese palestino de clase baja que nació en un rancho haya sido el enviado de dios. Y millones han muerto en esa disputa: entre los que dicen que sí, y los que dicen que no. Parece absurdo, hijo, pero es bastante así.
Un pino cubierto de nieve, un gordo abrigado hasta los tuétanos: la Navidad es patrimonio del hemisferio norte, y nosotros no podemos sino aprehenderla y adornarla con detalles nuestros: tíos borrachos, comida fría, cerveza helada desde las siete de la tarde, boludos autóctonos que se sacan un ojo con un corcho. Aquél palestino hijo de un zapatero (¡como Stalin!) causó mucho daño: no se si fue su intención, si ocurrió sin querer queriendo, si los que hablaron en nombre de él no supieron -tal vez no quisieron- comprender. Festejamos la Navidad como excusa, hijo, pero ni se te ocurra derramar una lágrima delante del pesebre. Mejor llora por todos los que murieron discutiendo -discutiendo con el filo de la espada- la imbecilidad de su origen divino.
13/12/07
Gambeteando molinos
(Digo, para aclarar: no vale tomar este argumento, llevarlo al extremo y acusarme de macrista. Considero que la política debe estar fundada en la discusión, pero de otra clase. Aquí hablo de otro tipo de debate, menos importante pero más constante y cotidiano, un debate menos profesional pero más agotador e infecundo).
La última discusión en la que sentí placer versaba sobre la posibilidad, las causas y las consecuencias de llenar una pileta con gelatina. ¿Acaso moriría un sujeto arrojado allí dentro?, ¿cuántas cajas del producto en cuestión serían necesarias?, y la pregunta, fascinante, que provocó sobre mi espíritu indiferente una sensación de fascinación: ¿cuánta gelatina habrá, hoy, en el mundo?
El Quijote me parece una obra maestra. Y el personaje me encanta. Un señor que se llamaba Ricoeur, y al que nunca entendí demasiado, hablaba sobre la importancia de la lectura de novelas en términos de juzgar nuestros propios valores en referencia a los personajes (o algo así). A mí la lucha del Quijote contra los molinos de viento siempre me había resultado una metáfora fascinante de lo que yo quería ser: el valor, positivo en aquella época en que leía El Quijote, de la testarudez. Chocar cincuenta veces contra una pared me parecía un gran mérito, si la pared debía ser tirada. Hoy, tal vez, encuentre la virtud en aquellos que gambetean el molino y siguen su camino con la cabeza sin abolladuras, mirando el molino que dejaron como una enseñanza, como un símbolo de las discusiones que sí valen la pena enfrentar. Muchas de las cosas que estoy dejando pasar, molinos inquebrantables que no pretenden ser derribados, están enseñándome a discriminar las discusiones y no caer en la tentación sofista de la discusión por la discusión misma.
4/12/07
Tomar La Bastilla
La cárcel va a ser eso de lo que dentro de cien o doscientos años, las futuras generaciones se nos van a cagar de risa. Así como a nosotros nos parece una imbecilidad que hace dos o tres siglos la gente pensara que dios investía a un tipo con la categoría de rey, y ese tipo era su enviado personal en la Tierra, dentro de cien años los habitantes del futuro se morirán de la risa.
- Alumno Gómez, ¿qué hacían en el siglo XX y XXI con quienes violaban la ley?
- Los metían en un edificio en mal estado, los encerraban en unas jaulas de hierro, los alimentaban mal, dejaban que se contagien enfermedades de la época –como el SIDA –los humillaban...
- Bien, Gómez, ¿y quiénes iban presos?
- Iban presos los pobres, señorita, los metían presos por una figura legal que se llamaba “prisión preventiva” y que servía para encarcelar los pobres que sobraban del proceso de producción. Los ricos, en cambio, podían dar parte de su fortuna al Estado, o simplemente demostrar buena predisposición frente a la justicia, consiguiendo la amistad de un juez, y así nunca iban presos.
- Vaya, Gómez, tiene un ocho.
Alejando más la lupa: un sujeto nace. Se le imponen –vía aparato ideológico llamado escuela, familia, sociedad –una serie de reglas. Que la propiedad privada debe ser respetada a toda costa, que la nación y la patria significan alguna cosa, que él es parte de esa cosa, y que esas reglas no pueden ser, nunca, cuestionadas. Que, incluso, a distintas condiciones materiales de vida, las reglas deben ser respetadas por igual. Me pregunto, les preguntaría el sujeto: ¿acaso no deberían esas reglas asegurar la supervivencia de la persona? Digo, les diría el sujeto, que si la aceptación de las reglas supone poner en riesgo la supervivencia, entonces las reglas carecen de sentido, son un fin en sí mismas. La propiedad valorada por encima de la vida: una regla esencial del sistema. Entonces el sujeto decide que es mejor robar que morirse, y termina preso. O simplemente termina preso por vivir en un lugar y no en otro, por robar de una manera y no de otra, por no robar pero aparentar que roba, por usar unas prendas de vestir que la policía, tan lombrosiana, asocia directamente con la delincuencia (por otra arbitrariedad, supongamos).
