28/2/08

Predicción

Si tuviera que apostar mis fichas, diría que la ideología del siglo XXI va a ser el cambio climático. Aunque difícil de adjetivar -yo apuesto porque se llamará Climatismo-, el cambio climático tiene todas las características: sus defensores abogan por su inevitabilidad, sus detractores lo acusan de carecer de pruebas científicas y, sobre todo, supone un devenir cuasi-determinado para la Humanidad. Lo extraño, lo que va a permitir a miles de intelectuales del mundo escribir sus libros, es que va a ser una especie de ideología en sentido negativo. Es decir, todas las ideologías del siglo XX eran más bien propositivas: apuntaban a la necesidad de construir determinado modelo para llegar a un punto de plenitud social (la dictadura del proletariado, supongamos, para llegar al comunismo, la sociedad sin clases). El cambio climático es la apuesta por la negativa, la necesidad de destruir un modelo -como sea que se llame éste modelo- para lograr la supervivencia. Es, tal vez, una pre-ideología, una condición de posibilidad, quizás, para otras ideologías -nuevas o viejas. Quizás, y aquí mi apuesta se vuelve más segura, sobre la noción de cambio climático se puedan construir diversas corrientes: climatismo ortodoxo -que tenga como único objetivo evitar el cambio climático-, climatismo social -como idea de reformar el sistema desde adentro para evitar el colapso humano, y hasta el infaltable climatismo revolucionario -que construya el socialismo sobre la base de la destrucción del capitalismo por saturación de los recursos naturales: un socialismo de lo poco que quedará por consumir.

Cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista, no fueron demasiados los que advirtieron que se estaba escribiendo parte de la historia futura, una parte grande, trágica pero casi inevitable (le estaban dando voz a las mayorías, y eso genera cosas, en general, inevitables). Ahora, en algún lugar recóndito, alguien está observando los desastres ambientales y recopilando datos, información, escribiendo un panfleto que coquetea con la poesía. En un pueblo castigado por las inundaciones asiáticas, en una aldea conquistada por la hambruna de África, o en una cosecha fallida por la sequía en América Latina, un joven revolucionario está escribiendo las bases de las revoluciones futuras. Y yo no digo que será una ideología correcta o no: podrá terminar en una utopía de paz universal o en un genocidio aberrante, porque ante tanto determinismo ideológico, en última instancia es la libertad del hombre para actuar lo que vuelve a los determinismos una excusa para asesinar, o una luz en el final del camino que sirve para seguir avanzando. Esa es mi predicción para este siglo.

21/2/08

Justicia poética

Paul Potts vive en Londres. Tiene una vida gris, constante y rutinaria. Es un ser introvertido, extremadamente tímido, de los que transpiran en cualquier interacción humana. Paul trabaja en una compañía que vende celulares, a quince cuadras de su casa. El trabajo es odioso, repetitivo, mecánico. Hablar con la gente, eso que tanto odia, escuchar sus constantes quejas, el tubo colgado con furia del otro lado, la interrupción, quien sabe, de una siesta, de un encuentro romántico, de cualquier cosa más interesante que la venta de un teléfono celular. A Paul Potts su vida lo angustia, es objeto de burlas en el trabajo, donde su jefe, Larry, se divierte haciendo bromas con su sobrepeso. Larry ha inventado casi un apodo nuevo por día para Paul. Éste desea, todos los días, convertirse en un maniático de esos que cada tanto se desquician y matan a todos sus compañeros de trabajo. Pero Potts se sabe cobarde.

Es probable que ése sea el único momento en el que Potts se siente feliz. Cuando recorre las quince cuadras que los separan de su casa, compra alguna revista con la que se masturbará luego, y algo de comer. Entonces llega a casa y admira su colección de discos de ópera y música clásica. Escoge uno y las voces de la ópera inundan la casa de angustia. El cuadro es tan patético como poético: Paul Potts, sus medias grises agujereadas, su camiseta blanca, un cubo de pollo frito y una ópera de fondo. Cada tanto, vocifera para sí una de las tantas partes de esa ópera que, como casi todas, conoce de memoria. Paul Potts sabe que puede cantar, pero también sabe que jamás podría hacerlo delante de otra persona. A veces se sorprende con los niveles a los que llega su voz. Pero sabe que él mismo no es un gran jurado, a pesar de su baja autoestima.

Piensa en las veces que su padre volvía borracho a golpear a su madre, y él se interponía recibiendo el castigo por ella. Piensa en las veces que, harto de los golpes, cerraba los ojos bien fuerte para simular estar durmiendo, y sin embargo oía los gritos de su madre. Recuerda los momentos en los que su padre, un ebrio maquinista del ferrocarril, insultaba a su madre por haber tenido un hijo gordo, inútil e imbécil. Y en la rabia que le llenaba los ojos de lágrimas, y en la impotencia que le obligaba a apretar los puños y aferrarse bien fuerte a la almohada. Entonces Paul Potts se duerme en el sillón, mientras sigue pensando en lo miserable de su vida.

Y esa noche sueña con Patty, la chica rubia del colegio, la que conquistaba el corazón de todos, pero en especial de los fracasados y perdedores como Potts. Paul no hacía deportes por su gran tamaño físico, ni era popular por ser el gordo ebrio de la preparatoria: no, Paul Potts se prometió no beber jamás luego de que su madre fuese muerta casi a golpes por su padre. Luego recuerda cuando Patty lo invitó a un lugar más tranquilo luego de una fiesta, y cuando ya estaban casi desnudos, cuatro o cinco tipos del equipo de fútbol salieron detrás de unos arbustos y le sacaron fotos. Al otro día, toda la escuela se reía de Paul Potts. Y la rabia seguía acumulándose.

Entonces Potts piensa que debe cambiar su vida. Y ve en la televisión un comercial de esos reality shows en los que los participantes deben cantar frente a un jurado. Pero él jamás podría hacerlo. Llega a su trabajo y entra en la página de internet del concurso: se anota, para dar el primer paso de un camino que, sabe, no va a recorrer. Luego, ese mismo día, su jefe Larry termina con la paciencia de Potts, y éste lo amenaza de muerte. Entonces los psiquiatras de la empresa deciden que hay que despedir a Paul, y ahora se quedó sin empleo, y con una vida cada día más horrenda.

