4/4/10

La Sociedad de los Poetas del Orden.

Cuento N°16 de "El amor en tiempos del kirchnerismo".


La Sociedad de los Poetas del Orden.

Dejé de ser profesor de escuela secundaria en el verano de 2007, después de un año que terminó con mis ilusiones y mi esperanza en la juventud maravillosa. Tengo que decir, a riesgo de pecar de soberbia, que yo fui de esos profesores que dejaron una huella, que los alumnos elegían para que les entreguen el título en la ceremonia de fin de año, de los que dejaban tomar mate en clase y de los que, de vez en cuando, daban clases en el parque del colegio. Cercano al estereotipo del profesor buena onda, que permite a los alumnos que se califiquen a sí mismos, pero exigiéndoles a los pibes cierta rigurosidad. Mi capacidad de motivar a los que llegaban en marzo con cara de resaca navideña era absoluta: jóvenes cuyo sueño era terminar la secundaria para ser playeros de estación de servicio y comprarse la play, terminaban en diciembre soñando ser grandes poetas. Les enseñaba a pensar por sí mismos, a leer sólo aquello que les interesaba, a soñar con cosas imposibles y a hacer todo lo posible para conseguirlas.

Pero el año 2007 fue distinto. Mi discurso de inauguración ya estaba más o menos aceitado: les hablaba de la importancia de soñar, de pensar por sí mismos, de no obedecer acabadamente las órdenes de los adultos, de desafiar aquellos límites que les coartaban sus ansias de volar. Generalmente, el discurso terminaba con un emotivo aplauso de los jóvenes y la certeza en sus ojos de que yo sería “El profe” durante todo el año. En el 2007, mi último y frustrante año en el colegio, eso no ocurrió. Después de mi apasionada defensa de la juventud, el núcleo duro de ese curso, unos diez pibes -mitad mujeres y mitad varones- que se sentaban en el medio, cruzaron sus brazos al unísono y no emitieron palabra. El resto, por capacidad de conducción de ese núcleo, los acompañó. Ante cada pregunta, respondían lo que el libreto académico de los adultos les marcaba, y en vez de ser “El profe”, continué siendo, para esos diez, el Sr. Orellano. Un día, mientras les preguntaba qué querían hacer con su futuro, uno alumna me dijo que quería ser abogada laboralista, y por primera vez pensé que debía extremar los métodos.

Al día siguiente, le ordené a los alumnos que leyeran el texto de Thoreau, “Walden, la vida en los bosques”, para discutirlo en clase. Eso no podía fallar, tenía que tocarlos en algún lugar de su juventud: Walden se iba al bosque, harto de la vida en sociedad, y eso debía conmoverlos. Cuando sonó el timbre para entrar a clase, noté la misma postura en cada uno de ellos. Por un momento, hasta deseé que no lo hayan leído: un acto de rebeldía, algo que me indique que estaban vivos, al menos, por dentro. Le pregunté a uno de ellos, y contestó que sí, que lo había leído. Luego, bajó la vista. Me acerqué hasta su banco para exigirle que me de su opinión sobre el texto.

- Está bien -contestó, desafiante.

Cuando volvió a bajar la vista, me di cuenta de que había algo que no decía. Le dije que no mire al autor, que se olvide de la poesía, le ordené que me hable del protagonista, le pedí que me diga qué pensaba de Walden.

- Con todo respeto, profesor Orellano, Walden es un pelotudo. Un pelotudo y un cagón.

La verdad es que, alguna vez, había reprendido a un alumno por utilizar malas palabras. Ahora ese insulto desafiaba las estructuras y, por primera vez, alguno de ellos parecía decir algo que se parecía a un sentimiento. La palabra pelotudo le había salido de adentro.

- Es muy sencillo, profesor Orellano. A mí también me gustaría irme a los bosques “a vivir deliberadamente”, criticar la civilización y el apresuramiento de la nación. Yo también quisiera sentarme en un árbol bajo el bosque a escribir que “los hombres piensan que es esencial que su nación tenga comercio y exporte hielo y hable por telégrafo y viaje a treinta millas por hora”; yo también, profesor Orellano, quisiera insinuar que lo importante no es construir ferrocarriles sino extraer la médula de la vida -dijo, con una retórica impecable y un conocimiento exquisito y fulminante del texto.

Comencé a elogiar su postura irónica, la manera en que había succionado el espíritu del relato, cuando me interrumpió:

- Pero, ¿sabe qué?, esa postura que simula rebeldía, es en verdad un individualismo cobarde. Walden no se va al bosque: se escapa al bosque porque le teme a la tarea humana de construir un orden. Walden preferiría ser una ardilla o un pájaro que acompaña sus lecturas, porque así no tendría responsabilidad. Cantaría por instinto o construiría una represa, como un castor, porque su naturaleza se lo dicta. Pero cuando Walden tiene que construir una represa como infraestructura para la vida ordenada en sociedad, entonces se escapa al bosque a decir que la nación vive muy rápido y que él prefiere “pescar en el cielo” (y, luego, hipócritamente, edita sus libros y los vende en esa sociedad que vive muy rápido: yo detesto a los hippies, pero respeto más al que come sus propios rabanitos que al que critica a los funcionales al sistema en la cola del Coto). Yo, señor Orellano, veo más poesía en el hombre que piensa que la nación debe tener comercio y exportar hielo: Goethe habrá escrito muy lindo, pero el gran poeta alemán se llamó Otto Von Bismarck, y construyó un Estado.