Las reglas no son bien impuestas, alguien las incumple y termina castigado: preso, en condiciones infrahumanas. Las falencias de una sociedad que no es capaz de explicar su sentido de ser: la paradoja de valorar sus reglas por encima de la vida la vuelve incoherente, y así, necesita unos barrotes de fierro para explicarse. Al tiempo un supuesto motín, a veces una venganza de los guardiacárcel, una pelea entre ellos mismos, termina con la vida de algunos. Y los medios, siempre, titulan que quienes murieron fueron presos y no gente. Y no hay marchas con velas blancas en las manos. Y no hay llantos de familiares de las víctimas. Y la indignación no es tanta como la de Cromagnon, la de la Amia, la de los muertos por secuestros. Y debería, pienso, ser la muerte que más nos debería conmover y enfurecer: digo, porque son los primeros sujetos a cargo del Estado. Es el Estado el que decide encerrarlos, mantenerlos bajo su tutela, y los mata. Todas las otras muertes ocurren bajo su jurisdicción: pero las muertes en la cárcel son su responsabilidad directa, él es quien decide la ubicación de un montón de tipos en ese lugar y momento.
No debe haber sido casualidad que la Revolución Francesa haya empezado con la toma de La Bastilla, una cárcel. Las victorias sobre los símbolos son, en la revolución, más importantes que las victorias militares. Nunca la arbitrariedad estuvo mejor representada que en una cárcel de un gobierno monárquico y absolutista. La secularización, la legitimidad democrática, no tardó en suplantar un tipo de cárcel por otra, similar y diferente: más burocrática pero menos apelable, igual de arbitraria pero más abstracta y racional. No, las casualidades de la Revolución no existen, y destruir caprichos es una de sus tareas: quizás es hora de volver a tomar La Bastilla.
28/11/07
12/11/07
Un caballo en el placard
Lo que ocurre es que la memoria es selectiva. Y entonces he escondido este recuerdo en lo más hondo de mí: la represión de los miedos freudiana, el terror escondido en el fondo de un placard oscuro (y la metáfora nunca fue tan pertinente).
Mi familia, cuando yo era apenas un niño, tenía un departamento en Mar del Plata, que ya no tiene más. Por suerte. Todo era jolgorio en aquellas felices vacaciones: días de playa, tardecitas de peatonal, y noches de comer afuera. Hasta ahí la felicidad, recuerdos que marcan una niñez alegre. Pero luego de comer, luego del pre-sueño en la mesa del restaurant, luego de la siesta en el auto y la llegada al departamento, llegaba el tormento, el suplicio, un silicio incrustado en lo más profundo de la psiquis infantil.
El mundo, vayamos aprendiendo, está diseñado especialmente para que cuando todo es felicidad, un equilibrio inherente a él nos haga recordar que también hay que sufrir. El mundo es un desorden armónico, podríamos decir, una habitación que tiende a enquilombarse, aún cuando esos generadores de orden llamados humanos intenten poner la ropa en estantes, los libros en bibliotecas, los discos en cajitas. Un cuarto de adolescente rebelde: eso, después de todo, es el Universo. En una de esas, quién sabe, dios no es sino un pendejo de quince años que esconde marihuana en un cajón del mundo llamado Jamaica.
El desorden del mundo es inviolable. El desorden, parece raro, equilibra. La entropía permite que nunca te vaya bien en todo: que por cada cosa buena que te pasa, al mismo tiempo, otro pedazo de tu vida se desacomode. Que el éxito laboral sea síntoma de que en otro orden de la vida esté todo mal: eso es la entropía -metafóricamente- funcionando.
Porque si todo el día en Mar del Plata era felicidad, la llegada de la noche era una tortura, un sufrimiento a punto de ocurrir. Después de la playa, después de los fichines en Sacoa, había que irse a dormir. Y dormir es probablemente uno de los cuatro actos más placenteros del ser humano. Pero dormir con el caballo Mateo esperando adentro del placard para atormentarme en los sueños no era para nada placentero.
Digo que la memoria es selectiva, porque no puedo recordar si el caballo Mateo era un póster, o un muñeco de un caballo, o simplemente un producto de mi imaginación. Pero sí recuerdo a la perfección que, por alguna razón, se llamaba Mateo (y me asusta pensar que mi vida está marcada por nombres de apóstoles). Lo terrible de Mateo era que aparecía sólo en los sueños que tenía en Mar del Plata: y aparecía siempre, indefectiblemente, todos los veranos de mi niñez, en todos los sueños. Los otros monstruos con los que soñaba se alternaban, sin importarle la ciudad: la Llorona me podía aparecer en mi casa una siesta cualquiera; el perro que me corría cuando sacaba la basura podía caer un domingo a la noche durmiendo en lo de un amigo. Pero el caballo Mateo aparecía en Mar del Plata, todos los veranos. Y, además, no le importaba que estuviese durmiendo en la misma habitación con mis hermanos. El caballo Mateo desaparecía, al otro día a la mañana, cuando en un ataque de valentía hipócrita, con plena luz solar, abría el placard desafiándolo. Mateo sabía que ese era un juego que no debía jugar. Que, como en cualquier película de terror, la cosa era entre él y yo, que Mateo no se le aparecería a mi viejo a las nueve de la mañana. Su objetivo era que yo, además de sufrir con sus apariciones, aparezca como un demente a los ojos de mi familia. Para que, cuando él me atacara, yo me encontrara solo: que mi reclamo de ayuda verdadera, se confudiera con todos los precedentes falsos que él había conseguido, escondiéndose cobardemente a los ojos de los adultos.
