20/9/12
El Oreja
Por Juan Diego Incardona.
Lo conocí en la bodega de un barco. Ambos vestíamos trajes a rayas, teníamos engrillados los pies y las muñecas, y nuestras caras estaban manchadas de carbón. Tosíamos negro debido al humo de los motores. Cuando lo vi por primera vez, lo reconocí enseguida. Él era un criminal famoso y su foto había salido en los diarios. Era tal cual lo retrataban: un pequeño monstruo, bajo, cabeza chiquita, cejas gruesas, un par de orejas gigantes que le daban apariencia de duende, y una mirada perdida e idiota, como la de un pez.
Vía Cosecha Roja.
19/9/12
18/9/12
Upton Sinclair: historia de la primer operación de prensa moderna
On August 28, 1934, Socialist Upton Sinclair shocked the political world by winning the Democratic nomination for governor of California. His campaign—which promised to revitalize the state‟s idle factories and farms through a series of governmentorganized colonies—drew attention from across the Depression-weary nation and scared the state‟s business establishment into organizing what historian Greg Mitchell has described as “nothing less than a revolution”—the first modern media campaign.
Waged by such men as Harry Chandler of the Los Angeles Times, Louis Mayer of Metro-Goldwin-Mayer and C.C. Teague of Sunkist, the anti-Sinclair campaign brought together for the first time in an American election the use of film, radio, direct mail, opinion polls, and national fund raising. Through the use of these media and political techniques, Sinclair was falsely painted a Communist, a renegade and an atheist who advocated free love and the nationalization of children. Quotations from his various books were distorted, printed in circulars and distributed to millions of voters; phony “newsreels” that drew connections between Sinclair‟s proposals and Russian Communism were filmed by the Hollywood studios and shown in theaters throughout the state; and the metropolitan press either ignored or attacked his candidacy, showing little patience for the practice of objective journalism.
17/9/12
Campaigns, Inc.
No single development has altered the workings of American democracy in the last century so much as political consulting, an industry unknown before Campaigns, Inc. In the middle decades of the twentieth century, political consultants replaced party bosses as the wielders of political power gained not by votes but by money. Whitaker and Baxter were the first people to make politics a business. “Every voter, a consumer” was the mantra of a latter-day consulting firm, but that idea came from Campaigns, Inc. Political management is now a diversified, multibillion-dollar industry of managers, speechwriters, pollsters, and advertisers who play a role in everything from this year’s Presidential race to the campaigns of the candidates for your local school committee. (Campaigns, now, never end. And consultants not only run campaigns; they govern. Mitt Romney, asked by the Wall Street Journal’s editorial board how he would choose his Cabinet, said that he’d probably bring in McKinsey to sort that out.) But for years Whitaker and Baxter had no competition, which is one reason that, between 1933 and 1955, they won seventy out of seventy-five campaigns. The campaigns they chose to run, and the way they decided to run them, shaped the history of California, and of the country. Campaigns, Inc., is shaping American politics still.
16/9/12
Carta de Juan
En el fondo del patio está el jardín excesivamente prolijo, la pared de ladrillos tomada por una enredadera, un cantero poblado de flores equidistantes entre sí, una mesa redonda justo en el medio, pequeña, suficiente para apoyar la pava, el mate, algunos libros. No hay nada espontáneo ni azaroso, todo planificado a su manera y con disciplina militar.
Por el costado de la casa se ve el terreno baldío de enfrente y más allá la ruta por la que llegaron, hace tanto. El primer destino había sido Bahía Blanca, aunque él hubiese preferido Chubut. Arribaron con lo puesto, un coche que le prestó un camarada de armas y una casa que Juan se comprometió a comprar cuando recobrara su pecunio. Pero los primeros días fueron una pesadilla, la omnipresencia de la Marina, los coches apostados en su casa por las noches, los ruidos extraños cerca de las ventanas. Una tarde decidieron partir, alguien de su confianza le ofreció una chacra en Punta Alta, no muy lejos de allí pero lo suficientemente aislados como para cumplir su promesa de paz.