Y llega el día del concurso, y Paul transpira como si estuviera hablando con una mujer. Sale a caminar, para mentirle a su cuerpo, para no decirle que se dirigen al concurso. Rodea el edificio varias veces, se miente, se dice que va a mirar a los otros participantes. Entonces Paul recoge su número, transpira su traje nuevo y se para en la fila. Cuando llega su turno, las piernas le tiemblan. Lo van a rechazar, se van a reir en su propia cara, y van a editar su parte para que el país entero se ría de él. Entonces sube, solo, a esa especie de escenario. En el teatro están los otros participantes, y el jurado parece inquisidor. Paul Potts pierde la mirada en el horizonte, y luego enfoca la vista en el jurado. Paul Potts ve en la cara de los jurados a su jefe Larry que acaba de despedirlo; y va a cantar para Patty, su primer amor imposible; cantará, también, en la cara de su padre ebrio y golpeador, que ahora se refleja en uno de los jurados que parece subestimar a todos los participantes. Hay risas entre el jurado cuando Potts dice que va a cantar ópera. Entonces Paul Potts acumula toda su rabia en la garganta, y canta así...


8/2/08

La parábola de Ameli

Horacio Andrés Ameli es un jugador de fútbol al que apodan "Coco", un central rústico que pasó por River y San Lorenzo entre otros equipos. Era uno más del montón: y no llega a estas consideraciones por sus virtudes futbolísticas. Era un defensor más o menos reconocido, y jugaba nada menos que en River cuando saltó a la fama por otro tipo de actitudes. Formaba una dupla central con otro defensor llamado Eduardo Tuzzio, que casualmente también venía de San Lorenzo y ahora estaba en River. El Coco Ameli un día fue a comer una pizza a lo de Eduardo.

(Timbre)

- Sí, ¿quién es? -dijo la dulce voz femenina
- Ah, hola señora, soy Horacio un compañero de Eduardo, me había dicho que venga para acá...
- Ah, sí, Horacio, pasá pasá, fijate si está abierto...

Horacio empujó la puerta y ésta abrió. Subió por el ascensor siete pisos y dudó si Eduardo vivía en el A o en el B. Una mujer con un delantal blanco con dibujos de choclos abrió la puerta del B mientras se restregaba las manos con un repasador.

- ¿Horacio? -preguntó.

Era la primera vez que el Coco veía a la mujer de su compañero. Siempre habían hablado de salir a comer los cuatro, cada uno con su pareja. Esta vez el Coco fue solo, porque su mujer había tenido un día largo y manifestaba dolores de cabeza. Tímido, Horacio se sonrojó y saludó a la mujer con un beso en el cachete. Amagó a romper el silencio incómodo, pero la mujer adivinó sus intenciones:

- Eduardo fue a buscar la pizza -le dijo, y a continuación le ofreció un vaso de cerveza. Horacio aceptó.

Mientras tanto, Eduardo reclamaba que la gente que entraba después que él se llevaba su pedido antes. El dueño de la pizzería era un hincha fanático de Boca que se acercaba a la cocina cada diez minutos y le decía a sus empleados que demoraran la pizza de Eduardo Tuzzio hasta la hora del cierre. Esto no era lo peor que le ocurriría a Eduardo esa noche.

En el departamento, Horacio emprendía la inhumana tarea de mantener una conversación con una completa desconocida. Ya había intentado con el clima, las noticias sobre robos que escupía el televisor, y la tardanza de Eduardo. De a poco, se fueron inclinando al tema del fútbol, pero no al juego en sí.

- Es que tanto tiempo concentrados, yo no sé por qué Eduardo no se puede venir a dormir acá, ¿usted no puede hablar con el técnico? -le dijo ella con la inocencia de quien desconoce los códigos del fútbol
- Es complicado, señora -explicaba Horacio- pero si lo piensa bien son tres días de concentración nomás, después lo tiene todos los otros días para usted
- Sí, cuando no juegan la Copa, cuando no viene cansado del entrenamiento, cuando el profe no le dice que no haga "ejercicios" para que no le moleste la pierna -afirmó la señora provocando una tensión en el ambiente que ya no se cortaría con nada (y que se cortó con una sola cosa). Horacio tragó saliva como nunca había tragado: la primera rueda había tocado la banquina, y de ahí en más todo era un viaje directo al barranco. Cuando la pizza llegó, Horacio y la mujer de su amigo ya se conocían íntimamente.

La semana fue dura, Horacio iba a entrenar al borde del llanto. Hay situaciones en donde el camino ha sido tan atravesado que ninguna elección es la correcta: cualquier viraje lleva al desastre, volver hacia atrás es imposible, y quedarse quieto es humanamente insoportable. A las pocas semanas, un encuentro furtivo, ahora menos espontáneo y con más planificación, dejó algunas huellas que evidenciaron la herejía -paradójicamente: lo espontáneo a veces es más invisible. El Coco fue descubierto por su amigo, y pronto lo supieron sus compañeros, luego el club y más tarde la prensa. Horacio Andrés Ameli había traicionado y cargaría con esa cruz por siempre.

Fue increíble la unanimidad en el repudio general. Nadie dudó un segundo de lo que ocurrió, aún quienes no lo saben. Periodistas, colegas, el público en general, los cánticos de las hinchadas rivales: para todos era claro lo que había ocurrido. Y lo más terrible fue la determinación: la certeza de que todo lo que había que hacer era repudiar la actitud de Ameli, sin averiguar causas, sin ir más allá. Nunca vivió la Historia, si hasta Judas tiene sus defensores, un caso en el que la Humanidad entera se organizara para castigar a un solo Hombre. El Coco Ameli fue vendido al poco tiempo a un club de Santa Fe, donde jugó apenas unos meses y allí también fue repudiado. Volvió a River, donde jamás fue tenido en cuenta de nuevo. Ameli fue, incluso, desterrado. Porque decidió, a la inversa que Sócrates, abandonar a una polis que lo condenaba: y así, sin beber el veneno que se le ofrecía, marchó hacia el Sur del país -tierra de pata de lanas descubiertos- donde se supone que administra un complejo turístico. Alguna vez volvió a salir en los periódicos fruto de una pelea en una estación de servicio donde, de seguro, algún playero aburrido de la ruta debió recordarle sus momentos de gloria y su caída estrepitosa en el fondo del barril de la escoria social. En la celda donde fue demorado, Horacio Andrés Ameli hizo un balance de su vida y decidió que las cosas no podían haber sido de otra manera. Que a todo éxtasis le deviene su agonía, que el mundo funciona así y que Jesús fue traicionado y endiosado por el sacrificio verdadero de Judas. Saliendo de la comisaría de una ruta perdida en el Sur, Horacio Ameli piensa en eso, y un viento seco le corta la lágrima que se derrama sobre su mejilla.