Cuando la gente se vuelve grande no pierde el miedo. Lo cambia por otros. La capacidad de abstracción de los adultos vuelve los miedos mucho más aburridos, muy poco tangibles. El miedo de la niñez es mucho más concreto: es un caballo rompiéndote la cabeza a patadas. A la vez, es un miedo más fantasioso y creativo: es un caballo saliendo de un placard. La racionalidad de la adultez no me permite ni siquiera pensarlo: me hace preguntarme cómo habría llegado ese caballo al ropero, de qué viviría allí, por qué los demás no lo escuchan. Los adultos tienen miedo de cosas que no patean ni te comen, ni arrastran cadenas por techos de chapa. La gente adulta sueña temerosa con el futuro, mientras los niños sueñan con monstruos espantosos que se los devoran. Los que están en el medio, en cambio, sueñan con nostalgia aquellos momentos en los que podían soñar con caballos en el placard, y tienen pesadillas, todos los días, soñando con un monstruo que los empieza a perseguir y amenaza con comerse a aquél niño: el monstruo se llama Madurez y es un mutante horrendo.
3/11/07
Casi musulmán
Hace más o menos un año, empecé a estudiar árabe (el idioma, no es que me hice odalisco). Nunca pude explicarle a nadie por qué: simplemente fui y en vez de anotarme para estudiar inglés, me anoté en árabe. Duré un cuatrimestre, y me sé tres o cuatro palabras (ojo, que me saqué un 9 en el examen final). No lo hice por convicciones religiosas. Ya hacía tiempo que había dejado de creer en el Mismísimo, y ese Mismísimo implicaba todos los dioses, los occidentales y los orientales. Pero mi viejo -segunda vez que lo nombro en este blog- creyó que yo me estaba volviendo musulmán. Y el tipo -o sea, mi viejo- es un demente de la lectura, y no importa sobre qué estés hablando, en seguida te recomienda algo para leer. O sea, vos podés estar pensando en el suicidio (che, que se entienda que es un chiste) y el tipo va y te baja toda la obra de Durkheim. Entonces, cuando empecé árabe, mi viejo me regaló el Corán. Así de loco está.
El Corán es un libro bastante parecido a la Biblia, con sus pasajes divertidos, categóricos y poéticos. Alá es mucho más poeta que el pragmático dios de los cristianos. Por ejemplo: "¡Profeta! ¡Combate a los infieles y a los hipócritas! ¡Sé duro con ellos! Su refugio será el Infierno ¡Qué pésimo porvenir! (...) Si vuelven de su error, será un bien para ellos: si se apartan, Dios los atormentará con un tormento doloroso en este mundo y en el otro: no tendrán en la tierra ni amigo ni defensor". Obviamente yo, y la mayoría de los que estén leyendo esto supongo, caemos dentro de la categoría de infieles. Pero si me van a condenar al Infierno, me gusta que lo hagan así, con énfasis, que me insulten con elocuencia poética.
La gente que estudiaba árabe conmigo no era normal. Había desde una chica lesbiana que decía que tenía visiones de que vivía en Medio Oriente, hasta un muchacho musulmán cuyo padre era un abogado budista y su madre una integrante del Opus Dei, y que una vez le pregunté por qué se había hecho musulmán, y me dijo que él no eligió nada: que Alá o Muhandas lo eligió a él.
No me hice musulmán porque me cuesta la fe: me cuesta aceptar una cosa que no puedo ver o probar. El apóstol Tomás, por ejemplo -que dicho sea de paso es mi nombre- fue uno que le contaron que Jesús había resucitado y él dijo que hasta que no le veía las marquitas de los clavitos de las manos no lo creía. Entonces vino Jesús y le mostró las manos con las marcas y le dijo: "dichosos de aquellos que pueden creer sin ver" (o algo parecido). Yo creo que cuando nací mi familia me vio cara de escepticismo y por eso me puso ese nombre. Por eso, y para que la gente haga el chiste estúpido de "Tomás...¿qué tomás?".
También me hubiese costado el tema del viaje a La Meca. A mí los amontonamientos de gente me rompen las bolas: no puedo caminar ni por veredas donde hay mucha gente adelante mío, y en cualquier boliche prefiero pararme a esperar que toda esa gente apurada pase adelante mío antes que soportar el dedito en la espalda. Además sería muy tentador gritar: ¡cuidado!, y provocar una avalancha con un saldo de varios muertos. A favor, los musulmanes tienen la vestimenta: yo vendería mi alma para poder andar de túnica por la vida. Sobre todo, en verano.

Finalmente, no me hice musulmán. No tiene un buen marketing Alá. Por ejemplo, lo primero que le dicen a uno, es que hay que rezar cinco veces por día. Dicho así suena molesto, pero si pusieran: "Musulmanes, la única religión en contacto permanente con su Líder", sería mucho más atractivo y comercial. O, en el tema del ayuno, yo hubiera vendido así el Islam: "una religión que castiga la obesidad con arder en el Infierno". Incluso el tema de la poligamia, no creo que esté muy difundido y bien explicado: hacen falta más carteles de ActitudIslam.
Suelo fanatizarme por las cosas que me gustan. Tengo personalidad de estúpido, y probablemente si hubiera sido musulmán, este blog se llamaría Muerte a América. Si me hubiese hecho musulmán sería fanático, tal vez un poco terrorista. Quizás haber nacido en épocas en que jugarse la vida por una idea es un poco anacrónico no favoreció el hecho de que me haya vuelto musulmán, porque todavía no creo que inmolarse sea una gran solución para nada. Jugarse la vida es, también, jugarse por la vida (aunque, a veces, muriendo). Me gusta más la idea de sacrificarse en vida para disfrutar de la vida, que cargarse una mochila de dinamita para llegar a un paraíso donde te esperan no sé cuántas vírgenes.