Apagó el cigarrillo sobre un cenicero – predicaba con el ejemplo el cuidado del césped incluso cuando no había nadie que pudiera verlo – tomó uno de los libros e intentó concentrarse sin demasiado éxito. Lo fulminó un destello de nostalgia, acaso por el contexto de un día gris, casi lluvioso. Se sintió más pesado que de costumbre, como si el impulso natural de moverse ahora se transformara en una decisión y un cálculo económico de energía. Levantó los ojos para poder mirar la ruta, como si observándola detenidamente se encontraran acaso mejor los recuerdos. Los sintió, es metáforico pero debe reconocerse que incluso las palabras tienen consecuencias físicas, acercarse. Una riada de historias pasadas le inundó los pensamientos. La recordó, y la recordó como si no los separara apenas unos simples metros, como se recuerda a quien ya no está, en aquellas primeras cenas en su departamento, su sonrisa tímida. Pensó en esos momentos como en un cruel acto del destino que amalgamó dos momentos que no tienen por qué encontrarse, que en las vidas de otros se repelen. A él le sucedieron simultáneos, si el oxímoron no es muy vulgar: por un lado, el éxtasis de quien se cruza azarosamente con el amor de su vida; por otro, la debacle de su carrera profesional y con ella su vocación.
La escuchó quejarse, adentro de la casa, y tuvo esa sensación que se padece en los sueños: la total inacción. La imposibilidad de ejecutar las tareas que ordena la voluntad. Atormentarse de recuerdos es una tarea cruel. La pesadumbre que lo estaba abatiendo tenía el sabor de algo más, un obstáculo del orden de lo metafísico. Pensó, para resolver lo que le pasaba – porque pensaba así, para resolver – en un escritor cuyo nombre no pudo recordar y revolvió los libros que tenía sobre la mesa. Buscaba, sabiendo que no estaba allí, ese ejemplar que había recibido hacía unos años, cuando era por entonces tan solo un eximio coronel. Era un hermoso libro de unas tapas duras y unas hojas ruidosas de tan gruesas. Había allí un cuento, uno en particular, que interrumpía ahora sus pensamientos. Era un cuento sobre el tiempo y era una hipótesis, creyó recordar, sobre el carácter uniforme del mismo. Una hipótesis que, contra Schopenhauer, negaba la existencia de un solo tiempo y sostenía su multiplicidad. Sonrió, abrumado con tal idea. Le buscó, más que una explicación o un fundamento, la relación con su tristeza repentina.
Sentado en el fondo de su casa, el jardín perfectamente planificado, la tarde cayendo pesada sobre el horizonte de una chacra de Punta Alta, Juan pensó en todos los tiempos posibles. Los recuerdos de su paso por el Ejército, por la función pública, por la alta política, por la Revolución, lo atosigaban, es cierto. Pero lo que lo había estancado sobre el piso la última hora, lo que lo había dejado fulminado sobre la silla era, fundamentalmente, los tiempos que no había vivido. Vivía este: vivía la vida de un teniente coronel que participó en una revuelta militar que un día cayó y se encontró detenido por sus propios camaradas de armas. Vivía el tiempo de un hombre que, retenido contra su voluntad en una isla, le escribía de puño y letra una carta a su mujer y le prometía el fin de semejantes desdichas. Sin necesidad de ir a buscar la carta, porque la conservaban, Juan podía recordar palabra por palabra: “...tan pronto salga de aquí, nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio”. Vivía un tiempo porque no había podido vivir otro y aunque el destino de todos los hombres es ese, esa instante de conciencia lo paralizó.
No era rencor lo que sentía sino el peso de una angustia tan humana como el temor a la muerte. De esa riada de recuerdos, sin embargo, lo deslumbró ese, el momento de esa carta y pensó que no había sido casual. Intuyó que si el tiempo no es uno sino muchos, el nacimiento de cada uno de ellos era el resultado de cada decisión que toma cada uno de los hombres. Con esa carta, prometiéndole a ella ese retiro, había vivido ese tiempo que lo tenía ahora en Punta Alta mientras ella se batía contra el dolor a escasos metros. Pero si los tiempos eran múltiples, había también un tiempo donde Juan escapó de aquella prisión y se convirtió en el General al mando de una nueva revolución que tomó las riendas del país. Existe también un tiempo donde Juan es capturado por la Revolución y fusilado, y su nombre se inscribe en la memoria junto a los héroes de la Patria, y otro tiempo donde su fusilamiento es un acto de extrema justicia. Hay, entre otros (infinitos), un tiempo en el cual esa carta se envía y sin embargo carece de efectos, porque en ese otro tiempo, que existe si aquél cuento que recordó es veraz, una marea humana toma las calles de la ciudad y lo rescata, brama por él, lo enaltece y lo convierte en símbolo de algo que lo excede. Y ese símbolo aplasta los vaivenes de la vida cotidiana y entonces la promesa del retiro ya no exige ser cumplida. Todos esos tiempos, que pudieron haber sido vividos y no lo fueron (o que son vividos por otros, quién sabe), lo angustian mientras toma, de una vieja caja de zapatos, la carta que escribió aquella vez.