2/2/08

Doble Test

Un cachito de un tema del Indio Solari que me gustó:

Juguemos al Jenga
distraídos cansados
con ladrillos de trotyl
inestable mientras fumamos

discutamos revolución o reforma
(con una Coca en la mano)

¿Quién será esta vez
el Gran Anotador?
Si los porotos no alcanzan
si no hay más metegol

Que la pedófila manda
que el Rey vomita el timón
(¿qué Dios los está cuidando?)
grita el Washington Post

( Doble Test. De Porco Rex)

29/1/08

Limadura onírico-persecutoria

Continuación onírica de una sensación persecutoria respecto de las fuerzas de seguridad.

- Debe ser que a mí me afloran los sentimientos patrios, será el amor a mi tierra por mis raíces campesinas -decía el militar que era uno, pero cuyo rostro iba cambiando a lo largo del sueño.
- Bueno, lo felicito, pero a mí no me interesa ir.
- Pero usted debería ir, sabe, se lo estoy pidiendo bien -insistía el militar, que ahora ya me tomaba del brazo. Caminábamos por una especie de parque, donde cada tanto me preguntaba por alguno de mis conocidos.
- Y aquél, ¿a qué se dedica?

Parecía como que debía esforzarme por no decir nada concreto sobre nadie. Cada diez pasos cruzábamos un patrullero, las sirenas casi no dejaban escuchar las acotaciones nacionalistas del militar, y me daban tiempo a pensar.
- Estudia, trabaja, está haciendo deportes, ¿no lo ve que hace deportes? -le aportaba, mientras el militar anotaba casi todo.
- Ese tipo de personas nos hace quedar mal -agregaba, vaya a saber con qué fundamentos, vaya a saber ante quién nos hacía quedar mal.
- Esas personas nos hacen quedar mucho mejor de lo que nos hacen quedar ustedes -le grité, cuando un grupo de gente empezó a acercarse. El militar intentaba calmarme, de una forma no demasiado ortodoxa, amenazándome con la cara.
- Baje el tono que hay demasiada gente -decía, mientras con la mirada llamaba a otros dos.
- Se están cagando en todas las libertades, loco, empecemos a darnos cuenta -continué gritando, mientras más gente, ahora conocidos, se iban acercando-.
- Por favor, este jóven está desvariando -afirmó el militar, esgrimiendo una sonrisa afable-. Solamente se le pidió que se acercara hacia donde están todos, al pueblo.
- No quiero, no pueden obligarme a ir al Corso, no me interesa su Corso*, estoy harto del Corso.
- Es cierto, a mí ayer me pidieron documentos solamente porque no quise ir al Corso -agregó alguien que parecía estar de mi lado, y ahora la muchedumbre entendía nuestras razones.

El militar comenzaba una retirada antes de ver llegar a los otros dos que él mismo había llamado. Eran viejos, demasiado viejos para ser soldados, y sin embargo llevaban la ropa de combate.
- Se están cagando en la libertad, se están cagando en nosotros, pero se les va a terminar...-se estaba diciendo en esta reunión improvisada, cuando advertimos la presencia de los dos, y como un acuerdo tácito decidimos callarnos. Ambos se acercaron a hablar con el militar que estaba de civil, al tiempo que la gente se impacientaba.
- No se puede opinar, nadie puede hablar libremente en esta ciudad. El chico no quería ir al Corso, nada más -decía una señora con voz angustiosa que se perdía mientras se alejaba por temor.
- Yo no digo que no exista el Corso, pero que además haya otras cosas, que no sea lo único, que no nos obliguen a verlos pasearse, autofestejarse -enfatizaba uno que estaba al lado mío (el que hacía rato estaba haciendo deportes, el que para el militar nos hacía quedar mal).
Mientras tanto, el militar nos señalaba con los ojos, y los dos soldados viejos se acercaban. Con el dedo índice casi sobre mi pecho, el militar más viejo dijo mi nombre en voz alta como forma de pregunta, y me estremecí de pies a cabeza. A mi lado, mi compañero sufría lo mismo.
- Nos matan, boludo, nos matan.
- No, estos hijos de puta nos van a torturar.
- Matame -me pidió mi compañero.

*En mi Ciudad se está realizando el Corso en estos momentos, y puede ocurrir que eso haya influído en mi salud mental y psíquica.

28/1/08

Apuntes sobre el liberalismo

A veces, en general cuando uno está comiendo y ve por la tele como hay otros que no comen, nos preguntamos por qué no repartimos mejor. La respuesta es el sistema: así funciona, y no podría hacerlo de otra manera. El liberalismo funciona por una supuesta meritocracia que esconde tras de sí todo un sistema de jerarquías previas al nacimiento: nacer en una cuna y no en otra da determinados derechos. Que la Razón suplante a Dios: esa mentira se acabó el día después de la Revolución Francesa -o quizás después del Terror de Robespierre: extremo pero justo, diría en una mesa de café, y no creo que en muchos más lugares.

Nos aguantamos toda la basura del liberalismo, nosotros los cobardes, porque a cambio nos da un par de libertades individuales con las que fuimos criados y a las que no podríamos nunca renunciar. Podemos quejarnos de que hay otros que no comen, y hasta ahí nomás: tu derecho, dice el liberalismo, termina donde empieza el del otro. Y con esa frase, tan poética, se justifica que alguien acumule hasta el hartazgo mientras el otro se muere por esa acumulación.

¿Panfleto revolucionario? No. El viernes la Policía me realizó el afamado control de alcoholemia. Uno de los principios básicos del derecho burgués es el principio de inocencia. Seguramente un abogado me contestaría que es simplemente un control, o que los principios también son reglamentados por leyes y códigos, pero a mí me parece que hacerme un control sin haber cometido un delito previamente es violar el principio de inocencia. Yo no digo que esté bien o mal: solamente que los principios que nos rigen son así. Muchísimos de ellos son una mierda, y ojalá alguna vez tengamos los huevos para cambiarlos, pero mientras tanto nos rigen. A veces da la sensación de que el liberalismo contiene en su interior tantas contradicciones que va a caerse por sí solo, pero últimamente me parece que mientras más contradictoria es una cosa, más posibilidades de sobrevivir tiene -pregúntenle al peronismo, sino.

Nos aguantamos esas reglas sanguinarias que generan desigualdad, porque a cambio el sistema nos permite a los cobardes tener dos o tres libertades. Habrá que esperar a que el modelo no soporte esas dos o tres libertades para verlo en su verdadera expresión: como un sistema de explotación que se sostiene sobre la mediocridad del individualismo más aterrador.