29/10/07
La angustia de Mozart
Paradójicamente, yo tengo el mejor de mis recuerdos con ese disco. Mi viejo se lo regaló a mi vieja cuando ella estaba enferma: mi viejo tiene el menor de los sentidos del tacto, y a mi vieja le daba mucha risa eso. Un talibán de la música clásica, mi viejo piensa que sólo la música clásica es música, y todo lo demás es ruido. Y que un disco de réquiem, de entierro, de muerte, sostiene la misma belleza que un canto a la vida; que la música, aún la de la muerte, puede ser tan maravillosa, bien compuesta y ejecutada, como cualquier elogio de la felicidad. A mí esa idea me gusta.
No sé mucho de música clásica y eso es aliviante, porque me saca de muchos prejucios, me permite escuchar a tipos que para los melómanos son incompatibles. Tal vez el réquiem de Mozart sea el disco que más veces haya oído. Es un disco sobre la muerte, tal vez, y es angustiante escucharlo: pero la angustia tiene demasiada mala prensa, y yo creo que, en el fondo, es inspiradora y necesaria. Que las mejores cosas se han escrito, dicho, pintado, esculpido con una sensación de angustia. Y quizás la angustia ante la muerte sea la peor, la que nunca se alumbra con la esperanza, y a veces cuando uno escucha ese disco de Mozart piensa en todo eso al mismo tiempo, y la angustia del compositor -aún peor: la angustia de un joven compositor- se vuelve tan evidente que conmueve.
La Misa de Réquiem de Mozart me habla siempre. Es raro. Es como esos cuadros que mueven los ojos para donde vos vayas, y te miran desde donde los mires. Me trae recuerdos, sí, pero también habla de ahora. Y te torna cualquier situación angustiosa, en un poco más trágica: hace de la penumbra una oscuridad absoluta. Mozart sabía que escribía para angustiar, y tal vez sacrificó su vida, vivió rápido, murió jóven, para darle a su música ese sentido de lo trágico que semejante biografía sólo podía darle. Quien escribe sobre la muerte sabe, siempre, que está tocando a otros seres humanos en un lugar que preferimos evitar para poder seguir creyéndonos el sentido de vivir. Mozart invitó a la humanidad a preguntarse sobre la muerte de la manera más increíble que yo escuché en toda mi vida, a mirarla a los ojos y descubrir una belleza que enceguece, que aturde y espanta, pero que atrae.
Esto no es una crítica musical, porque jamás podría hacerla. Pero sí digo que es un disco que hay que escucharlo con angustia, no para superarla sino para sentirla: para que la angustia queme por dentro. Hay que escucharlo cuando todo sale mal, esos días que nada tiene sentido, los momentos donde todo se está arruinando, y vos ves cómo tenías la felicidad ahí, a una estirada del brazo, y por no estirarte se corre cada vez más, se aleja, se la lleva una corriente imposible de navegar, furiosa, inalterable. Yo creo que frente al tedio de la vida cotidiana, ante el hartazgo de la repetición, la angustia es un sentimiento que te devuelve a la vida, que te hace sentir vivo, aún destruyéndote. Porque cuando la angustia llega, aunque este sea un elogio de ella, no hay posibilidad de disfrutarla: es todo sufrimiento, y es en ese sufrimiento donde nos sentimos tan humanos. Pero ese sentimiento de humanidad no alivia las quemaduras que nos produjo la angustia: no la alivia porque la angustia siempre vuelve, porque la característica de ese nudo en la garganta es que no permite disfrutar nunca de la felicidad. La angustia es como la muerte: es porque ambas existen por lo que no todo es felicidad, por lo que cualquier momento de felicidad es transitorio, y la vida es mucho más interesante así. La felicidad permanente es un absurdo que yo no quisiera vivir, porque no hay felicidad verdadera, la breve y efímera, si no hay posibilidad, mañana, de que todo termine.
22/10/07
Vagos del mundo...¡uníos!
Yo vivo -tengo domicilio- en una ciudad del centro de la provincia de Buenos Aires que se llama Olavarría. El próximo fin de semana en mi ciudad se elige Intendente. Hace unas semanas se murió el Intendente de hace veinte años, y ahora la cosa está medio dispersa. No importa demasiado. Ya había decidido que para gobernador se me hacía imposible elegir hasta el menos malo: para gobernador de la provincia no hay siquiera voto útil. Para Intendente conservaba alguna esperanza: siempre pensé que a nivel local se pueden hacer muchísimas cosas, como el presupuesto participativo, la descentralización del gobierno.