Es el 26 de julio de 1952.
21/8/12
15/8/12
Agenda
This paper empirically assesses the role that political bloggers play in the agenda setting process by asking: what is the relationship between the media and blog agendas? More specifically, this paper tracks mainstream media coverage and blog discussion of 35 issues during the 2004 presidential campaign to test the hypothesis that the media agenda exerts a substantial impact on the blog agenda against the increasingly popular hypothesis that the blog agenda exerts a strong influence on the media agenda.
13/8/12
11/8/12
10 ceremonias inaugurales de Juegos Olímpicos
Beijing 2008.
Atenas 2004.
Barcelona 1992.
Seúl 1988.
Moscú 1980.
Munich 1972.
México 1968.
Roma 1960.
París 1924.
Atenas 1896.
Todas las ceremonias inaugurales se pueden ver aquí.
8/8/12
27/7/12
La Dacha
Año 1953. Sábado 7 de febrero. Un Mercedes Benz se detiene frente al Kremlin de Moscú. Leopoldo Bravo, sanjuanino de 33 años, está a punto de entrevistarse con Stalin. Llega con la misión de vender lanas y carnes. Cuarenta y cinco minutos después, se va con una casa de campo y la esperanza de casarse con una rumana.
15/7/12
Tema de Zoya Anatolyevna Kosmodemyanskaya
Zoya Anatolyevna Kosmodemyanskaya fue una joven rusa que encontró su destino a los dieciocho años en Petrischevo, una pequeña aldea rusa que pertenece al óblast de Moscú, ocupada entonces por el ejército nazi. Los registros indican que Zoya integró la Unidad Nª 9903 de los partisanos y que esa unidad realizaba tareas de sabotaje y demolición. El 21 de noviembre de 1941, Zoya ingresó a la aldea con la misión de quemar unos edificios ubicados al Este, donde se albergaban los fascistas y sus caballos. Cumplido el objetivo, la joven partisana escapó a los bosques linderos. Allí fue capturada por otra tropa fascista, luego de que un miembro de su unidad la delatara. A una noche de torturas, donde sólo develó su nombre de guerra (Tanya), le sucedió su ahorcamiento. Una fotografía registra el instante en que la joven soviética es conducida por tropas alemanas al cadalso. Lleva el pelo corto, el uniforme partisano que, apenas desabrochado, deja ver una remera blanca y un cartel colocado encima que reza: “incendiaria de hogares”.
Fue la primera mujer en recibir la medalla de Héroe de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Se escribieron decenas de artículos periodísticos y libros al respecto. Entre ellos figura el de su madre, que relató su historia y la de su otro hijo, el Teniente Mayor Alexander, de los Cuerpos de Carros Blindados, muerto en abril de 1945 en territorio alemán. Esculturas con la figura de Zoya adornan el cementerio moscovita de Novedivichi y el frente de la Catedral de Tambov (esta última figura, creada por el gran escultor del realismo socialista, Matvei Genrikhovich Manizer). Fábricas, escuelas y koljoses llevan el nombre de la joven héroe. Dos asteroides, el Zoya 1793 y el Kosmodemyanskaya 2072, la rememoran.
La figura de Zoya fue cuestionada tras la caída de la Unión Soviética, cuando la introspección se volvió la tarea de todo un país herido. En 1991, el periodista Aleksandr Zhovtis afirmó que la ocupación alemana no llegó jamás a Patrischevo y que la joven había sido víctima de los propios aldeanos, molestos con el incendio de sus propiedades. A partir de entonces se sucedieron artículos a favor y en contra de su figura. Se arguyó que Zoya padecía alguna clase de esquizofrenia y que los sabotajes contra la ocupación alemán fueron, en verdad, ataques contra pobladores rusos de la aldea. La discusión llegó a los tribunales y los registros de ello resultan inaccesibles. Acaso esas pesquisas no arrojen otros resultados sino los tan dispares aquí expuestos. Difícilmente un tribunal dirima el sentido histórico de los hechos.