11/1/08

Homenaje a vos, Boludo

No es tan sencillo, como se aparenta, ser un boludo. Los habemos de distintos tipos, colores, tamaños, jerarquías. Hay boludos que se creen inteligentes, y son peligrosos. Hay boludos que sabemos que lo somos, y eso muchas veces confunde –confunde, digo, porque parece humildad pero en realidad es realismo. Existen boludos orgullosos de su ser, y son agradables aún en su boludez. Esto no es una clasificación o un listado (de esos que abundan espantosamente en los blogs). Esto, sin más vueltas, es un homenaje.

Esto es un homenaje a vos, Boludo. A un boludo que pasó de la simple idiotez, y se ganó las mayúsculas en su adjetivación. Este homenaje recuerda una fecha en especial: esto ocurrió en el 2003, acá en mi ciudad, Olavarría. Vos eras uno más entre nosotros: un boludo con minúscula. Llevabas una vida dedicada a la boludez, pero no sobresalías. Eras un dios más en un Olimpo plagado de boludos. Pero ese día, ¡ea, ese día transformaste los cánones de la boludez! Ahora, después de vos, no cualquiera puede jactarse de ser un boludo con todas las letras. Humillaste a quienes se proclamaban verdaderos imbéciles, y vos, en ese día fundacional, quisiste soldar una bala de cañón a una reja. La bala todavía tenía pólvora, explotó y vos falleciste, al tiempo que heriste a otro boludo que había venido a ayudarte.

Este homenaje es para vos, mártir de la boludez. A cinco años de aquello que algunos tildaron de “trágico accidente”, pero que para mí no lo fue: creo que has entregado tu vida para darle al mundo un mensaje. Te has inmolado para sembrar entre nosotros la semilla de la boludez; el mensaje de que todavía la Humanidad no se ha completado; la enseñanza de que el límite de la boludez es dinámico y no estático, que cada día que pasa es una oportunidad nueva para hacer una pelotudez tan pero tan grande que nos deje en la memoria colectiva como un Boludo Con Mayúscula. Este es mi homenaje para vos, Boludo.

3/1/08

Un manifiesto filosófico llamado Tiburón

El fútbol y los tiburones son las dos cosas estúpidas que me interesaban de chico y, ya de grande, todavía les presto atención. En el camino quedaron cosas como ser astronauta, el diez de la selección, campeón olímpico de algo o estrella reventada de rock. Por alguna razón, me parecía que yo quería ser alguien que supiera de tiburones. Creo que a las personas no nos interesa el conocimiento por el conocimiento mismo: nos interesa la impostura, la idea de ser el tipo que sabe acerca de algo. Yo, cuando niño, quería ser el tipo que sabía algo acerca de los tiburones.

Con el tiempo fui dejando de lado mis ganas de ser tiburonólogo. Varias cosas conspiraron: mi cobardía, el hecho de vivir rodeado de aguas más bien frías y, sobre todo, alejado del mar. Pero todavía tengo cierta admiración y respeto por el tiburón, y cada vez que pasan la película de Spielberg, ahí me encuentro, firme, observando esos muñecos de goma espuma que tan bien los representan (y ni hablar del tiburón de Los Bañeros Más Locos del Mundo).

La película Tiburón es, si uno rebusca la metáfora, la idea de que todo, en definitiva, es una cuestión de perspectiva. La verdad, la idea de que existe algo llamado verdad, está refutada en una escena que me parece filosóficamente impresionante. Un crucero se acerca hacia la isla donde el tiburón atormenta a los turistas. El crucero viene repleto de clase media baja norteamericana, y ya en esa descripción comienzo a ver que todo es relativo. Lo que para mí son doscientos gringos sin saber que hacer, para el comisario Brody son posibles víctimas de un tiburón que solamente él ha visto y de cuya existencia no puede convencer a los demás. Para el alcalde, descreído de la idea de un tiburón, todos esos turistas son una fuente irremplazable de ingresos. Y, en definitiva, para el tiburón ese crucero no es sino una parrillada gigante que está pronta a ser puesta en su mesa. La verdad, repito, es una cuestión de perspectivas. Tiburón, tal vez arriesgue demasiado, es una película nietzscheana: una afirmación de que la verdad es una construcción tan irreal como cualquier otro concepto.

A veces, también creo que Tiburón es una forma subliminal de decirle a los jóvenes que deben hacer caso en todo a sus progenitores. En Tiburón II, el Jefe Brody, que ya había matado un tiburón gigante en la I, le dice a su hijo que no salga a andar en bote, que tiene un mal presentimiento. (Digresión: me gusta como todo se traslada a sus circunstancias. Digo esto: en una ciudad normal, el robo de auto de un hijo sobre un padre termina, inevitablemente, en un choque. Pero, quizás, uno puede manejar la situación: pagar el arreglo, esconder bien las abolladuras. En cambio, en una isla, robarle el bote a tu viejo y que se lo coma un tiburón es una situación insalvable). Minutos más tarde, la posible novia de Mike Brody (que en Tiburón III ya es re grosso y desayuna zucaritas con los tiburones al lado) le dice que si no van a dar una vuelta en bote. Mike dice que su padre no lo deja, y la chica le pregunta que si siempre le hace caso a los padres. Ese momento me encanta: el joven observa la situación. Por un lado, tiene dieciséis años, y sabe que la pérdida de la virginidad es una tarea de difícil resolución. Por el otro, los consejos de su padre y, aún peor, un tiburón de siete metros y medio con ganas de comer adolescentes incautos en busca de aventuras marítimo-sexuales. Visto así, a la distancia, cualquiera resolvería quedarse en tierra: algunos prefieren mantener la virginidad si eso les permite conservar las piernas. Pero otros, como Mike Brody, saben que hay riesgos en la vida que hay que correr. Usted me dirá que el saldo costo-beneficio es negativo. Que, a veces, es preferible decirle no a una mujer si eso conlleva no enfrentarnos a un tiburón gigante, que encima es el hijo del tiburón que tu viejo mató con una garrafa en la película anterior. Pero no todos son tan racionales. Mike le dice que no, que no siempre le hace caso a su padre. Y las consecuencias son inevitables. Entonces el mensaje es este: hazle caso a tu progenitor o un tiburón gigante te comerá a ti y a tu noviecita. Pero, ¿qué hubiese pasado si Mike le hubiese hecho caso a su padre? Probablemente, la mina se hubiera ido con otro a reírse de cómo Mike era un nene de papá. Sus amigos lo habrían repudiado por acobardarse frente a una señorita, y en la isla empezaría a correr el rumor de la homosexualidad del joven. Eran fines de los setenta, y la gente no era tan liberal en EEUU. Su padre habría perdido el trabajo, y su madre se volvería alcohólica pensando en qué hizo o dejó de hacer para que su hijo fuese como era. Su hermanito menor hubiera muerto en una pelea en un bar, defendiendo el buen nombre y honor de su hermano y de su familia. Entre esa desgracia, y luchar contra un tiburón blanco, pensó Mike Brody, me quedo con el tiburón. Y hasta en una de esas la pongo, habrá pensado después.