Alberto Macchioli es el candidato a intendente de Olavarría por el partido Vamos, que nuclea en sus filas a Asis, Blumberg y Sobisch. Eso ya dice mucho, y esperen para llorar, porque hay más. Acá van algunas de las barbaridades, pero recomiendo la lectura completa de la nota acá:
+ ´´Una de las primeras medidas va a ser usar e implementar el artículo 67 de la ley 8.031 que es el artículo de vagancia. No está derogado, pero lo han dejado de usar por algunos fallos de la Corte. En Olavarría se va a usar a full y no quiero vagos en Olavarría´´
+ ´´¿cuántos son los malvivientes, que de pesados no tienen nada....? ¿Serán 100? ¿Serán 150? Pero esos 100 me empiezan a infectar a un montón de chicos que los ven como si fueran ídolos. Porque acá el decente no va para adelante, el indecente va para adelante´´
+ ´´Blumberg es creíble, no es blando, es como aquellos viejos alemanes que vivían en la zona: algo es blanco o es negro, es “sí” o es “no”, no hay otra´´
+ ´´Vagos no ves más, a los vagos los voy a terminar. No más motomandados sin seguro en Olavarría. Los motomandados asegurados y con monotributo y AFJP. Lo mismo con los remises´´
+ ´´¿Por qué votar a Macchioli y no al resto? Por razones doctrinarias y filosóficas, no ideológicas, lo mío es a fe y verdad. Yo vivo en el pueblo y si les miento ustedes me van a decir “sos un mentiroso”. (...) No voy a tercerizar nada. Voy a estatizar el agua. No le voy a dar ningún servicio a nadie: todo tiene que salir del Municipio para dar trabajo. Con eso dignificás a la gente, porque el que trabaja no roba. Ahí se vinculan las obras, el trabajo y la seguridad. Por eso pienso aplicar el artículo 67: porque no pienso dejar un solo vago en las calles de Olavarría´´
Esto es sublime. Esto debería darme una bronca tremenda. Pero me hace reir muchísimo. Debería preocuparme la escasa capacidad mental de los candidatos de mi ciudad. Pero me divierte. Sacar a los vagos de la calle, dice, el bueno de Alberto. Les juro que mientras escribo esto, estoy en la disyuntiva real de enojarme o morirme acá nomás de la risa. Me da la sensación de que si me río lo estoy legitimando al tipo. Pero no puedo evitarlo. Puede ser que esté buscando un golpe de efecto: que, visto el 0,78% de las encuestas, se le haya ocurrido semejante imbecilidad para ocupar espacios en los medios. Últimamente hay una idea instalada: lo importante es aparecer. "El candidato X asegura que violará a todos los alumnos del colegio número 8 nuestra señora de luján si gana las elecciones", puede decir un titular, y si alguien se indigna, un sociólogo analista de encuestas nos dirá que lo importante es posicionarse en el escenario público.
Esto tiene que ser, de todas maneras, algo muy malo. Hay un montón de prejuicios absolutamente falsos por detrás de todas estas idioteces. Que todavía haya imbéciles que hablen de "vagancia", como si no hacer nada fuera una elección personal, y no un déficit del Estado en otorgar oportunidades iguales, es un signo de algo muy malo. De una clase política estúpida, que vive de un pragmatismo reivindicado como verdad absoluta frente al idealismo utópico de la teoría académica. A mí no me gusta la idea de que todo lo que pasa es un reflejo de algo mucho más profundo: me hartaron los programas de televisión que dicen que cualquier boludez que pasa es culpa de la sociedad. A mí este tal Macchioli no me afecta la vida para nada, no lo pensaba votar aunque hubiese dicho que iba a expropiar los medios de producción del capital oligopólico, porque va al lado del nombre de Sobisch y de Blumberg. Pero es nefasto que estas ideas todavía se presenten como válidas. La inseguridad es un tema que se instaló en base a la conjunción clasemedia-televisión, y el resultado es una serie de impresentables reivindicando la intolerancia frente a una situación de la que también son responsables.
Este blog era para hacerme millonario, y termino hablando de este idiota.

21/10/07
El síndrome de la hoja en blanco
- No, no se me ocurre nada...
- Y, escribí sobre cualquier cosa...¿no te pasó nada estos días?
- Ya estoy cansado de que no me pase nada, pero no solamente a mí. No le pasa nada a nadie...
- No entiendo...
- Tengo ganas, estoy muriendo de ganas, de que pase algo tan terrible, dramático y exagerado que ya no se pueda volver a vivir así. Que nos demos cuenta, no sé, que el oxígeno no es respirable, y que eso es lo que nos mata, y que corramos desesperados al agua. Imagináte: una avalancha de individuos asesinándose para conseguir un poco más de vida, un Cocoon copernicano que nos trastoque lo que pensamos, hasta ahora, era la verdad.
- Pero a todos nos pasan cosas...
- Sí, y eso es lo trágico. Que las cosas nos pasan, pero casi nunca se quedan.
- Y hablá de las elecciones, ahora todo el mundo habla de las elecciones. O de cómo los jóvenes ahora son más faloperos que antes. O de la selección de Basile. O de Los Pumas, escribí todo lo que falta decir de Los Pumas, escribí que la dicotomía civilización puma-barbarie fútbol es una reverenda pelotudez.
- ¿Te parece que alguien pudo haberse tragado ese cuento?
- Y escribí sobre estos días
- ¿Qué días?
- No sé, pasó el 17 de octubre, escribí sobre las patas en Plaza de Mayo...
- ¿Tengo que decir si soy peronista o no?
- Y, deberías, ¿por qué?
- Porque nunca sé...
- ¿Si sos peronista?
- Sí. Tampoco sé qué es ser peronista, o qué es el peronismo.
- Qué pesimista que estás...escribí sobre el futuro
- ¿Sabés qué voy a poner? Que nos agotamos...
- ¿El blog, las ideas?