Estos acontecimientos se me revelaron un verano de 19** en la estancia de unos tíos de mi madre, en San Miguel del Monte, provincia de Buenos Aires. A la transmisión oral de esta historia, por parte de uno de los antiguos peones que cuidaban la huerta, he agregado la consulta de algunos documentos históricos que le otorgan más verosimilitud que veracidad. No he contado con el valor suficiente, sin embargo, para contrastar la tercera de las hipótesis que el mismo peón, ese atardecer, se animó a esbozar. El relato que mi memoria permite reconstruir de aquella calurosa tarde bonaerense es este.
Zoya Anatolyevna Kosmodemyanskaya es capturada por las tropas fascistas en el camino hacia Petrischevo, junto a casi toda su unidad. Días después logra escapar y volver a los bosques, donde se reúne con el resto de sus compañeros. Zoya ha sido vejada, torturada durante varios días y las secuelas son, en principio, visibles físicamente. La vida en el bosque se torna abrumadora. A la escasez y el frío, se le suma la constante sospecha de estar viviendo entre delatores. Tras la primera emboscada, los miembros de la unidad huyeron hacia direcciones diferentes y regresaron, luego, al punto de partida. Cada uno de ellos desconoce las peripecias del resto y entonces todos son potenciales delatores. El 21 de noviembre, Zoya abandona el grupo e incursiona en Petrischevo donde, supone – por algo que creyó oir durante una sesión de tortura –, se encuentra la patrulla de nazis que la secuestró. Incendia algunas casas en las que observa movimiento por las noches. Hace lo mismo con un establo, pues intuye que inhabilitando los caballos los nazis no podrán escapar. La confusión, como relata la segunda de las hipótesis, aquella que niega la presencia alemana en el lugar, queda en evidencia. Los campesinos, sin embargo, equivocan su diagnóstico. Han escuchado el paso cercano de una patrulla alemana y los suponen responsables de los sabotajes. Una fría noche de noviembre instalan una guardia frente a una de las pocas casas que quedaron sin atacar y esperan a lo largo de tres días. Entonces dan con Zoya, a quien capturan en pleno acto de sabotaje. La sorpresa y el pánico cunde en el pueblo: han tomado de rehén a un soldado de la Patria. Algunos abogan por liberarla pero la mayoría sostiene que, de tomar conocimiento el Kremlin, la aldea entera sufrirá las consecuencias de la equivocación. Zoya permanece impasible a las deliberaciones.
Un hombre de apellido Lébedev propone matar a la joven soldado y ocultar el cuerpo. La sala de deliberaciones, que no era sino la casa de alguno de ellos, se inunda de un silencio muy similar a la complicidad. Atada de pies y manos a una vieja cocina de hierro, Zoya levanta la cabeza por primera vez y ensaya una propuesta. Dice que ha cometido un error y que espera el sincero perdón de los que han sido afectados. Sabe que no saldrá de allí con vida y exige a los aldeanos que tengan el coraje soviético de hacer lo que corresponde. Pero implora que su castigo no perjudique a la patria. En escasos segundos, Lébedev ensaya un plan majestuoso. Mencionó los últimos pasos de Julio César antes de caer apuñalado en el Senado, habló de los barriles de pólvora sin encender cuando la aprehensión de Guy Fawkes, disertó sobre los disparos cayendo sobre Lincoln en la antesala del teatro. Sobre una tarima improvisada, esbozó una introducción al carácter circular de la Historia. Disfrazados de tropas fascistas, los pobladores de la aldea condujeron a Zoya al cadalso. Uno de los ancianos de la aldea, con un poco de conocimiento del idioma alemán, dibujó el cartel que inmortalizaría la figura de Zoya. Si esta hipótesis fuese correcta, el cartel cumpliría la función de ser la única verdad de todo aquél escenario. Frente al silbido tentador de las imposturas, aquél cartel era el mástil para atar el hecho a cierta veracidad, la única pista, la carta robada de Poe.
Esta versión de los hechos exige demasiadas casualidades, enormes complicidades y unos silencios que debieron acompañar a los pobladores hasta su tumba. El peón de la estancia sostuvo que esta tercer hipótesis era tan literariamente perfecta como a todas luces falsa. Adujo algunas razones políticas para su creación y esbozó unas reflexiones sobre la relación entre un pueblo y su pasado, en las que no vale la pena aquí ahondar. Dijo que el peor pecado de esta versión de la historia era la posibilidad, por cierto manifiesta, de que se vulnere la memoria de una heroína en pos de una elucubración cuyo mayor beneficio era, cuanto mucho, estético.
