15/4/10

La Milagros Tancia

Cuento número 17 de "El amor en tiempos del kirchnerismo".


La Milagros Tancia.


"No pienses que debemos pintar los ojos de una estatua de
una manera tan hermosa que dejen de ser ojos, y de igual modo
las demás partes del cuerpo; piensa, más bien, que si damos a cada parte
el color que le corresponde, haremos hermoso el conjunto".

La República, Platón.

Teníamos un equipito lindo. La solidez defensiva era nuestra marca registrada: cuatro pilares en el fondo y un tipo que no atajó en primera porque no quiso salir del pueblo. Todas las veces que viajó, fue por partidos, y no recorría casi nada. Una vez ganamos el interprovincial, con uno de los goles más lindos que yo vi hacer en mi vida: Peralta, un enganche zurdo, habilidoso y, por lo tanto, lagunero como pocos, metió un caño de los que hacen ruido al cinco de ellos, saltó una patada criminal del líbero y la mandó en cortada para el nueve nuestro, el gordo Fresa, que definió con derecha al ángulo contrario como venía, sin pararla. Nunca había visto que la pelota pudiese quedar colgada del lugar donde quedó. Entre el palo y la red. Capaz fue una señal divina, quién sabe. Podría, el Barba, avisar mejor.

Porque fue ahí cuando por primera vez nos hicimos sentir. Digamos que era natural que pasara: somos, dentro de la provincia, un pueblo más bien pequeño y ganamos un título interprovincial. La euforia duró varios días, pero lo más llamativo fue el nivel organizacional de las tribunas: las banderas, los bombos, el reparto de lugares. Estaba naciendo, en el tablón de nuestro club de fomento, un proto-Estado dentro de nuestro, ya, proto-Estado pueblerino.

Después el equipo bajó un poco el rendimiento. Es cierto que la defensa se mantuvo, pero el cinco que teníamos tuvo un accidente en la cosechadora y le tuvieron que cortar la pata. La hinchada que se había formado fue al hospital a esperar el resultado y cuando el médico salió a decir que iban a cortarle la pierna, lo cascotearon. Ese año el equipo venía flojo, pero con Peralta de enganche y el gordo Fresa arriba nos la rebuscamos y llegamos a la final. Los periódicos locales empezaban a cubrir el fenómeno de nuestra hinchada, la más colorida, la que más gente llevaba, la única que cantaba todo el partido. A veces creíamos, y a veces era verdad, que las hinchadas rivales llevaban más gente porque iban a vernos a nosotros. A nosotros: la hinchada. Nosotros ya no era nuestro equipo: había un problema ahí, y no lo vimos.

Esa final la perdimos, 1 a 0 de locales, con un penal a los ´86. Evidentemente, el referí había decidido que ese era su último día de vida, y nos pareció justo respetar esa decisión. La policía lo sacó por el portón del fondo, pero era cierto que la mitad de la policía también era de la barra. Así que perseguimos el auto de Ghidonne, el referí, hasta la ruta para, sencillamente, cumplir su deseo de morirse. La que manejaba uno de los autos justicieros era Milagros Tancia, la mujer del juez de paz del pueblo. Milagros era una tipa con carácter y convicciones, y se había ganado un lugar dentro de la barra. Tenía, sin embargo, una interna con Varela, un ex-guitarrista de tango que se vino de la Capital al pueblo. Ese día la interna la ganó Varela, gracias al arrojo, paradójicamente, de Milagros Tancia: ella se adelantó al auto del referí para advertirle, a punta de pistola, que se arrojara a la banquina, y no vio el Scania que venía de frente.

Varela era un tipo vivo, y fue al entierro de Milagros y dijo algo de que un viejo adversario despedía a una amiga o no sé qué, y llevó el cajón enfundado con la bandera del club, junto a otros tipos de la hinchada, hasta el cementerio. Ahí se le ocurrió a Varela: había que bautizar a la hinchada. El equipo jugaba cada vez peor, hay que decirlo. El cinco que trajeron era malísimo, Peralta se puso de novio y entrenaba poco y nada, y al gordo Fresa había que irlo a buscar a todos los cabarets de la zona una hora antes del partido. Pero la hinchada era una cosa cada vez más aceitada, con mejores cantos, más banderas y un aguante extraordinario. El trapo que decía La Milagros Tancia salió en un diario deportivo de Buenos Aires. La verdad es que el equipo no importaba demasiado, y había partidos que ni siquiera los mirábamos: colgados del paravalanchas -totalmente innecesario en una cancha de un pueblo, pero que nos daba aires de primera- en lo único que reparábamos era en nuestra tribuna.