- No, la Humanidad. Me parece que llevamos demasiados siglos viviendo, y se nos acabó el repertorio. O la contingencia era una farsa o la dejamos escapar y nos acostumbramos a lo mismo. La contingencia fue el sustituto endeble que le encontramos a la religión: la casa donde fuimos a parar después del velorio de dios.
- Ahí tenés una idea buenísima: el velorio de dios.
- Sí...lo voy a escribir. Pero tanta insistencia con el tipo...se van a pensar que soy católico...
16/10/07
Limadura onírica (II)
En el sueño, parece, me había encontrado a un extraterrestre en un bar.
- Así es, terrícola. Pero, ¿por qué dice "esto éramos" como si ya hubiesen supuesto nuestra existencia?
- Ya los hemos supuesto hasta el hartazgo. Películas, libros, videos caseros, gente que dedicó su vida a la veracidad de tales supuestos. Aparecieron tarde, extraterrestre, su telepatía será buenísima, pero su sentido escénico deja mucho que desear...
- ¿De qué habla?, nuestra aparición será revolucionaria, cambiarán sus parámetros...
- Por favor, no me haga reir, extraterrestre. Los parámetros se cambian cuando hay algo que no podemos explicar, cuando nos apareció América ahí donde había agua, cuando nos dimos cuenta que lo plano era redondo. Pero a ustedes...a ustedes ya los imaginamos, no pueden sorprendernos. Ahora irán y pelearán contra los Estados Unidos, y un héroe con cara de Bruce Willis los va a terminar venciendo con el corazón y la fuerza de voluntad de su patriotismo, aunque ustedes tienen armas más tecnológicas.
- No tienen idea de cómo vivimos, de qué comemos, de cómo nos comunicamos...
- ¿No le digo?, ustedes se comunican, comen y viven. Hasta en eso se parecen a nosotros. Vienen a plantearse como seres superiores y cumplen las mismas funciones que nosotros. Nuestro campo conceptual podría estirarse hasta entenderlos a ustedes fácilmente, y continuaríamos con nuestra vida normal...
- Pero nosotros venimos a esclavizarlos...
- ¡Atención, atención!, ¡el marcianito viene a esclavizarnos! Pero, por favor...¡cuánta originalidad!...espero que sepan lo que es el sarcasmo porque eso es lo que estaba haciendo. El marciano esclavizador es un estereotipo estúpido, al menos hubieran sido más políticamente incorrectos, podrían haber venido a fulminar la raza humana...
- Esclavizaremos a sus mujeres, a sus niños...
- ¡Cuidado, peligro, alarma!...deje de perder el tiempo, los niños y las mujeres ya están esclavizados, marciano, hace miles de años. En serio, revisen su sentido de la ubicación, porque están llegando tarde a todo. La opresión de la mujer ya pasó de moda -o se esconde de otra manera mucho más subliminal-, y antes de que vengan ustedes ya inventamos el jardín de infantes, la televisión y las tías apretadoras de cachetes, con lo cual la esclavitud de los niños es más vieja que usted y su familia.
- Usted no comprende, los extraterrestres dominaremos la Tierra entera...
- Dominaremos la Tierra entera...¿sabe las veces que lo escuché?, ¿y sabe por qué nadie lo termina de realizar? Porque el sueño de dominar la Tierra es un sueño imbécil. ¿Por qué alguien querría dominar el planeta? Después de todo, si dominara el absoluto su propia contigencia se le volvería necesaria. Solamente un imbécil querría volverse tan repetitivo. Además, ¿con qué objetivo dominar la Tierra? Si tuvieran un fin, aunque sea, si la dominación fuera sólo un medio...pero no, creen que la dominación es un fin en sí mismo, y en tanto se concrete tendrían que retroalimentarlo, y la dominación es una llegada de la que no se puede volver a partir, porque después de ella no hay nada...
- Por favor, humano, lléveme con su líder...
- ¿Lider?, ¿acaso usted sabe algo de la raza humana? Deberían haber previsto este tipo de situaciones. Hace muchos años que los líderes se terminaron. Ahora hay tipos investidos con cierto aire de autoridad, pero las investiduras se nos representan cada vez más falsas. Quizás si hubieran venido antes de 1789 hubiesen tenido suerte, todavía hasta ahí creímos en la autoridad investida de poder divino, pero ahora la secularización nos volvió a todos un poco más escépticos, y el fulano que lo cargamos de poder, en definitiva, sigue siendo un tipo más. Otra vez, el sentido de aparición, extraterrestre, tienen que practicarlo. Aparecer después de 1789, después de que ahorcamos la ilusión de que existe algo así como el poder absoluto, a reclamar por un líder, es un error político imperdonable.
- ¿Y a quién le parece que debo matar para dominar el mundo?
- ¿Lo ve?, se vuelve a equivocar, por favor, ya me pone nervioso. Matando no se domina nada, la dominación consiste en volver natural una cosa que no lo es. Hágame creer que el rayo láser con el que me apunta es legítimo, que el látigo que empuña en la mano lo está empuñando una causa superior y no usted: eso es dominar. Ilusióneme: haga que brote en mí la sensación de que usted o su causa -haga que sean lo mismo- merecen cualquier sacrificio de mi parte. Pero no ponga el carro delante de los caballos: no me haga creer que la opresión que ejerce es legítima oprimiéndome. Hágala dulzona a la opresión, inventese imágenes, fabrique ídolos de barro y convénzame de que ellos fueron mejores que yo, y que les debo todo lo que tengo.
