13/2/10

Crimen y castigo

("Crimen y castigo" es el noveno cuento en la saga "El amor en tiempos del kirchnerismo".).


"Crimen y castigo"

La muerte de un político es, siempre, un hecho que exige diversas interpretaciones. Qué se yo: Vandor, Rucci, hasta el mismo Perón. Ninguno se muere y listo, como el resto de nosotros. Hay un legado que alguien tiene que heredar y esa disputa conspira contra la veracidad de los hechos. Por eso los crímenes políticos son los casos policiales más complicados. Detrás de toda investigación de este tipo hay intencionalidades: desde Rodolfo Walsh hasta Ceferino Reato.

La regla A de investigar un crimen es encontrar un móvil, un por qué. Cuando Néstor Kirchner fue encontrado muerto en su cinta de correr en Olivos, durante su segundo mandato, había casi más culpables que investigadores. Y cada teoría tenía su correspondencia en la calle, su traducción política. Hubo una movilización bastante grande, en medio del caos, frente a la puerta de la Sociedad Rural: había muchos militantes, y los cánticos comenzaban a jurar venganzas. Se habló de un comando de militares que buscaron resarcirse por los juicios. La tapa de Clarín del otro día, "La crispación causó una nueva muerte", dirigió todas las miradas hacia Ernestina y Magnetto. También se filtró una tapa que Clarín había hecho para consumo interno: "Ahora vos la tenés adentro". Eso crispó a otros sectores. Pero esos sectores del kirchnerismo, tampoco estaban exentos de sospecha. Se rumoreaba que el ala izquierda del kirchnerismo lo había asesinado porque el segundo mandato de Néstor no era tan de izquierda. La derecha del kirchnerismo tenía los mismos motivos, pero al revés. Del peronismo se podía decir lo mismo. Desde Londres, Laclau sacó un nuevo libro: "Por qué cuando los significantes vacíos se vacían demasiado lo mejor es matar al significante, y a otra cosa mariposa". Algunos atribuyeron el crimen a Diana Conti, a quien Néstor le había vetado su proyecto de ley de construir un campo de concentración para opositores en Formosa. Y eso que Diana había tenido la delicadeza de no llamarlo campo de concentración, sino Espacio Para Evitar la Dispersión (EPED).

Cuando hay tantos motivos, hasta la objetiva materialidad de los hechos se confunde. Nunca se terminó de saber, en la opinión pública, cómo fue la mecánica del asesinato. Por mi labor periodística, yo tuve en mis manos el inventario de la escena del crimen, y lo primero que me hizo sospechar fue la taza de té rota que se encontró en el piso. Eso era información que sólo se manejaba en las cúpulas del nuevo gobierno. Cuando se enteró del asesinato, en un estudio de televisión, en vivo, Julio Cobos agarró el pulóver y salió corriendo, al grito de: "no, no, yo no, de verdad que no quiero, por fa, por fa". Reutemann tiró su celular al suelo (aunque, según mis fuentes, lo tiró con tanta tibieza que no sólo no se rompió sino que ni siquiera se prendió) y se embarcó en un crucero para no volver a ser visto. Porque, a río revuelto, la ganancia fue para Los Pescadores: así se llamó el gobierno de sucesión que, encabezado por Eduardo Duhalde, completó el mandato que dejó Néstor Kirchner.

Llegó un momento que dejó de importar, que es, en general, el momento en que las cosas se ordenan. A mí la investigación del crimen me apasionaba, hay que decirlo. Yo trabajé en la administración pública, luego revelaré dónde, durante mucho tiempo. Y allí controlar información es, necesariamente, controlar poder. No pasa lo mismo con el periodismo. Cuando yo descubrí la verdad sobre el asesinato, no tenía ningún tipo de respaldo político más que la mencionada verdad. Y con eso no alcanza ni para empezar a hablar. Si la información, descubrí esos años, no está respaldada por una plataforma de poder previa, no garantiza ninguna clase de poder. Porque si un árbol se cae solo, en medio del bosque, no sé si hace ruido: sé, en cambio, que no importa.