Fue una de las pocas veces en las que un alumno me dejó en silencio. Mi condición de profe progre y buena onda siempre me dejaba la alternativa del humor, para aquellos casos en donde no podía dar uno de mis sermones favoritos acerca de la necesidad de pensar por sí mismos. El alumno había sido tajante, y no quise seguir preguntando a riesgo de confirmar algo que, con el tiempo, efectivamente confirmé: todo el curso pensaba en términos similares. Me quedaba una última carta por jugar. Ahí llamé al núcleo duro de los diez pibes y les conté mi propia experiencia en la secundaria: un grupo de jóvenes que nos juntábamos a leer textos clásicos, a componer nuestros propios sonetos, a compartir los primeros cigarrillos y bebidas blancas, en una casa abandonada a seis cuadras del colegio. Sí, la idea era trillada y definitivamente saqueada a la película “La sociedad de los poetas muertos”, pero en el momento sentí que era la única forma de sensibilizar a ese grupo de proto-burócratas inconmovibles que me tocó enseñar en el 2007. Cuando les hice la propuesta, los jovenes se miraron entre ellos, me preguntaron si debían hacerlo para aprobar la currícula, y aunque les dije que no, llamativamente dijeron que lo harían. Todos los viernes a la noche, se juntarían a leer textos que los inspirasen, a discutirlos y llenarse de poesía.

Durante las primeras semanas, entendí que era una experiencia que debían pasar por sí mismos, pero al verlos con la misma frialdad durante el transcurso de las clases (un día les arrojé como consigna llevar a clase el libro que más los conmoviera y uno llevó el reglamento de la Cámara de Diputados), decidí que iría a ver en qué andaban. Llegué a la casa abandonada mientras la sesión de mis alumnos ya había empezado. La estética era similar a la que utilizábamos en nuestra juventud, y el hecho de ver a uno de ellos al borde las lágrimas me llenó el corazón de alegría. Me acerqué unos metros más por el techo de la casa para escuchar qué era lo que conmovía tanto a mis alumnos e inmediatamente quien llevaba la lectura apoyó el libro sobre la mesa, junto a la única vela que los alumbraba. Desde allí, pude verlo: “Memorias del incendio”, de Eduardo Duhalde. Sentí un puñal clavado en el pecho, sentí que por primera vez estaba ante jóvenes que habían nacido sin corazón, y sentí una voz que retomaba la lectura. Uno de ellos apagó la única vela, puso una linterna alumbrando su cara desde abajo, y dijo: “voy a contarles una historia de terror”. Experimentó algo de alivio, pues esos jóvenes conservaban, pensé, el espíritu infantil de temerle a cosas extraordinarias.

- Voy a contarles una historia de terror: la historia de un país que, en el 2001, no tenía Estado -dijo uno con voz macabra, mientras otro saltó por la ventana al grito de “¡No, anarquía no!”. Tiempo después me enteraría que ese que salió corriendo se metió a una comisaría a abrazar un policía, para sentir pornográficamente al Estado, después de semejante susto. Pero la sesión en la casa abandonada seguía, y otro tomó la linterna para continuar con una historia de terror: “yo -dijo el joven -les voy a contar una historia truculenta acerca del 2001: el día que fui a una asamblea barrial”. Los otros comenzaron a temblar y uno cerró los ojos bien fuerte, como si con eso pudiera dejar de escuchar e imaginar semejante escenario tétrico. Cerraron la noche, para terminar de asustarse, con el capítulo de Memorias del incendio que cuenta el momento en que Juan Pablo Cafiero no puede organizar las fuerzas de seguridad por falta de pilas en los handys, y uno de ellos sufrió un desmayo.

Ese día llegué a mi casa y volví a leer a Thoreau, como un hombre que degusta un vino luego de ser apuñalado en el esófago: sin sentir nada. Esos pequeños escépticos me habían quitado la fe en la juventud, y al día siguiente me reuní con el director del colegio para decirle que, a mis cuarenta años, pensaba en retirarme de la docencia. Le comuniqué a mi curso mi decisión de retirarme, y ninguno simuló reacción alguna. Cuando me iba hacia mi auto, uno de ellos me tomó por el saco y me agradeció por la idea de las reuniones de los viernes. Mientras me iba, con la cabeza gacha, terminó de rematarme:

- Eso sí, profesor Orellano, tramitamos un permiso y las vamos a hacer acá en la escuela. Nos parece que juntarnos en una casa abandonada, además de ser una invasión innecesaria de una propiedad, es simplemente una postura. A estas cosas, profe, hay que institucionalizarlas. Sino son sueños...y nada más.

5 comentarios:

Lic. Baleno dijo...

Con esos pibes inteligentes dan ganas de volver a enseñar... y acaso aprender.

Anónimo dijo...

clap clap clap. Muuuuy bueno.-

Martín Espinosa dijo...

Excelente texto. La parte del libro de Duhalde me hizo reír mucho.

Saludos

Anónimo dijo...

Muy bueno, incluso realista. Como "profe" del CBC en avellaneda,me suelen suceder cosas similares. Pero sin coherencia. A veces yo soy la voz poetica del orden, muchas veces son ellos los jovenes conservadores. Eso si, al Estado no lo valoran (es eso feo y malo que gobiernan los peronistas). Segun ellos la democracia es que los negros voten a los peronistas por un chori (relato que repiten todos los cuatrimestres). Y el orden es todo lo que sirve para consumir tranquilos, todo los que atenta contra el consumo es anarquico y subersivo. Recuerdo las caras de espanto cuando les conte que en Mayo del 68 los franceses sublevados puteaban en contra del confort capitalista y el consumismo. Fue shockeante para ellos enterarse que a alguien se le ocurriera estar en contra del aire acondicionado.
un docente peronista.

javier dijo...

"(un día les arrojé como consigna llevar a clase el libro que más los conmoviera y uno llevó el reglamento de la Cámara de Diputados)"

genio.