- ¿No es como demasiado esfuerzo?
- Por supuesto, y además no consiste en fuerza de voluntad, la verdad es que se trata más bien de procesos. La cosa funciona a nivel más de...cómo le explico...más de sistema, ¿vio? Es como si, aisladamente, nadie en la Tierra tuviera la culpa. Pero cada vez que uno mueve un dedo, la conjunción de todos esos dedos desencadena una serie de reacciones...
- ¿Por eso no puedo matar a uno para dominar el mundo?
- Exacto, extraterrestre, de a poco nos vamos entendiendo. Cómpreme otra ginebra y le sigo contando...
10/10/07
Mi última confesión
A dios no sólo he dejado de amarlo sobre todas las cosas: ya ni creo en su existencia. Lo he odiado también en algún momento. Pero ahora hay algo peor que el odio: la indiferencia. Tengo indiferencia a dios sobre todas las cosas. Si me muero y él está ahí, le diré la verdad: que ponga más pruebas en la Tierra, porque hasta ahora está todo muy confuso. Hay tanto sufrimiento innecesario que debería ahorrarse si quiere su trabajo más sencillo. Padre, el primer mandamiento es una mierda: una demostración de que dios no tiene nada de superior, y que está necesitado de afecto igual que cualquiero hijo de vecino.
El nombre de dios lo he usado en vano tantas veces, que la última que se me ocurre es esta: vilipendiar el nombre de dios en un blog es una delicia propia de la vida moderna. Hasta dónde hemos llegado.
Las fiestas las santifico, Padre, he vuelto borracho por lo menos las últimas tres navidades. Santifico cada casa por la que paso a buscar algún amigo y, si me ofrecen vino, o cualquier otra cosa, yo acepto religiosamente, porque es la sangre de nuestro salvador, amén. Las últimas dos pascuas me he ido a pescar, Padre, y he comido el asado más delicioso que usted pueda imaginar.
Honro a mi padre y a mi madre cuando mi padre y mi madre merecen ser honrados. No contesto a las preguntas "a qué hora llegaste y por qué tenés los ojos así" cuando llego a la mañana. Me caen bien, Padre, pero los honro a mi manera: tratando de no caer preso y que me tengan que ir a buscar.
No maté a nadie, es cierto, pero hay tanto hijo de puta suelto, Padre. El otro día miraba a Von Wernich y me preguntaba por qué una Madre de Plaza de Mayo no saca un fusil y le revienta la cabeza. Será que son demasiado buena gente, Padre, porque yo no me hubiera aguantado la ansiedad de esperar treinta años por justicia. ¿Eso fue un pensamiento impuro o entra en la jurisdicción del no matarás?, ay Padre, la burocracia celestial debe estar tan bien organizada.
Actos impuros cometo a diario, Padre, estaríamos aquí toda la tarde si tuviera que enumerarlos. No sé a qué se refiere en específico su religión con actos impuros, pero de seguro alguno de mis actos coincide con vuestras definiciones. El problema con ustedes es creer que uno relegaría los placeres de la vida por una eternidad de la que nunca dan pruebas. Además, siempre me he hecho esta pregunta, Padre, si el sufrimiento será eterno, ¿acaso no me acostumbraría yo a sufrir, digamos, a los tres mil seiscientos años de sufrimiento?, si ya voy al Infierno sabiendo de que el sufrimiento será mi única condición, ¿no se acostumbrará mi cuerpo a las llagas?, ¿acaso a usted no le pasa que una angustia prolongada en el tiempo empieza a volvérsele costumbre, y ya deja de ser angustia? El único sufrimiento sería que me dieran esperanzas que se puede volver del Infierno, pero ustedes ya me han condenado para siempre hace rato.
Pero no me haga caso, Padre, que ahora debo ir al mandamiento del robo, y aquí tengo para rato. Sabe, siempre he creído que el no robarás exigía de ustedes varias aclaraciones. Me parece que luego del Apocalipsis, deberían agregar un tratado económico a la Biblia. La cuestión es que hace unos siglos un señor que se llamaba Marx invirtió los términos de varias cosas, y consideró que el verdadero robo es el del capital sobre el trabajo, el burgués a la plusvalía que genera el obrero. Necesitan un apóstol nuevo, Padre, un apóstol que vaya aggiornando los mandamientos, porque ustedes no se han manifestado respecto a Marx. Aunque han apoyado todas las dictaduras que eliminaron los "elementos marxistas", que en realidad eran personas antes que elementos de algo, pero queda feo decir que la Iglesia puede apoyar la eliminación de las personas. Yo particularmente no robo, Padre, aunque si puedo evitar pagar algunas cosas a empresas grandes, mucho mejor. Me he colgado del cable algunas veces, pero no creo que dios tenga algún problema con eso, yo he leído la Biblia y casi que en ningún lado habla específicamente sobre el robo de cable. Me bajo canciones y películas de internet, pero en general los artistas se han llevado mal con la Iglesia y viceversa, así que si lo piensa bien los estoy ayudando a eliminar el arte, que tantos problemas les ha traído.
