20/8/07

Mi pobre angelito

El día que me recomendaron "Mi pobre angelito" me dijeron: "es la historia de un pibe que en Navidad se le va toda la familia de viaje y él se queda sólo en casa". Pensé, en ese momento, qué tenía de pobre el angelito. El angelito tenía la casa sola y eso, en mi vida, siempre fue una gran noticia. A Macaulay Culkin le ingresan dos delincuentes a la casa. Cuando yo, o algún amigo, tenía la casa sola, seguramente, entraban más de dos delincuentes. Y nunca se nos ocurrió llamarnos angelitos, y mucho menos, creernos pobres desgraciados por ello.

A Macaulay Culkin le dejaban la casa sola
bastante seguido, y quedo así


A los diecisiete años el hombre es feliz. Es la edad justa para experimentar la felicidad: ninguna preocupación por el futuro, necesidades básicas satisfechas -techo y comida-, escaso tiempo como para haber arruinado del todo la vida, y un momento de felicidad durante el año asegurado. Ese momento se desarrolla en el mismo instante en que vuestros padres os informan: ´´el fin de semana que viene nos vamos a X (el lugar no importa), ¿venís?´´. Ahí sí. La expresión de felicidad en el rostro es rápidamente reprimida: uno no debe jamás demostrar satisfacción ante la noticia. Lo mejor es dejar que la procesión marche por dentro. Por fuera uno pone cara de preocupación (juntando los dientes y suspirando para adentro) e inventa alguna excusa, sin demasiados artilugios: me quedo a estudiar, por ejemplo, no sirve. Estás hablándole al tipo que te concibió, sangre de tu sangre, a la mujer que te llevó en sus entrañas. No es fácil mentirle a esa gente. Lo ideal es, tal vez, llevar una fingida importancia por algún deporte. ´´No, me quedo porque tengo un torneo de paddle´´, es una buena mentira, y toda familia tiene alguna paleta dando vueltas, que uno puede, en determinados momentos, olvidar conscientemente sobre la mesa, como aportando elementos materiales a la coartada.

En general la noticia nos encuentra un miércoles por la tarde, a más tardar jueves. Es por eso que uno llega al viernes con una especie de excitación interna a punto de estallar. Pero la expectativa de un fin de semana con la casa sola es motivo suficiente para desarrollar una capacidad al borde de lo zen para no transmitir nada. Y, ojo, uno no odia a los padres, al contrario. Pero es evidente que hay cosas que, por mero pudor, uno no hace frente a ellos. Nadie tiene la confianza suficiente para vomitar vodka delante de su madre.

Pero ese fin de semana con la casa sola es como darle a una sociedad totalitaria un día de anarquía.

El miércoles, al enterarse, uno le avisa a sus amigos de confianza. Los miércoles uno es una persona responsable, que espera descontrolarse todo lo posible dentro de unos límites, por ejemplo, manteniendo la estructura de la casa en pie.

El problema es cuando el jueves tus amigos de confianza le avisaron a otros. Y esos otros a otros.

El gran problema es el viernes cuando, incluso vos, comenzaste a avisarle a cualquier desconcido por miedo a pasar todo el fin de semana solo en casa mirando el programa de Julián Weich. El hiper problema ocurre cuando te das cuenta de que le avisaste a demasiada gente. El síntoma de que te fuiste al carajo es cuando la puerta ya empieza a quedar abierta. Cuando entran y salen personas que nunca antes viste en tu vida, y cuando esas mismas personas empiezan a darle a los elementos de tu casa un nuevo funcionamiento. La maceta de la planta de mi vieja no es cenicero; mi perro no es un alcohólico capaz de beber más de dos tapitas de whisky; la paleta que está arriba de la mesa era para mentirle a mi madre, no para que improvisen una final de grand slam en la diminuta cocina; y el osito de mi hermanita menor, de eso estoy seguro, no es para lo que ahora lo están usando.

Eso, el viernes.

El sábado a la mañana uno se levanta compungido. Es lo más cercano a un sentimiento de culpa que uno experimenta a los 17 años. Más culpa que eso, a esa edad, sólo se experimenta en un choque donde destruiste el auto, o un embarazo. A los primeros dos que se durmieron en la bañera uno los levanta con respeto, con un dejo de admiración por el hecho de haber vomitado en un lugar que, si no es su función natural, al menos tiene un desagüe. Por ejemplo, el lavarropas no tiene cañerías, pero tiene un sistema de desagote. La cama, en cambio, no presenta ningún sistema sencillo de limpieza natural, y al que regurgitó en la cama uno no puede más que aprovecharse de su estado de embriaguez y golpearlo. Lo difícil es juntar botellas y limpiar vómitos con resaca: no tanto por el dolor de cabeza, sino más bien porque cada olor recuerda a bebida, y cada bebida despierta en el cerebro una función que, si hubiéramos comido algo en las últimas 18 horas, nos haría vomitar. Por suerte eso no pasa. Yo estoy convencido de que, cuando uno es feliz, no come.

El sábado entrada la tardecita comienzan a caer los primeros rehabilitados de la noche anterior. El tema es, inevitablemente, la noche anterior. Hay toda una corriente filosófico-lingüística destinada a estudiar la manera en que los hombres ´´nos decimos a sí mismos´´, ´´nos contamos´´. Yo creo que una de las experiencias más increíbles del humano es juntarse con los amigos que estuviste la noche anterior a tratar de reconstruir, entre lagunas mentales, qué fue lo que realmente ocurrió.

- ¿A qué hora te fuiste anoche?
- No, vengo de la pieza de tu hermana...me desperté ahí hace un rato
- Ah...¿vos fuiste el del oso?

Nadie sabe muy bien qué pasó. Es que la verdad, se sabe, es sólo una cuestión de perspectivas.