Y, sobre todo: esta hipótesis coincide, línea por línea aunque con obvias adecuaciones espacio-temporales, con el relato de Borges sobre la muerte de Fergus Kilpatrick en “Tema del traidor y del héroe”. Allí Zoya es Fergus, el joven Lébedev es James Nolan y el peón de la estancia de mi madre es el narrador, Ryan. Uno de esos personajes me inquietó por años y paradójicamente no fue Zoya sino Lébedev. En su existencia o no estaba la resolución de esta historia y fue luego de un tiempo de intentar dar con su nombre que me convencí que la tercera de las hipótesis era ciertamente falsa. Apenas un juego literario de un peón de estancia con ínfulas.
Pero si Lébedev existía, ¿fue él quien diseñó el escenario, el cartel en alemán, los uniformes, el ahorcamiento? Sabemos que en la muerte de Kilpatrick, la planificación recayó sobre Nolan y que éste, urgido por el tiempo, no pudo inventar sino copiar la trama de Shakespeare, el Macbeth, el Julio César. ¿Por qué ese campesino ruso habría de urdir un plan que involucraba a Fawkes, a Shakespeare o a Lincoln?
Me atormentaba esta idea: que Lébedev hubiera dado con ese plan era posible: es decir, estaban las condiciones necesarias para que aquello sucediera. Pero, en cambio, no existían las condiciones suficientes, especialmente, porque faltaba la causalidad. Para que Lébedev existiera, debían existir registros de sus lecturas, antecedentes de ese vínculo con la literatura, para no hacer de este relato una apuesta por la confianza en el narrador sino una invitación a la comprobación empírica de unos sucesos. Sabemos que Nolan diseñó velozmente el plan que terminó con la muerte de Fergus Kilpatrick, pero no lo sabemos porque lo relata Borges, sino porque lo prueba Borges, allí donde descubre que James Alexander Nolan tradujo al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, Julio César. No es una comprobación científica, pero lo es al menos en términos literarios. Aquella traducción es la condición suficiente para que ambas muertes se vinculen, sean la misma.
No hay nada, en cambio, que vincule así a Lébedev con el destino de Zoya. Nada que lo ponga en aquél espacio ni en aquél tiempo. Nada que lo suponga un personaje necesario en el relato, nada que nos permita describirlo como el único capaz, en toda la aldea, de urdir semejante plan. Sin ese personaje, la historia resulta, ahora sí, absolutamente falsa.
Hace algunos días, recibí en mi casa un sobre de papel madera con un libro dentro. No era sino otra biografía de Zoya, enviada por un amigo de la familia con quien conversamos alguna tarde sobre el destino de la joven partisana. Decía, en la dedicatoria: “En las tragedias de Shakespeare, la muerte de los héroes siempre está acompañada por el triunfo de una alta causa moral”.
La frase, descubrí luego, era de la propia Zoya, de quien la biografía aseguraba “era una buena estudiante, y su asignatura favorita era la literatura, pasión heredada de su padre librero”. Entonces, comprendí.
14/7/12
13/7/12
Blogs&bullets
Acá unos politólogos norteamericanos discuten con la idea de las revoluciones árabes como "hijas directas" de "los medios 2.0". Se llama Blogs and Bullets II: New media and conflict after the arab spring. Y es el dos, porque el uno decía esto.
Algunas conclusiones:
■ New media outlets that use bit.ly are more likely to spread information outside the region than inside it. This could be significant if it led to a boomerang effect that brought international pressure to bear on autocratic regimes or helped reduce a regime’s tendency to crack down violently on protests. Clearly, however, this is not always the case, as the examples of Bahrain and Syria illustrate. But even where international pressure fails, the increased and transformed attention has reshaped how the world views these cases.
■ New media—at least those which used bit.ly linkages—did not appear to play a significant role in either in-country collective action or regional diffusion. This does not mean that social media—or digital media generally—were unimportant. Nor does it preclude the possibility that other new media technologies were significant in these contexts or even that different Twitter or link data would show different results. But it does mean that at least in terms of media that use bit.ly links (especially Twitter), our data do not find strong support for these claims of new media impact on Arab Spring political protests.
■ It is increasingly difficult to separate new media from old media. In the Arab Spring, the two reinforced each other. While Al-Jazeera and other satellite television channels leaned heavily on Twitter and other online sources, new media often referred back to those same television networks.
16/5/12
Integración o dependencia
Mañana, jueves 17/05 a las 19 hs., Fede, Pacho y Memo tocan en la Casa Patria Grande, sobre los ocho, nueve, diez temas en los que nos tenemos que poner de acuerdo todos los latinoamericanos.
Nos vemos ahí.
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