Digo mucho falso testimonio y miento mucho y muy bien. Sabe, Padre, es un talento natural que tengo. En parte escribo por eso, porque es una situación donde puedo mentir sin que nadie se fije en la coherencia, porque a veces en la vida real miento tanto que se me mezclan las historias. A mí la mentira me gusta, me parece que no cualquiera puede mentir. Usted me dirá, con razón, que no podemos vivir en un mundo donde todos mientan. Yo le digo que ya vivimos en ese mundo. Y no es que me esté quejando de lo que tenemos, al contrario, a mi me parece que la mentira es lo que sostiene a este mundo. Desde la más chiquita, desde decirle a alguien lo bien que le queda ese corte de pelo horrendo, hasta venir a un edificio con angelitos de cera a hablarle a un tipo que está sentado en una nube viendo si nos portamos bien, todas las mentiras se confluyen para que el mundo siga girando. Y de otra manera sería muy aburrido.
Pensamientos impuros. Qué tema difícil, ¿no le parece padre? ¿Usted domina sus pensamientos? Mala redacción, el que escribió los diez mandamientos estaría apurado, o quizás en esos momentos era difícil borrar algo escrito. Imagino que llegar al mandamiento nueve y darse cuenta de que puso mal una palabra lo obligaba a uno a tirar la tabla entera y tallarla de nuevo, los procesadores de texto de la Antigüedad eran más bien rígidos. Menos mal que nació Bill Gates, Padre. Habría muchos errores de ortografía en esa época. Pero no nos vayamos de tema. Digo que este mandamiento está mal redactado, Padre, porque los pensamientos no se consienten, ni se controlan. Los pensamientos están ahí, le vienen a uno. Por ejemplo, a mi me encantaría que cierren todas estas iglesias, pero también entiendo que hay mucha gente que necesitará venir acá por alguna razón. Lo entiendo, en el fondo lo entiendo, aunque la mayoría de las veces que paso por acá me sienta triste por no haber traído mi lanzallamas en la mochila. Los pensamientos impuros son inevitables, Padre, usted mismo cuando habla desde ahí arriba, debe estar mirando la cara de pelotudo que tiene algún niño, o las tetas de alguna rubia. No se ponga colorado, Padre, creo que hasta dios lo entendería. Pero lo que lo hace bueno a usted, lo que lo llevará al cielo, es que no se empieza a cagar de risa de la cara de idiota del de la segunda fila, o no codea al monaguillo y le señala con los ojos a la mina de la remera roja.
Este último mandamiento es interesante pero feo. Dice: no codiciarás los bienes ajenos, y entre los bienes ajenos ponen a la mujer. ¿Vio que tengo razón cuando le digo que hay que ir actualizando la Biblia? Pero más allá del elemento machista y misógino, que ustedes siempre han tenido, me parece que no desear a la mujer del prójimo es un mandamiento que hay que discutir más. Se me ocurre que el deseo, como el pensamiento, es una cosa que no se controla. Uno desea y punto. Pero lo podríamos reformular, mire. Primero pongámosle: no desearás a la pareja de tu prójimo, porque así metemos a las mujeres también, porque ellas tampoco deberían desear el hombre de la prójima, y de paso involucramos a los homosexuales, que deben ser tratados de la misma manera, en lo bueno y en lo malo, así que no pueden andar deseándose los hombres y mujeres de los prójimos. Ahora sí: no desearás a la pareja de tu prójimo. Una cosita más le agregaría: no desearás a alguien en tanto que pareja de tu prójimo. A ver, si me explico: lo feo, la falta de códigos entre prójimos, viene cuando alguien desea a tu pareja sólo porque es tu pareja, y si fuera soltera ni la saludaría. Pero si la desea y da la casualidad que es tu pareja, bueno no hay nada que hacer. O sea, si viene alguien y te dice: che que buena está esa mina, y esa mina justo era tu novia, ahí no hay pecado. El pecado sería: che que fea mina esa, y vos decís es mi novia, y él te responde: ay cómo la deseo, ahí la cosa es más fulera. No sé si me explico bien a dónde quiero llegar. En todo caso si la desea y da la casualidad que justo era la pareja de un prójimo, me parece que el mandamiento tendría que ser pasado a comisión para reglamentarlo. Hay detalles que coordinar, por ejemplo cuánto tiempo pasa para que una persona deje de ser "del prójimo" para pasar a ser del colectivo, para que esté en disponibilidad. Son cositas, Padre, pero traen muchos problemas. ¿Sabe qué pienso a veces, Padre? Que la infidelidad es el filósofo saliendo de la caverna, la metáfora de Platón, abandonar este mundo falso que no es sino reflejo de otro mucho más verdadero, el punto de llegada a la mayoría de edad kantiana. Yo no sé cuan mala es la infidelidad en sí misma: me parece que a veces es un cachetazo necesario, que te despierta de la ilusión, que te incomoda un poco, te despierta del opio. Pero igual este mandamiento no me gusta porque considera a las personas como propiedad del prójimo. Yo odio, Padre, eso sí que puedo confesarlo con total seguridad. Odio a las personas que consideran el matrimonio, la relación de pareja, el noviazgo, o lo que sea, como la formación de una sola persona a partir de dos. Creen que piensan igual, que sienten igual, que deciden igual, que opinan igual. Se dicen que juntos son uno, Padre, y lo dicen con orgullo, y yo los aborrezco. A mí me parece que cuando dos personas opinan igual, es porque uno de los dos perdió su singularidad: ahora los dos son ella o él.
No me arrepiento de ninguna de estas violaciones, Padre. No rezaré ningún Ave María para ser perdonado, porque no exijo su perdón. Porque su perdón no vale nada.
La paz sea contigo. Y con tu espíritu.