Un manifiesto filosófico acerca del relativismo, de las relaciones humanas, de la lucha entre las especies: eso, entre otras cosas, es Tiburón. Darwin decía que el más fuerte sobrevivía, y Nietzsche le contestaba que ojalá, pero que el que sobrevivía era el débil que imponía esa debilidad, gracias a su astucia, como regla sobre el fuerte. Yo creo que hay mucho de esa discusión en la película: digo que, mano a mano, el tiburón es más fuerte. Pero la debilidad del hombre lo lleva a inventar garrafas de gas, cables de alta tensión y granadas, las tres herramientas que eliminan un tiburón por película. La astucia de nuestra debilidad, tal vez, nos vuelve más fuerte que un tiburón. Por ahora, solamente, por ahora.


19/12/07

Cuentos de Navidad

El día que tenga un hijo, así le voy a explicar la Navidad.

Hace 2007 -¿2006?- años el hijo de un zapatero y un ama de casa muy pero muy religiosa tenían un hijo. Le pusieron Jesús porque su madre tenía problema psiquiátricos y veía cosas: entre ellas, un ángel, de esos ángeles que, más que ángeles, parecen tías (por la insistencia de poner un nombre y no otro).

Ese hijo de un zapatero se volvió hippie y fundó la secta palestina que más adictos -en todos los sentidos- tendría en el mundo: se llamaría cristianismo por aquél niño que se suponía a sí mismo el Mismísimo Hijo de Dios, a pesar de los reclamos vanos del zapatero. Nadie cuenta la historia de José: pelear la paternidad de un niño nada más y nada menos que con Dios, esa sí es una batalla.

Los 24 de diciembre, hijo, el mundo occidental (¿lo ves?, de esta rayita para este lado) festeja el nacimiento de aquél niño, concebido por un espíritu -santo él- y un ama de casa que, al revés de lo que te han enseñado en Educación Sexual, jamás de los jamaces ha fornicado, a pesar de la evidencia concreta de un crío. ¿Por qué nos hacemos regalos, hijo? Pues no sabría decirte, si aquél hippie vestía harapos, cuentan, y se despegaba de lo material. Lo que ocurre, tal vez, es que en nombre de aquél palestino muchos han hablado, y cuando él habló no fue para nada concreto (que es la mejor forma de no decir casi nada). ¿Que por qué ese gordo vestido de rojo baja por nuestra ventana, abrigado hasta el cuello en pleno verano? Pues ese gordo era parte de una festividad finlandesa, y luego la empresa Coca Cola lo volvió comercial, le cambió los boquenses azul y amarillo por el rojo y blanco, y lo instaló como un producto (que es lo que suele hacer casi todas las empresas, hijo).

Una gran cantidad de gente no cree en nada de eso: ni en la estrella fugaz, ni en la virginidad de la susodicha, ni en los tres musulmanes reyes magos, pero la mayoría de la gente, sobre todo, no cree que ese palestino de clase baja que nació en un rancho haya sido el enviado de dios. Y millones han muerto en esa disputa: entre los que dicen que sí, y los que dicen que no. Parece absurdo, hijo, pero es bastante así.

Un pino cubierto de nieve, un gordo abrigado hasta los tuétanos: la Navidad es patrimonio del hemisferio norte, y nosotros no podemos sino aprehenderla y adornarla con detalles nuestros: tíos borrachos, comida fría, cerveza helada desde las siete de la tarde, boludos autóctonos que se sacan un ojo con un corcho. Aquél palestino hijo de un zapatero (¡como Stalin!) causó mucho daño: no se si fue su intención, si ocurrió sin querer queriendo, si los que hablaron en nombre de él no supieron -tal vez no quisieron- comprender. Festejamos la Navidad como excusa, hijo, pero ni se te ocurra derramar una lágrima delante del pesebre. Mejor llora por todos los que murieron discutiendo -discutiendo con el filo de la espada- la imbecilidad de su origen divino.

13/12/07

Gambeteando molinos

Quizás es la edad –y me asusta que sea así. Tal vez el monstruo de la Madurez tenga sus ventajas. Hace tiempo, me he dado cuenta, esquivo discusiones. He desarrollado una técnica, intransferible, para dejar de discutir sobre casi todas las cosas: en la mesa, en el bar, aquí mismo, en este mundo paralelo que se torna tan igual a aquél otro. Discutir ha dejado de ser un placer adolescente y ha devenido en una carga espantosa. Ya no soporto dar mi opinión sobre casi nada: considero que no tiene validez lo que tenga para decir, que para cualquier tema hay alguien mejor preparado que yo para decir algo muchísimo más inteligente. Incluso discusiones sobre fútbol, o chiquitajes, hasta chusmerío infantil que a cualquiera siempre lo tienta, ha dejado de hacer efecto sobre mí: y eso ya no es Madurez, sino desgano. He rogado a gritos no saber más, he ignorado introducciones a una confesión sólo para no escucharla, he caído en la certeza de que la ignorancia no genera compromisos. Hundido en el mar del relativismo, he dejado pasar ante mí aseveraciones otrora fácilmente refutables. Ya ni siquiera insulto a la televisión.

Y no es que no tenga opiniones, porque las tengo –erradas, inútiles y sin importancia. Lo que ocurre es que no encuentro la motivación para darlas a conocer. Solamente opino cuando hay que fastidiar. No me jacto de “llevar la contra”, porque me parece una actitud imbécil opinar lo contrario sólo porque la rebeldía cae mejor que el conformismo: la rebeldía puede ser, y tantas veces lo es, igual de estúpida cuando carece de fundamentos. Pero en la discusión banal y sin sentido, opino a favor de Bielsa y de la clase política. Y, por lo menos, el tiempo pasa mucho más rápido.

(Digo, para aclarar: no vale tomar este argumento, llevarlo al extremo y acusarme de macrista. Considero que la política debe estar fundada en la discusión, pero de otra clase. Aquí hablo de otro tipo de debate, menos importante pero más constante y cotidiano, un debate menos profesional pero más agotador e infecundo).

La última discusión en la que sentí placer versaba sobre la posibilidad, las causas y las consecuencias de llenar una pileta con gelatina. ¿Acaso moriría un sujeto arrojado allí dentro?, ¿cuántas cajas del producto en cuestión serían necesarias?, y la pregunta, fascinante, que provocó sobre mi espíritu indiferente una sensación de fascinación: ¿cuánta gelatina habrá, hoy, en el mundo?