De manera que cuando el equipo empezaba a sufrir por los pocos puntos que tenía, la cosa se puso caliente. En la provincia no había descenso: salir último era quedar desafiliado de la liga por un año y jugar un torneito local denigrante. Los muchachos de La Milagros Tancia nos acercamos un día al entrenamiento a pedirle al equipo un poco más de actitud. Pero los partidos pasaron y el equipo no respondía. Después de un 0-2 de local contra un equipo subalimentado, La Milagros Tancia decidió tomar cartas en serio en el asunto. Varela fue al entrenamiento y le pidió a Peralta que baje a jugar de cinco, que había que marcar. Al gordo Fresa lo pusimos también un poco más abajo y dejamos un sólo delantero: un pibe de La Milagros que en su vida había tocado una pelota, pero que tenía tanto amor al club y a la hinchada que nos pareció que con eso alcanzaba. Bueno, no. A Peralta no lo pasaban como alambre caído porque al alambre caído por lo menos se le tiene más respeto; el gordo Fresa agarraba la pelota en la mitad de la cancha y se quedaba sin aire de solo pensar en llegar hasta el arco, y el pibe que pusimos nosotros, adelante, hubiera influido igual en el desarrollo del juego que si se quedaba en la casa. Ahí el diagnóstico de Varela fue que faltaba aguante. Al gordo Fresa, como era amigo, le dimos una chance más pero lo pusimos un poco más abajo a marcar. Peralta era un pecho frío y lo mandamos a la tribuna de La Milagros para que se curta un poco. Al pibe nuestro que jugaba adelante lo dejamos, porque dentro de todo ponía mucha actitud, aún desconociendo las reglas del juego.

A fin de año la mitad del plantel estaba en La Milagros Tancia, bancando las banderas. Nos salvó del descenso que teníamos rivales muy malos, tipos que se hacían goles en contra, o que cuando la tenían picando en la puerta del área la colgaban del alambre. Tal vez nos excedimos al año siguiente, cuando veíamos que el técnico no estaba comprometido lo suficiente con el club, y Varela lo mandó a sostener la bandera de Milagros durante el partido. Los jugadores esperaban indicaciones pero el jefe, Varela, no lo dejaba hablar si no era para cantar algunas de las canciones. Peralta se pudrió un día y dijo que él quería jugar al fútbol en vez de tocar el bombo, y se vendió al club rival donde lo dejaron jugar a la pelota (un tiempo después, Peralta terminó jugando en un club de la B Nacional). La Milagros Tancia discutió si ajusticiarlo y terminó por emitir una declaración a través del Concejo Deliberante -que la Milagros controlaba- de ciudadano no grato y traidor a la causa del club.

Ese año sí salimos últimos y nos desafiliaron de la liga. La Milagros Tancia se tuvo que disolver porque no tenía por qué hinchar. Hubo momentos en que Varela pensó en volver a armarla para esperar a que el club vuelva a la liga, pero nadie le dio demasiada bola. En el bar del pueblo, Varela se emborracha desde las dos de la tarde y cuenta las historias de cuando él era el más hincha de todos. Los pibes se le ríen bastante, y a veces fomentan discusiones entre viejos por La Milagros Tancia. A Varela, en el fondo, le gusta.

Extraña aquellos tiempos donde podía correr con el militanciómetro.

2 comentarios:

bahia ruge dijo...

Buenisismo el blog!!!!

Hermanos Dios (Mayor) dijo...

Genial, che. Me conecto con la ficción de Soriano, quizá por el aire pueblerino que flota en la narración, y el fútbol, claro.

Y está muy buena la mención al militánciometro, una práctica que no aporta absolutamente nada, sólo humo y vanidad.