Mis abuelos eran rusos y aprendí el idioma desde muy chico. Trabajé en la embajada argentina en Rusia, como primer traductor, durante el primer mandato de Néstor Kirchner. Y fui testigo privilegiado de un gran escándalo diplomático: el día que Néstor plantó a Vladimir Putin durante 50 minutos en el aeropuerto de Moscú. Yo estuve en esa sala, donde el Canciller Bielsa se excusaba con Putin. Vi las reacciones de Putin o, mejor dicho, vi la ausencia de reacción en Putin, el hermetismo de su rostro. Imaginen esta situación: el Canciller Rafael Bielsa sentado en una sala gris, exageradamente iluminada, intentado dar una explicación sensata a Vladimir Putin. Fue la primera vez que me trabé durante una traducción y casi no pude seguir. No nos pusieron nerviosos los insultos de Putin: ojalá nos hubiera insultado. El tipo no gesticulaba. Sentado frente al Canciller y yo, Vladimir Putin crecía en musculatura seis centímetros por cada veinte segundos que pasaban.

Estábamos poniendo la cara frente al hombre más malo del planeta. No es un juicio de valor, no es una apreciación política: Putin es un señor que es malo. O, si se quiere, es un señor que está nietzcheanamente más allá del bien y del mal. Es otra cosa. Por puro morbo, por tener una anécdota para contarle a mis nietos, intenté mirarlo a los ojos unos segundos. También lo hice porque contaba con la certeza de que ese señor estaba a punto de matarnos impunemente. Yo les puedo asegurar que no hay ser humano en este mundo que tenga ese vacío carente de alma en la mirada. No hay nada más que huesos tras esas retinas. Putin pudo abrazar a algún niño en campaña: créanme que jamás sintió el calor de ese niño, ni se conmovió frente a una sonrisa. Putin no sonríe, ni sabe para qué alguien, eventualmente, puede sonreir.

Durante esos 50 minutos, sospecho que Putin planeó alrededor de 532 formas de cometer un homicidio. Vladimir Putin nos podía matar con la lapicera que tenía en el bolsillo del saco de unas 36 maneras diferentes. Podía sacarse los gemelos y degollarnos sin mancharse la camisa ni transpirar. Putin es el resultado post-soviético de la maquinaria soviética: es el hijo perfecto de Lenin e Iván Drago. No respondió una sola pregunta que el Canciller me ordenó le hiciera. Cuando le hablaba, apenas enfocaba un poco más los ojos hacia la superficie de mi persona, porque durante los silencios, aprovechando la impunidad de su mirada vacía, Putin te escaneaba el alma a través de las retinas. Con un simple gesto como rascarse la nariz, Putin me estaba diciendo: "no me importa nada que seas un mensajero. Hay que matar al que escribió el mensaje y al que lo trajo por las dudas". Comprendo el ruso perfectamente, y puedo asegurar que los años de estadía en ese país lo pulieron hasta entender el idioma coloquial. Pero reconozco que nunca voy a saber qué fueron aquellas tres palabras que Putin le dirigió a su custodia antes de levantarse y pasarnos por al lado de la manera más humillante en la que alguien me pasó por al lado.

Cuando me llegó la información de que en la escena del crimen de Néstor Kirchner había una taza de té, no tuve la menor duda: el polonio era el autor material, y el Primer Ministro ruso, el intelectual. Con una paciencia soviética, Vladimir Putin supo que la venganza es un plato que se come tan helado como su cálida Siberia. Ni la Ley de Medios, ni las AFJP, ni los juicios contra los militares, ni la poca revolución, ni la mucha revolución. A Kirchner no lo mataron ni por las cosas buenas ni por las cosas malas que hizo. A Kirchner lo mataron, paradójicamente, por las formas. Porque al Diablo no se le toca el culo.

(A mi amigo Nacho por
hacerme acordar de esto).

3 comentarios:

javier dijo...

"Desde Londres, Laclau sacó un nuevo libro: "Por qué cuando los significantes vacíos se vacían demasiado lo mejor es matar al significante, y a otra cosa mariposa"."

ya lo dije antes: sos un genio.

Ignacio dijo...

Como me hiciste reir Tomás. Hay que enviarle el Link a Rafael.
Abrazo.

Anónimo dijo...

me da terror que la existencia del Pingüino se esfume, noo por favor!!!!
Igualmente, muy bueno!