El Quijote me parece una obra maestra. Y el personaje me encanta. Un señor que se llamaba Ricoeur, y al que nunca entendí demasiado, hablaba sobre la importancia de la lectura de novelas en términos de juzgar nuestros propios valores en referencia a los personajes (o algo así). A mí la lucha del Quijote contra los molinos de viento siempre me había resultado una metáfora fascinante de lo que yo quería ser: el valor, positivo en aquella época en que leía El Quijote, de la testarudez. Chocar cincuenta veces contra una pared me parecía un gran mérito, si la pared debía ser tirada. Hoy, tal vez, encuentre la virtud en aquellos que gambetean el molino y siguen su camino con la cabeza sin abolladuras, mirando el molino que dejaron como una enseñanza, como un símbolo de las discusiones que sí valen la pena enfrentar. Muchas de las cosas que estoy dejando pasar, molinos inquebrantables que no pretenden ser derribados, están enseñándome a discriminar las discusiones y no caer en la tentación sofista de la discusión por la discusión misma.



4/12/07

Tomar La Bastilla


La cárcel va a ser eso de lo que dentro de cien o doscientos años, las futuras generaciones se nos van a cagar de risa. Así como a nosotros nos parece una imbecilidad que hace dos o tres siglos la gente pensara que dios investía a un tipo con la categoría de rey, y ese tipo era su enviado personal en la Tierra, dentro de cien años los habitantes del futuro se morirán de la risa.

- Alumno Gómez, ¿qué hacían en el siglo XX y XXI con quienes violaban la ley?

- Los metían en un edificio en mal estado, los encerraban en unas jaulas de hierro, los alimentaban mal, dejaban que se contagien enfermedades de la época –como el SIDA –los humillaban...

- Bien, Gómez, ¿y quiénes iban presos?

- Iban presos los pobres, señorita, los metían presos por una figura legal que se llamaba “prisión preventiva” y que servía para encarcelar los pobres que sobraban del proceso de producción. Los ricos, en cambio, podían dar parte de su fortuna al Estado, o simplemente demostrar buena predisposición frente a la justicia, consiguiendo la amistad de un juez, y así nunca iban presos.

- Vaya, Gómez, tiene un ocho.

Creo que para entender algunas cosas hay que intentar subir la abstracción cada vez más lejos: como alejar la lupa en el Google Earth. A primera vista, con la lupa bien cerquita, un preso es simplemente un delincuente por el sólo hecho de estar preso. La ubicación geográfica, la posición arbitraria de un lado u otro de unas rejas, convierte a una persona en normal o no, en enferma casi, un incapaz de aceptar unas reglas que se suponen naturales, o que son reglas por suponerse naturales, o que son naturales –digo –porque eso hacen las reglas. Subir la lupa, entonces: darse cuenta que la diferencia entre quien está de un lado u otro de la reja está preso –nunca mejor dicho –de la arbitrariedad de un sistema. Que quien hoy roba a un rico es considerado un delincuente, pero que hubieron sociedades, y personas, que pensaron que eran los ricos quienes, a su vez, habían robado a los otros para ser eso: ricos. Y que la victoria de un sistema, el capitalismo por caso, es un argumento demasiado endeble como para quitar a una persona la libertad. Alejar la lupa, ver todo en abstracto, para darse cuenta de la contingencia: que es una casualidad –nada más –que los que hoy caminan libres no estuvieron ayer o no estarán mañana del otro lado de las rejas.

Alejando más la lupa: un sujeto nace. Se le imponen –vía aparato ideológico llamado escuela, familia, sociedad –una serie de reglas. Que la propiedad privada debe ser respetada a toda costa, que la nación y la patria significan alguna cosa, que él es parte de esa cosa, y que esas reglas no pueden ser, nunca, cuestionadas. Que, incluso, a distintas condiciones materiales de vida, las reglas deben ser respetadas por igual. Me pregunto, les preguntaría el sujeto: ¿acaso no deberían esas reglas asegurar la supervivencia de la persona? Digo, les diría el sujeto, que si la aceptación de las reglas supone poner en riesgo la supervivencia, entonces las reglas carecen de sentido, son un fin en sí mismas. La propiedad valorada por encima de la vida: una regla esencial del sistema. Entonces el sujeto decide que es mejor robar que morirse, y termina preso. O simplemente termina preso por vivir en un lugar y no en otro, por robar de una manera y no de otra, por no robar pero aparentar que roba, por usar unas prendas de vestir que la policía, tan lombrosiana, asocia directamente con la delincuencia (por otra arbitrariedad, supongamos).

Las reglas no son bien impuestas, alguien las incumple y termina castigado: preso, en condiciones infrahumanas. Las falencias de una sociedad que no es capaz de explicar su sentido de ser: la paradoja de valorar sus reglas por encima de la vida la vuelve incoherente, y así, necesita unos barrotes de fierro para explicarse. Al tiempo un supuesto motín, a veces una venganza de los guardiacárcel, una pelea entre ellos mismos, termina con la vida de algunos. Y los medios, siempre, titulan que quienes murieron fueron presos y no gente. Y no hay marchas con velas blancas en las manos. Y no hay llantos de familiares de las víctimas. Y la indignación no es tanta como la de Cromagnon, la de la Amia, la de los muertos por secuestros. Y debería, pienso, ser la muerte que más nos debería conmover y enfurecer: digo, porque son los primeros sujetos a cargo del Estado. Es el Estado el que decide encerrarlos, mantenerlos bajo su tutela, y los mata. Todas las otras muertes ocurren bajo su jurisdicción: pero las muertes en la cárcel son su responsabilidad directa, él es quien decide la ubicación de un montón de tipos en ese lugar y momento.

No debe haber sido casualidad que la Revolución Francesa haya empezado con la toma de La Bastilla, una cárcel. Las victorias sobre los símbolos son, en la revolución, más importantes que las victorias militares. Nunca la arbitrariedad estuvo mejor representada que en una cárcel de un gobierno monárquico y absolutista. La secularización, la legitimidad democrática, no tardó en suplantar un tipo de cárcel por otra, similar y diferente: más burocrática pero menos apelable, igual de arbitraria pero más abstracta y racional. No, las casualidades de la Revolución no existen, y destruir caprichos es una de sus tareas: quizás es hora de volver a tomar La Bastilla.


12/11/07

Un caballo en el placard

Lo que ocurre es que la memoria es selectiva. Y entonces he escondido este recuerdo en lo más hondo de mí: la represión de los miedos freudiana, el terror escondido en el fondo de un placard oscuro (y la metáfora nunca fue tan pertinente).


