2/3/11

Acerca del ultrakirchnerismo


Son, los Dentistas, odiados por el común de la gente. Hay tres cosas que nos dan pánico del dentista. Comparto con Borges, en primer lugar, un profundo temor, un respeto humillante por el dolor físico. Me parece lo más terrible que le puede pasar a una persona, y quienes dicen que lo último que debe perderse es la dignidad, nunca se dieron de noche el dedito chiquito del pie contra la punta de la mesa, ni tuvieron otitis. Lo último que se pierde son los resguardos contra el dolor físico. No quiero generalizarlo, quizás se trata de una simple cobardía individual, pero temo que es una cuestión instintiva. Yo, compañeros, estoy dispuesto a perder todas y cada una de mis dignidades por miedo al dolor físico.

Hay un segundo temor que forma parte del primero, y tal vez es lo único que supera el pánico al dolor físico: el momento previo a ese dolor. La angustia que provoca la certeza de que en pocos minutos uno va a padecer una situación dolorosa. Dentistas sádicos tienen la morbosa delicadeza no sólo de torturarnos, sino de multiplicar la tortura, avisándonos. El infierno, intuyo, debe ser así: una amenaza eterna. Una suspensión ininterrumpida de avisos de dolor. Debe entrar un vago, cada quince minutos, a decirte que en quince minutos te van a torturar. Y así, cada quince minutos, por el resto de los tiempos.

El tercer miedo al dentista es más terrenal, menos terrorífico. Es el miedo a tener que confesar nuestra desidia en términos de cuidado dental. La vida moderna es así, y sólo los musulmanes logran mantener una rutina que exige cuatro momentos del día. A cambio, los musulmanes reciben el Paraíso; el Dentista, por cierto, nos exige dedicarles a ellos cuatro momentos de nuestras vidas a cambio de no morir de sufrimiento. Es demasiado poco. Los Dentistas lo saben, y nos atormentan con ello, con nuestra debilidad. El momento de esa confesión es trágico e inevitable. Si fuéramos valientes, nos atreveríamos a confesarles, dentistas, la verdad.

Les diríamos lo siguiente. Les diríamos, Dentistas, que al contrario de lo que piensan ustedes, para el resto de la población los dientes son un hecho concreto dado y no una responsabilidad. No queremos saber de causas ni de consecuencias: están ahí, los cepillamos tantas veces como podemos y nos acordamos. Nos gusta el altruismo del diente, y la mejor dentadura es, como el referí, aquél que no da señales de existencia y cumple su función. Sabemos que es injusto, pero es así, y en estos años hemos mejorado. No llevamos con nosotros el cepillo a todas partes. Está en casa, lo vemos de noche y a la mañana, y aunque pudiéramos, no lo llevaríamos todos lados. Es incómodo. En el fondo, es obvio que tienen algo de razón. En términos de costo-beneficio, si nos cepilláramos siempre, nos evitaríamos algunos disgustos. Pero a veces tenemos ganas de quedarnos dormidos. A veces tenemos que trabajar, y no encontramos un lavatorio donde desplegar el arsenal de objetos necesarios para efectuar esa limpieza que nos exigen.

Son muchos. Son muchos los que les encantaría poder hacer más por sus dientes, y les da hasta ahí. Aplaudan eso, feliciten más, dentistas. No les vamos a pedir que abandonen la tarea de concientizar. Solamente les pedimos que dejen de creer que la población está compuesta por dentistas: están, ahí afuera, los pacientes. Tipos que los alimentan, además, a ustedes. Si no fuera por nuestra desidia, a veces nuestro desinterés culposo, ustedes no tendrían la elogiosa tarea de conducir esta parte específica de nuestras vidas. Compañeros dentistas, les estamos diciendo eso: hay muchos, muchísimos, para los cuales los dientes son, apenas, una parte de sus vidas. Que a veces cobra importancia, y otras veces se pospone. A veces tenemos ganas de continuar la sobre mesa. Algunas veces, incluso, por qué no decirlo, nos agarra una fervorosa disciplina dental, y mantenemos unos meses los dientes más blancos que cualquier publicidad. Pero otras veces nos volvemos a olvidar el cepillo en casa. Sabemos que está un poco mal. Sepan ustedes que nunca, nunca, vamos a vivir en una sociedad de obsesivos de la limpieza dental. Por eso, no paren de laburar ni de cumplir su tarea nunca.

Pero no nos humillen por no ser como ustedes, porque nosotros también queremos hablar con los pacientes. Entiéndannos, porque estamos todos juntos en esto.

No sean más dentistas que el Papa.

9 comentarios:

santix dijo...

Salio bien Silvana Giudice en la foto. :-D

Diego F. dijo...

"los dientes son un hecho concreto dado y no una responsabilidad"
Firmo abajo!

Una recomendación para no hacer en situación de diente mocho, previo a la consulta dentística, sería no mirar la película El Dentista.
Como siempre genial Tomás!
Abrazo

Anónimo dijo...

Conti , crema blanqueadora.
Impecable, como siempre
Abrazo
MFM

Emi dijo...

el dentista es polino

Emi dijo...

y el dentista es Polino

Vicky dijo...

Les aseguro que mi mamá me corrió toda la vida con el dentista y el cepillo...hasta casada ya, me revisaba la boca cual caballo de carreras...no obstante lo cual tengo una dentadura de porquería...nada de lo hecho hasta mi adultez sirvió más que para torturarme física y moralmente. Así es que rompí las cadenas odontológicas que me mantenían dentro de la civilización y me tiré a chanta...los cepillos me duran una eternidad y soy más feliz...

Anónimo dijo...

Tomi:You´re a antidentite, no lo niegues!!! Paula

negro dijo...

si la parábola iba para el lado de la ultima barcelona, fue genial...

javier dijo...

no sean mas dentistas que el papa!