- Che...quedó una cerveza de anoche.

Puta madre. Uno lo sabe, pero es un idiota en el fondo. La casa ya es, al menos, un lugar habitable. Es cierto, sí, que han quedado lamparones en la pared, sillones agujereados con cigarrillos, ropa íntima en lugares inadecuados. Ya es sábado por la noche, y el plan era salir de la casa, dejarla que respire (no hay peor olor que la fermentación de diversas bebidas mezcladas con humo de tabaco). Pero es tan tentador. Una sola cerveza. Peor sería tirarla, porque dejarla ahí en la heladera haría sospechar de que ahí ocurrió una fiesta. Es un crimen. Pero también uno sabe que abrir una cerveza es sólo el primer paso a ir hasta el almacén de la esquina a comprar otra. En realidad uno manda un amigo, porque la vieja del almacén siempre le cuenta a tus padres: es como una abuela con cama afuera, que encima tiene el monopolio de la cerveza. Y peor si llegara a caer alguno que no vino a la fiesta, que encima venga en auto, y agarre unos envases y vaya hasta el supermercado más grande donde hay una promoción de una cerveza intragable a treinta y tres centavos menos. Una cerveza en la heladera es una mecha conectada a un barril de trotyl sobre el que estamos sentados; la punta de un iceberg al que dirigimos nuestro Titanic. Y, sin embargo, la abrimos. Hay momentos en la vida en que la conciencia de las consecuencias nefastas de un acto no alcanzan para evitar la estupidez.

Cuando a las tres de la mañana te encontrás borracho meando en el ligustrín de la vereda de tu casa, en ese segundo, te das cuenta que sos un estúpido. Miras a tu casa absolutamente desbordada, y lo ves con total claridad. Sos un estúpido, pero corrés hacia adentro para no perderte nada: sabés que son tus últimos momentos de felicidad antes de la mierda de la adultez responsable.

Este tipo Dios no era ningún boludo. Creó, creó, creó seís días y el domingo se quedó pancho descansando. Un joven de diecisiete años tiene tres días la casa sola, la destruye en dos noches, y al tercer día en vez de un merecídisimo descanso uno tiene la responsabilidad de dejarla en buenas condiciones. Bien podría dejar todo como está: la mancha roja en el tapizado de la cocina, los vasos por los lugares más recónditos de la casa, documentos de algún desprevenido, la extraña modificación del lugar habitual de los muebles (es extraño, pero luego de dos noches de fiesta adolescente los muebles adquieren la particular cualidad de movilizarse). Y, sin embargo, uno no acomoda todo por la culpa. Es más bien una inversión a futuro. Si nuestros responsables a cargo ven la casa así no son tantas las patadas en el culo por la suciedad, sino más bien por lo que pudo haber pasado. Si hay daikiri hecho en el lavarropas no es tan grave: lo grave es que la imaginación parental comienza a volar por lugares escabrosos, como si su propio hogar hubiese sido vejado por fiestas orgiásticas.

Con el tiempo uno le va tomando la mano a la cosa. Al principio yo hacía una limpieza exagerada: la casa estaba casi en mejores condiciones que cuando mis padres se habían ido, y lo único que podía llamar la atención eran los almohadones dados vuelta o la nueva disposición de los cuadros, estratégicamente colocados delante de las manchas. Pero volvemos a lo mismo. Uno no puede mentirle demasiado a los padres. En el fondo ellos saben que tus amigos estuvieron ahí. Obviamente, un orgullo interno por su hijo no les permite desconfiar directamente, pensar que su casa fue testigo de una fiesta escandalosamente atractiva, que, por ejemplo, el chico que les cargó nafta recién al entrar a la ciudad, el sábado a la noche estuvo durmiendo en esa misma mesa en la que ahora están apoyando sus bolsos. Por eso no es recomendable dejar todo reluciente: porque, nuevamente, es peor lo que se deja a la imaginación de los padres. Es necesario darles certezas de lo que allí ocurrió: cuatro vaso, cuatro platos, un poco de restos de comida, dos, a lo sumo tres envases de cerveza. Una pila de cuatrocientos cincuenta y dos vasos perfectamente relucientes no hablan de nuestra responsabilidad: hablan de que ha ocurrido una fiesta asquerosamente descontrolada, potenciada por las mentes padre-madre en cinco o seis veces su magnitud. La clave es dejar un equilibrado desorden que deje una evidencia material de cuanto pudo haber ocurrido si todo se hubiese desarrollado con normalidad. En algún sentido, hay que hacer como la CIA: todos sabemos que la agencia de inteligencia norteamericana se manda unas hijaputeces tremendas. Entonces ellos no se esconden tras un manto de pureza: cada dos, tres años, te desclasifican un archivo, te dicen que sí, que ellos trataron de matar a Fidel Castro y a casi todos los presidentes latinoamericanos que más o menos les caían mal. Pero entonces te ocultan una verdad más terrible tras otra que uno, con el tiempo, puede hasta tragar. Dejar una botella de cerveza arriba de la mesa, es decirle a tu vieja que, sí, su hijo toma cerveza. Pero también es una forma de ocultarle que, el sábado a la noche, su hijo se tomó un litro de clericó del jarrón de la dinastía Ming.




2 comentarios:

Pegame y decime Sheena dijo...

Es tal cual! a mi desde romperme una estatuilla y pegarla con cinta scotch, romperme sillas, vasos, platos, y vomitadas en lugares de desagote (a lo sumo un balde), arrojar objetos a los bondadosos vecinos de la planta baja han llegado hasta de utilizar de lugar de descanso la comodísima cucha de mi perra... previo comerle el alimento.

Rama dijo...

A un amigo le cogieron a la hermana, mira si se zarpan a veces!