Mi familia, cuando yo era apenas un niño, tenía un departamento en Mar del Plata, que ya no tiene más. Por suerte. Todo era jolgorio en aquellas felices vacaciones: días de playa, tardecitas de peatonal, y noches de comer afuera. Hasta ahí la felicidad, recuerdos que marcan una niñez alegre. Pero luego de comer, luego del pre-sueño en la mesa del restaurant, luego de la siesta en el auto y la llegada al departamento, llegaba el tormento, el suplicio, un silicio incrustado en lo más profundo de la psiquis infantil.


El mundo, vayamos aprendiendo, está diseñado especialmente para que cuando todo es felicidad, un equilibrio inherente a él nos haga recordar que también hay que sufrir. El mundo es un desorden armónico, podríamos decir, una habitación que tiende a enquilombarse, aún cuando esos generadores de orden llamados humanos intenten poner la ropa en estantes, los libros en bibliotecas, los discos en cajitas. Un cuarto de adolescente rebelde: eso, después de todo, es el Universo. En una de esas, quién sabe, dios no es sino un pendejo de quince años que esconde marihuana en un cajón del mundo llamado Jamaica.


El desorden del mundo es inviolable. El desorden, parece raro, equilibra. La entropía permite que nunca te vaya bien en todo: que por cada cosa buena que te pasa, al mismo tiempo, otro pedazo de tu vida se desacomode. Que el éxito laboral sea síntoma de que en otro orden de la vida esté todo mal: eso es la entropía -metafóricamente- funcionando.


Porque si todo el día en Mar del Plata era felicidad, la llegada de la noche era una tortura, un sufrimiento a punto de ocurrir. Después de la playa, después de los fichines en Sacoa, había que irse a dormir. Y dormir es probablemente uno de los cuatro actos más placenteros del ser humano. Pero dormir con el caballo Mateo esperando adentro del placard para atormentarme en los sueños no era para nada placentero.


Digo que la memoria es selectiva, porque no puedo recordar si el caballo Mateo era un póster, o un muñeco de un caballo, o simplemente un producto de mi imaginación. Pero sí recuerdo a la perfección que, por alguna razón, se llamaba Mateo (y me asusta pensar que mi vida está marcada por nombres de apóstoles). Lo terrible de Mateo era que aparecía sólo en los sueños que tenía en Mar del Plata: y aparecía siempre, indefectiblemente, todos los veranos de mi niñez, en todos los sueños. Los otros monstruos con los que soñaba se alternaban, sin importarle la ciudad: la Llorona me podía aparecer en mi casa una siesta cualquiera; el perro que me corría cuando sacaba la basura podía caer un domingo a la noche durmiendo en lo de un amigo. Pero el caballo Mateo aparecía en Mar del Plata, todos los veranos. Y, además, no le importaba que estuviese durmiendo en la misma habitación con mis hermanos. El caballo Mateo desaparecía, al otro día a la mañana, cuando en un ataque de valentía hipócrita, con plena luz solar, abría el placard desafiándolo. Mateo sabía que ese era un juego que no debía jugar. Que, como en cualquier película de terror, la cosa era entre él y yo, que Mateo no se le aparecería a mi viejo a las nueve de la mañana. Su objetivo era que yo, además de sufrir con sus apariciones, aparezca como un demente a los ojos de mi familia. Para que, cuando él me atacara, yo me encontrara solo: que mi reclamo de ayuda verdadera, se confudiera con todos los precedentes falsos que él había conseguido, escondiéndose cobardemente a los ojos de los adultos.


Cuando la gente se vuelve grande no pierde el miedo. Lo cambia por otros. La capacidad de abstracción de los adultos vuelve los miedos mucho más aburridos, muy poco tangibles. El miedo de la niñez es mucho más concreto: es un caballo rompiéndote la cabeza a patadas. A la vez, es un miedo más fantasioso y creativo: es un caballo saliendo de un placard. La racionalidad de la adultez no me permite ni siquiera pensarlo: me hace preguntarme cómo habría llegado ese caballo al ropero, de qué viviría allí, por qué los demás no lo escuchan. Los adultos tienen miedo de cosas que no patean ni te comen, ni arrastran cadenas por techos de chapa. La gente adulta sueña temerosa con el futuro, mientras los niños sueñan con monstruos espantosos que se los devoran. Los que están en el medio, en cambio, sueñan con nostalgia aquellos momentos en los que podían soñar con caballos en el placard, y tienen pesadillas, todos los días, soñando con un monstruo que los empieza a perseguir y amenaza con comerse a aquél niño: el monstruo se llama Madurez y es un mutante horrendo.


3/11/07

Casi musulmán

Voy a confesarlo: yo casi fuí musulmán.

Hace más o menos un año, empecé a estudiar árabe (el idioma, no es que me hice odalisco). Nunca pude explicarle a nadie por qué: simplemente fui y en vez de anotarme para estudiar inglés, me anoté en árabe. Duré un cuatrimestre, y me sé tres o cuatro palabras (ojo, que me saqué un 9 en el examen final). No lo hice por convicciones religiosas. Ya hacía tiempo que había dejado de creer en el Mismísimo, y ese Mismísimo implicaba todos los dioses, los occidentales y los orientales. Pero mi viejo -segunda vez que lo nombro en este blog- creyó que yo me estaba volviendo musulmán. Y el tipo -o sea, mi viejo- es un demente de la lectura, y no importa sobre qué estés hablando, en seguida te recomienda algo para leer. O sea, vos podés estar pensando en el suicidio (che, que se entienda que es un chiste) y el tipo va y te baja toda la obra de Durkheim. Entonces, cuando empecé árabe, mi viejo me regaló el Corán. Así de loco está.

El Corán es un libro bastante parecido a la Biblia, con sus pasajes divertidos, categóricos y poéticos. Alá es mucho más poeta que el pragmático dios de los cristianos. Por ejemplo: "¡Profeta! ¡Combate a los infieles y a los hipócritas! ¡Sé duro con ellos! Su refugio será el Infierno ¡Qué pésimo porvenir! (...) Si vuelven de su error, será un bien para ellos: si se apartan, Dios los atormentará con un tormento doloroso en este mundo y en el otro: no tendrán en la tierra ni amigo ni defensor". Obviamente yo, y la mayoría de los que estén leyendo esto supongo, caemos dentro de la categoría de infieles. Pero si me van a condenar al Infierno, me gusta que lo hagan así, con énfasis, que me insulten con elocuencia poética.

La gente que estudiaba árabe conmigo no era normal. Había desde una chica lesbiana que decía que tenía visiones de que vivía en Medio Oriente, hasta un muchacho musulmán cuyo padre era un abogado budista y su madre una integrante del Opus Dei, y que una vez le pregunté por qué se había hecho musulmán, y me dijo que él no eligió nada: que Alá o Muhandas lo eligió a él.

No me hice musulmán porque me cuesta la fe: me cuesta aceptar una cosa que no puedo ver o probar. El apóstol Tomás, por ejemplo -que dicho sea de paso es mi nombre- fue uno que le contaron que Jesús había resucitado y él dijo que hasta que no le veía las marquitas de los clavitos de las manos no lo creía. Entonces vino Jesús y le mostró las manos con las marcas y le dijo: "dichosos de aquellos que pueden creer sin ver" (o algo parecido). Yo creo que cuando nací mi familia me vio cara de escepticismo y por eso me puso ese nombre. Por eso, y para que la gente haga el chiste estúpido de "Tomás...¿qué tomás?".

También me hubiese costado el tema del viaje a La Meca. A mí los amontonamientos de gente me rompen las bolas: no puedo caminar ni por veredas donde hay mucha gente adelante mío, y en cualquier boliche prefiero pararme a esperar que toda esa gente apurada pase adelante mío antes que soportar el dedito en la espalda. Además sería muy tentador gritar: ¡cuidado!, y provocar una avalancha con un saldo de varios muertos. A favor, los musulmanes tienen la vestimenta: yo vendería mi alma para poder andar de túnica por la vida. Sobre todo, en verano.


Demasiada gente (yo soy el de blanco)


Finalmente, no me hice musulmán. No tiene un buen marketing Alá. Por ejemplo, lo primero que le dicen a uno, es que hay que rezar cinco veces por día. Dicho así suena molesto, pero si pusieran: "Musulmanes, la única religión en contacto permanente con su Líder", sería mucho más atractivo y comercial. O, en el tema del ayuno, yo hubiera vendido así el Islam: "una religión que castiga la obesidad con arder en el Infierno". Incluso el tema de la poligamia, no creo que esté muy difundido y bien explicado: hacen falta más carteles de ActitudIslam.

Suelo fanatizarme por las cosas que me gustan. Tengo personalidad de estúpido, y probablemente si hubiera sido musulmán, este blog se llamaría Muerte a América. Si me hubiese hecho musulmán sería fanático, tal vez un poco terrorista. Quizás haber nacido en épocas en que jugarse la vida por una idea es un poco anacrónico no favoreció el hecho de que me haya vuelto musulmán, porque todavía no creo que inmolarse sea una gran solución para nada. Jugarse la vida es, también, jugarse por la vida (aunque, a veces, muriendo). Me gusta más la idea de sacrificarse en vida para disfrutar de la vida, que cargarse una mochila de dinamita para llegar a un paraíso donde te esperan no sé cuántas vírgenes.


29/10/07

La angustia de Mozart

Angustia es el nudo en la garganta cuando escuchás la Misa de réquiem de Mozart: probablemente, el disco más rockero de la música clásica.

Paradójicamente, yo tengo el mejor de mis recuerdos con ese disco. Mi viejo se lo regaló a mi vieja cuando ella estaba enferma: mi viejo tiene el menor de los sentidos del tacto, y a mi vieja le daba mucha risa eso. Un talibán de la música clásica, mi viejo piensa que sólo la música clásica es música, y todo lo demás es ruido. Y que un disco de réquiem, de entierro, de muerte, sostiene la misma belleza que un canto a la vida; que la música, aún la de la muerte, puede ser tan maravillosa, bien compuesta y ejecutada, como cualquier elogio de la felicidad. A mí esa idea me gusta.

No sé mucho de música clásica y eso es aliviante, porque me saca de muchos prejucios, me permite escuchar a tipos que para los melómanos son incompatibles. Tal vez el réquiem de Mozart sea el disco que más veces haya oído. Es un disco sobre la muerte, tal vez, y es angustiante escucharlo: pero la angustia tiene demasiada mala prensa, y yo creo que, en el fondo, es inspiradora y necesaria. Que las mejores cosas se han escrito, dicho, pintado, esculpido con una sensación de angustia. Y quizás la angustia ante la muerte sea la peor, la que nunca se alumbra con la esperanza, y a veces cuando uno escucha ese disco de Mozart piensa en todo eso al mismo tiempo, y la angustia del compositor -aún peor: la angustia de un joven compositor- se vuelve tan evidente que conmueve.

La Misa de Réquiem de Mozart me habla siempre. Es raro. Es como esos cuadros que mueven los ojos para donde vos vayas, y te miran desde donde los mires. Me trae recuerdos, sí, pero también habla de ahora. Y te torna cualquier situación angustiosa, en un poco más trágica: hace de la penumbra una oscuridad absoluta. Mozart sabía que escribía para angustiar, y tal vez sacrificó su vida, vivió rápido, murió jóven, para darle a su música ese sentido de lo trágico que semejante biografía sólo podía darle. Quien escribe sobre la muerte sabe, siempre, que está tocando a otros seres humanos en un lugar que preferimos evitar para poder seguir creyéndonos el sentido de vivir. Mozart invitó a la humanidad a preguntarse sobre la muerte de la manera más increíble que yo escuché en toda mi vida, a mirarla a los ojos y descubrir una belleza que enceguece, que aturde y espanta, pero que atrae.

Esto no es una crítica musical, porque jamás podría hacerla. Pero sí digo que es un disco que hay que escucharlo con angustia, no para superarla sino para sentirla: para que la angustia queme por dentro. Hay que escucharlo cuando todo sale mal, esos días que nada tiene sentido, los momentos donde todo se está arruinando, y vos ves cómo tenías la felicidad ahí, a una estirada del brazo, y por no estirarte se corre cada vez más, se aleja, se la lleva una corriente imposible de navegar, furiosa, inalterable. Yo creo que frente al tedio de la vida cotidiana, ante el hartazgo de la repetición, la angustia es un sentimiento que te devuelve a la vida, que te hace sentir vivo, aún destruyéndote. Porque cuando la angustia llega, aunque este sea un elogio de ella, no hay posibilidad de disfrutarla: es todo sufrimiento, y es en ese sufrimiento donde nos sentimos tan humanos. Pero ese sentimiento de humanidad no alivia las quemaduras que nos produjo la angustia: no la alivia porque la angustia siempre vuelve, porque la característica de ese nudo en la garganta es que no permite disfrutar nunca de la felicidad. La angustia es como la muerte: es porque ambas existen por lo que no todo es felicidad, por lo que cualquier momento de felicidad es transitorio, y la vida es mucho más interesante así. La felicidad permanente es un absurdo que yo no quisiera vivir, porque no hay felicidad verdadera, la breve y efímera, si no hay posibilidad, mañana, de que todo termine.